Mientras muchos miran para otro lado, la red de terrorismo iraní sigue tejiendo sus hilos en nuestro continente. Un detallado informe del experto Emanuele Ottolenghi, de la Fundación para la Defensa de las Democracias, revela cómo Teherán utiliza la bandera de su revolución islámica para expandir su influencia y el brazo armado de Hezbolá en América Latina.
Según Ottolenghi, para el régimen de los ayatolás, Latinoamérica es un terreno fértil. La izquierda radical de la región ve en la Revolución Iraní un modelo antiestadounidense y “antiimperialista” perfecto. De ahí surgen las alianzas estratégicas de Irán con Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia, pero también con movimientos indígenas, separatistas y organizaciones que comparten ese odio visceral contra Estados Unidos e Israel, informó Dialogo-Americas.
Este “maridaje ideológico” no se queda solo en palabras. Sirve para radicalizar, movilizar y, cuando hace falta, apoyar actividades criminales y terroristas. El caso más reciente y preocupante fue la Operación Trapiche de la Policía Federal de Brasil en noviembre de 2023, que desarticuló un complot de Hezbolá contra objetivos de la comunidad judía en ese país. Los dos principales sospechosos, un libanés y un sirio-libanés, figuran en la lista roja de Interpol.
No es nuevo. Ya lo vivimos en carne propia en Argentina con los brutales atentados contra la Embajada de Israel en 1992 y la AMIA en 1994, que dejaron 114 muertos. El cerebro de esa red fue el clérigo iraní Mohsen Rabbani, enviado en 1983 por Teherán y hoy también buscado por Interpol. Alberto Nisman, el valiente fiscal asesinado en 2015, lo describió claramente: una “red clandestina de inteligencia” para planificar y ejecutar atentados.
La Universidad Al-Mustafa, con sedes en Bogotá y Caracas, es una de las principales herramientas de esta expansión. Sancionada por Estados Unidos y Canadá, funciona como centro de reclutamiento para las Fuerzas Quds de la Guardia Revolucionaria Islámica. De sus 40.000 graduados recientes, unos 4.000 son latinoamericanos formados directamente bajo la influencia de Rabbani. Vuelven a sus países convertidos en multiplicadores de la ideología revolucionaria iraní.
Uno de los operadores clave es el argentino-libanés Edgardo Rubén Assad, alias Sheikh Suhail Assad, supervisor de reclutamiento de esta universidad. En abril de 2024, Brasil le prohibió el ingreso por sus vínculos con Hezbolá y la Guardia Revolucionaria, y figura en las bases de datos del FBI.
A través de mezquitas chiíes financiadas por Irán, Hezbolá también recluta y adoctrina a jóvenes mediante grupos similares a los “Boy Scouts” libaneses. Entrenan a niños y adolescentes con principios del islam radical y tácticas militares. Muchos de estos jóvenes luego pasan por Al-Mustafa y regresan para seguir expandiendo la red.
La Triple Frontera (Argentina-Brasil-Paraguay) sigue siendo uno de los puntos más calientes. Allí operan importantes redes de lavado de dinero que financian al grupo terrorista, como quedó demostrado con la detención de Assad Ahmad Barakat en Foz de Iguazú.
Amigos, esto no es una amenaza lejana. Es una amenaza real, persistente y que sigue creciendo en nuestro hemisferio.
Ottolenghi es claro: los gobiernos latinoamericanos deben actuar con decisión. Reconocer formalmente a Hezbolá como organización terrorista —como ya lo hicieron Argentina, Paraguay, Colombia y Honduras— es un paso fundamental. Eso permitiría congelar activos, prohibir ingresos de sospechosos, cancelar ciudadanías y, sobre todo, cortar la propaganda de Hezbolá y Irán en español y portugués que hoy circula libremente.
La Operación Trapiche demostró que Irán y Hezbolá no han bajado el ritmo. Es hora de que los países de la región, con el apoyo de Estados Unidos, cierren filas y defiendan nuestra seguridad y nuestra libertad frente a esta amenaza que no distingue fronteras.
La revolución iraní no vino a traer paz. Vino a exportar su odio y su violencia. Y en Latinoamérica ya lleva demasiado tiempo operando.





