Buenos Aires, 21 de marzo de 2026-Total News Agency-TNA- La escalada bélica entre Estados Unidos, Israel e Irán dejó de ser un problema lejano para la economía argentina y empezó a sentirse con fuerza en el día a día. El encarecimiento del petróleo, del gas natural licuado y de los fertilizantes ya se trasladó a los surtidores, a los costos del agro, a los pasajes aéreos y a las expectativas de inflación. En otras palabras, el conflicto en Medio Oriente ya empezó a vaciar bolsillos en la Argentina justo cuando el Gobierno buscaba consolidar una desaceleración de precios que viene mostrando señales cada vez más frágiles.
La magnitud del shock no es menor. La Agencia Internacional de la Energía ya definió esta crisis como la mayor disrupción de oferta en la historia del mercado petrolero global. El cierre efectivo del estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del petróleo y del gas natural licuado del mundo, combinado con ataques directos sobre campos de gas, refinerías y terminales energéticas en el Golfo, provocó una pérdida masiva de suministro y empujó al Brent a subir más de 50% desde el inicio de la guerra, hasta ubicarse por encima de los 110 dólares por barril. Ese salto internacional ya empezó a filtrarse en toda la cadena de costos local.
El primer impacto visible fue en los combustibles. En marzo, las petroleras aplicaron aumentos que en promedio ya rondan el 10% a nivel nacional, con picos de hasta 12% en algunos segmentos y regiones. En la Ciudad de Buenos Aires, por primera vez, las naftas premium superaron los 2.000 pesos por litro. La presión no parece agotada, porque el crudo sigue muy por encima de los niveles de febrero y en el sector reconocen que todavía persiste un desfasaje respecto del costo internacional. Lo que para el consumidor aparece como otro golpe al tanque, para el resto de la economía actúa además como un disparador de segunda ronda sobre transporte, logística, distribución y precios minoristas.
Ese traslado no es un temor teórico. El Fondo Monetario Internacional recordó esta semana una regla básica que vuelve a cobrar fuerza en este contexto: cada aumento sostenido del 10% en la energía puede sumar cerca de 0,4 puntos porcentuales a la inflación global y restar entre 0,1% y 0,2% al producto. En la Argentina, donde los combustibles pesan de manera directa e indirecta sobre alimentos, transporte, servicios y costos industriales, esa sensibilidad suele ser todavía mayor. Por eso el conflicto amenaza con recalentar el índice de marzo y complicar un panorama que ya venía cargado por nueve meses sin una baja clara en la inflación mensual.
El segundo golpe llega al agro y, por esa vía, a la mesa de los argentinos. La guerra alteró severamente el mercado global de fertilizantes porque alrededor de un tercio del comercio mundial de estos productos pasa habitualmente por Ormuz. La urea, clave para la campaña de trigo y otros cultivos, ya subió entre 30% y 40% desde que comenzó el conflicto. En el mercado argentino, distintas referencias privadas ubican la paridad de importación por encima de los 800 dólares por tonelada y describen faltantes de precios o remarcaciones aceleradas. Esto encarece la estructura de costos justo cuando el campo entra en un momento decisivo de cosecha y de planificación de la próxima siembra. Más costos en gasoil y fertilizantes significan menos competitividad y, tarde o temprano, más presión sobre precios internos.
El tercer frente es el gas. Aunque la Argentina produce más y mejor gracias al desarrollo de Vaca Muerta, el sistema sigue necesitando importar GNL en invierno para cubrir los picos de demanda. Allí también el golpe externo ya es evidente: el gas licuado que hasta febrero se movía en torno de los 9 a 10 dólares por millón de BTU pasó a cotizar muy por encima de esos niveles tras los ataques a instalaciones gasíferas del Golfo. Y el problema local se amplifica porque este año el Gobierno decidió que la importación y comercialización del GNL quede a cargo de un privado, bajo una licitación cuya adjudicación está prevista para abril. Si el precio internacional llega tensionado a ese proceso, el impacto puede terminar trasladándose a tarifas, industrias y generación eléctrica en los meses más fríos.
Los vuelos también ya empezaron a reflejar el nuevo contexto. Aerolíneas Argentinas anunció un recargo extraordinario por combustible de 7.500 pesos por tramo en cabotaje y de entre 10 y 50 dólares por tramo en rutas regionales e internacionales. No es un movimiento aislado, sino parte de una reacción global del sector aerocomercial frente al encarecimiento del jet fuel, que en Europa ya tocó niveles récord. El resultado práctico es simple: viajar cuesta más y, en un contexto de ingresos ajustados, eso achica todavía más el margen de consumo de las familias.
Hay, sin embargo, un matiz que el Gobierno seguirá observando con atención. Un petróleo alto también puede mejorar el ingreso de divisas por exportaciones energéticas y darle algo más de aire a la balanza comercial, en un país que ya no sólo importa energía sino que empezó a ganar peso como exportador de crudo. Pero ese eventual beneficio externo no compensa el efecto inmediato sobre la inflación, el transporte, los alimentos, el campo y las tarifas. La mejora de caja, si llega, será más lenta; el golpe al bolsillo, en cambio, ya empezó.
La conclusión es incómoda pero cada vez más visible: la guerra en Medio Oriente no es sólo una amenaza geopolítica global, sino un factor de presión concreta sobre la economía argentina. En el surtidor, en el supermercado, en el costo de producir, en la factura de gas y en un pasaje de avión, el conflicto ya empezó a colarse en la vida cotidiana. Y si el frente energético global no se estabiliza pronto, el impacto local todavía puede ser bastante mayor.





