Washington-3 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- El presidente Donald Trump volvió a elevar este viernes la presión sobre el régimen iraní y dejó en claro que la campaña militar de Estados Unidos está lejos de haber alcanzado su techo. En un mensaje publicado en Truth Social, el mandatario advirtió que las fuerzas norteamericanas “ni siquiera han empezado” a destruir lo que queda en Irán y anticipó cuál podría ser el siguiente escalón de la ofensiva: “primero los puentes, después las centrales eléctricas”. La amenaza llegó apenas horas después del ataque sobre un puente en construcción en Karaj, al oeste de Teherán, y en simultáneo con una nueva pulseada por el estrecho de Ormuz, el paso marítimo por donde circula cerca de una quinta parte del petróleo mundial.
La advertencia no fue lanzada en el vacío. El jueves, Trump difundió en sus redes el video del bombardeo sobre el denominado puente B1, una obra de gran porte entre Teherán y Karaj que, según reportes iraníes recogidos por agencias internacionales, dejó al menos ocho muertos y 95 heridos. Desde la Casa Blanca se buscó presentar el golpe como una señal de que Washington está dispuesto a seguir castigando infraestructura considerada estratégica por la teocracia iraní. El tono del mensaje presidencial fue inequívoco: más presión, más destrucción y menos margen para que Teherán siga administrando la escalada como si todavía controlara los tiempos del conflicto.
En la lógica de Trump, el objetivo es doble. Por un lado, quebrar la capacidad del régimen para sostener su desafío militar y energético. Por el otro, forzarlo a aceptar un acuerdo desde una posición de debilidad. Esa misma lógica quedó expuesta también en otra publicación del propio presidente, en la que sostuvo que Estados Unidos podría reabrir “fácilmente” el estrecho de Ormuz con “un poco más de tiempo” e incluso “tomar el petróleo” y “hacer una fortuna”. Más allá del tono provocador, la frase revela que la administración republicana ya no discute sólo cómo castigar a Irán, sino también cómo recuperar el control del principal cuello de botella energético del planeta, hoy parcialmente bloqueado por la acción iraní y convertido en una amenaza directa para la economía global.
El problema para Teherán es que el margen externo también empieza a achicarse. Mientras Trump endurece su discurso, la comunidad internacional sigue moviéndose para evitar que la crisis de Ormuz derive en una asfixia energética más profunda. En las últimas horas, una propuesta impulsada en la ONU para proteger la navegación debió moderarse por las resistencias de Rusia, China y también de Francia a una redacción que abría demasiado la puerta al uso de la fuerza. Esa discusión muestra que no todos quieren acompañar a Washington hasta el límite, pero también confirma que el cierre de Ormuz ya dejó de ser un problema regional para transformarse en una urgencia mundial. Y en ese escenario, Trump busca colocarse como el único líder dispuesto a hablar sin rodeos sobre cómo romper el cerco iraní.
De todos modos, el giro hacia blancos como puentes y centrales eléctricas marca una fase todavía más áspera de la guerra. No sólo porque implica profundizar el daño sobre la infraestructura de Irán, sino porque deja ver que la Casa Blanca considera insuficiente el castigo aplicado hasta ahora. La frase de Trump sobre ir “después por las centrales eléctricas” debe leerse, entonces, como algo más que una bravata: es la confirmación de que la administración republicana está dispuesta a golpear donde más le duela al régimen, aun al costo de seguir tensando la cuerda en toda la región. Para el presidente estadounidense, la ecuación parece sencilla: si Irán no cede rápido, el precio será cada vez más alto. Y si el régimen insiste en usar Ormuz como arma de extorsión global, la respuesta de Washington será todavía más dura.




