Buenos Aires, 21 de marzo de 2026-Total News Agency-TNA- Manuel Adorni atraviesa su momento más delicado desde que dejó de ser vocero para convertirse en jefe de Gabinete, y en la Casa Rosada ya nadie oculta que su continuidad quedó atada a una prueba política de corto plazo. Aunque Javier Milei, quien según rumores tuvo un momento de furia, lo ratificó públicamente y Karina Milei ordenó cerrar filas a su alrededor, el Gobierno activó en paralelo un operativo para intentar sacarlo del centro del escándalo: mostrarlo otra vez en gestión, rodearlo de ministros y bajar el volumen de una interna que volvió a crujir alrededor de su figura.
El problema para Adorni es que la crisis ya no se limita a un traspié comunicacional. Sobre su mesa se acumulan denuncias por el viaje de su esposa Bettina Angeletti en el avión presidencial, el vuelo privado a Punta del Este, las derivaciones judiciales sobre quién pagó esos traslados y la polémica por la casa de Indio Cua inscripta a nombre de su mujer. Todo eso impacta de lleno sobre el núcleo del discurso libertario, porque lo que se le cuestiona no es sólo una torpeza política, sino haber quedado demasiado cerca de prácticas que el propio oficialismo juró combatir. En el oficialismo lo siguen defendiendo, pero cada vez más voces admiten en reserva que el costo simbólico es alto: no se trata solamente de un funcionario golpeado, sino de alguien cuya caída podría dañar el relato anticasta de Milei.
En ese marco, la estrategia inmediata es simple: gestión, fotos y contención. En los próximos días, Adorni buscará mostrarse con ministros, en especial con Patricia Bullrich, para exhibir normalidad y apagar las versiones sobre fracturas irreversibles dentro del gabinete. La jugada tiene una carga política evidente: la senadora libertaria fue una de las pocas voces que salió a defenderlo en el Senado, aunque lo hizo sin absolverlo por completo al admitir que “se equivocó y pidió disculpas”. A la vez, su figura creció en medio del desgaste del jefe de Gabinete, lo que alimentó aún más las lecturas sobre competencia interna y proyección hacia 2027.
Pero el trasfondo de la crisis excede a Adorni y conecta con la pelea más sensible del oficialismo: la tensión entre el esquema de Karina Milei y el universo de Santiago Caputo. La difusión del video del viaje a Punta del Este reavivó las sospechas cruzadas por filtraciones internas, y en sectores cercanos a la secretaria general de la Presidencia apuntaron directamente al caputismo. Al mismo tiempo, la disputa por áreas claves como la SIDE, la ARCA y el nuevo armado judicial reforzó la idea de que el golpe sobre Adorni se dio en el peor momento posible para un oficialismo que todavía intenta reordenar su propio mapa de poder. En ese contexto, el jefe de Gabinete pasó a ser algo más que un funcionario en problemas: quedó convertido en una pieza de una batalla interna mucho más amplia.
Las señales políticas de la última semana tampoco ayudaron a despejar dudas. Aunque Milei lo sostuvo en público, Adorni no participó del acto en Tucumán y tampoco integró la reducida comitiva que viajó a Hungría, encabezada por el Presidente junto a Karina Milei y Pablo Quirno. En la política libertaria, donde los gestos pesan tanto como los cargos, esas ausencias fueron leídas como una forma de respaldo limitado: no hay decisión inmediata de eyectarlo, pero tampoco carta blanca para seguir como si nada hubiera pasado. Por eso, mientras algunos informes periodísticos hablan de nombres que ya empiezan a circular para una eventual sucesión, otros recuerdan que el propio Gobierno modificó a comienzos de marzo el régimen de reemplazo interino y dejó a Sandra Pettovello como primera en la línea de suplencia temporal de la Jefatura de Gabinete. No es una sucesión formal, pero sí una señal del peso que gana el esquema más íntimo de confianza presidencial. Otro mencionado como posible sucesor es Diego Santilli.
Por ahora, cerca de Adorni insisten en que no será entregado y que el vínculo personal con Javier y Karina Milei sigue siendo fuerte. Pero el escenario quedó abierto. Si logra bajar el escándalo, retomar iniciativa y evitar que las causas sigan escalando, podría sobrevivir. Si no lo consigue, su suerte quedará atada a una lógica que en el poder siempre termina imponiéndose: cuando un funcionario deja de ser un escudo y empieza a convertirse en un problema, la política deja de protegerlo y comienza a medir el costo de sostenerlo. En la Casa Rosada, esa cuenta ya empezó.





