Por Nicolás J. Portino González
En el desarmadero de ilusiones que es la marroquinería política, asistimos al espectáculo más obsceno de la temporada: la canonización laica de Axel Kicillof, el soviet de facultad, por obra y gracia de la gran guionista del fracaso argentino, Elisa Carrió.
La señora, en un rapto de “amnesia moral” —o quizás en su enésima búsqueda de aire en el streaming de la progresía de Pedro Rosemblat— se prestó a la fabricación del “moderado”. Es el colmo de la estética del asco: la que se decía reserva espiritual de la República, hoy le lustra las botas al heredero del desastre.
No nos engañemos, Lilita siempre fue el caballo de Troya. Su “voto con reserva moral” en 2003 no fue un gesto de pureza, fue el acta de defunción de la Argentina moderna. Fue el artificio pseudointelectual que pavimentó el ascenso de Néstor Kirchner, el presidente menos votado de la historia, ese que con un raquítico 22% inició la era del saqueo y el desastre institucional.
Junto al “Bulldog” López Murphy, esos paladines del purismo de maceta, se dedicaron a dinamitar la única posibilidad de orden y progreso que representaba el Menemismo. Por odio, por envidia o por simple miopía política, jugaron contra los ciudadanos de bien y le entregaron las llaves del país a la horda santacruceña. Carrió no es una víctima del sistema; es su partera más eficiente.
Lo que intentan ocultar con esta comedia de “moderación” es el fracaso estrepitoso de la socialdemocracia berreta. Un modelo que empezó a perforar el barco con Kicillof —el mismo de quien Guillermo Moreno dice, con razón, que “no sabe distinguir una factura de un remito”— y que terminó de hundirlo con Alberto Fernández, el titular indiscutido del peor gobierno de la historia.
El “chiquito” Kicillof no es un estadista en potencia; es el arquitecto del descalabro económico, el hombre que confunde la ideología con la gestión y que ahora recibe la bendición de la “actriz” Carrió en un estudio de streaming.
Lo que estamos viendo es el maridaje final entre la incapacidad y la traición. Carrió, que siempre necesitó fabricar monstruos para sobrevivir, hoy se abraza al engendro que ella misma ayudó a parir hace dos décadas. Son lo peor que le pasó a la Argentina: una colección de egos hipertrofiados que prefieren la miseria colectiva antes que el éxito de un modelo de libertad.
En la Marroquinería, el olor a naftalina de esta “nueva alianza” entre la falsa ética y el sovietismo platense es insoportable. No hay maquillaje que oculte la realidad: son los enterradores de la República.
Próxima estación: Horacio Rodríguez Larreta, el candidato de la Señora.





