Por Daniel Romero
Buenos Aires, 13 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- Javier Milei volvió a salir de noche a defender su programa económico con una frase tajante: “es falso que estemos mal”. Lo hizo en X, donde reivindicó la estabilidad del dólar, la baja del riesgo país y la performance financiera del Merval y del peso frente al shock externo de la guerra. El mensaje, sin embargo, llegó apenas días después de que el propio Presidente admitiera que “estos meses fueron duros” y pidiera “paciencia” a los argentinos, en una señal de que aun dentro del oficialismo existe conciencia de que la recuperación no llegó todavía al bolsillo de la mayoría.
Sería mezquino negar lo evidente. Es cierto, y hasta encomiable, que la gestión de Milei consiguió ordenar variables macroeconómicas que venían destruidas: la inflación mensual bajó a 2,9% en febrero y la interanual se desaceleró a 33,1%, muy lejos de los niveles de inercia explosiva heredados. También es verdad que el Gobierno estabilizó el frente cambiario y logró que los mercados dejaran de castigar a la Argentina con la violencia de otras crisis. Pero una cosa es reconocer ese mérito macro y otra muy distinta asegurar que “estamos bien”, cuando la economía cotidiana de millones de argentinos sigue lejos de estar ordenada.
Los propios números oficiales muestran ese contraste. Mientras el IPC general de febrero fue de 2,9%, el rubro Alimentos y bebidas no alcohólicas subió 3,3% y la Canasta Básica Alimentaria avanzó 3,2% en el mismo mes, por encima del índice general. Dicho de otro modo: el dato macro mejora, pero la comida siguió corriendo más rápido que el promedio. Y en un país donde el humor social se mide en la góndola antes que en la pantalla del mercado, ese diferencial pesa mucho más que cualquier celebración financiera.
Tampoco los salarios muestran todavía una recomposición suficiente como para justificar triunfalismos. El INDEC informó que en enero el índice de salarios subió 2,5% mensual, por debajo de la inflación de febrero y también por debajo del avance de la canasta alimentaria de ese mismo mes. A eso se suma otro dato incómodo: las ventas en supermercados cayeron 1,2% real interanual en enero, señal de que el consumo masivo siguió resentido aun con inflación descendente. En lenguaje menos técnico: aunque la macro se acomoda, una parte importante de la población sigue comprando menos y haciendo cuentas más ajustadas para llegar a fin de mes.
El cuadro social y productivo tampoco habilita euforias. Según el INDEC, la desocupación en el cuarto trimestre de 2025 subió a 7,5% en los 31 aglomerados urbanos, mientras que la producción industrial manufacturera cayó 8,7% interanual en febrero. Son números demasiado serios como para que el Gobierno crea que la mejora del riesgo país o la calma cambiaria bastan para cerrar la discusión. La economía real sigue golpeada, la industria no termina de levantar, el empleo acusa desgaste y la sensación social está lejos de acompañar el optimismo presidencial.
Por eso, el problema del mensaje de Milei no es sólo económico; también es político. Cuando hace pocos días pidió paciencia, el Presidente al menos se mostró conectado con una realidad incómoda: salarios bajos, actividad débil, inflación que baja pero volvió a crecer y no desaparece y precios de supermercado que siguen subiendo. Cuando ahora afirma que “es falso que estemos mal”, da un paso en sentido contrario y corre el riesgo de sonar desconectado de la experiencia concreta de la gente. La mejora macro existe, pero todavía no se transformó en alivio masivo. Negar esa diferencia no fortalece el relato: lo vuelve más lejano.
A esa distancia discursiva se suma, además, un problema que el oficialismo no logra sacar de la agenda: el escándalo de Manuel Adorni. Mientras Milei intenta convencer de que la economía ya está en una fase virtuosa, la causa por presunto enriquecimiento ilícito contra su jefe de Gabinete sigue sumando tensión. Este lunes declararon dos de las mujeres que figuran como acreedoras en la operación del departamento de Caballito, y el caso continúa ocupando tiempo político, judicial y mediático. En términos de percepción pública, la combinación entre discurso triunfalista y escándalos de integridad no ayuda a acercar al Gobierno a la calle; más bien lo expone a un desgaste adicional.
Milei tiene derecho a defender un programa que, en varios indicadores macro, consiguió resultados que hace un año parecían muy difíciles. Pero no debería confundir ese mérito con una normalidad que todavía no existe para la mayoría. Si el propio Presidente reconoció hace días que había que tener paciencia para ver mejoras más amplias, ahora no puede actuar como si la economía de la gente ya estuviera resuelta. La Argentina puede estar saliendo del desorden macro, sí. Lo que todavía no puede decirse con honestidad es que las familias argentinas estén bien. Y mientras eso no cambie, cualquier frase de autosatisfacción corre el riesgo de sonar más a consigna que a realidad.




