Bogotá, 1 de junio de 2026-Total News Agency-TNA- El presidente Gustavo Petro desconoció políticamente el preconteo que ubicó al derechista Abelardo de la Espriella como ganador de la primera vuelta presidencial en Colombia y abrió un nuevo frente de tensión institucional al cuestionar a la empresa privada vinculada al procesamiento de datos electorales, en una elección que dejó al oficialista Iván Cepeda en segundo lugar y empujó al país a un balotaje cargado de sospechas, polarización y pases de factura dentro del Pacto Histórico.
Con el conteo preliminar prácticamente cerrado, De la Espriella, candidato del movimiento Firmes por la Patria, quedó primero con cerca del 43,7% de los votos, mientras que Cepeda, postulante del oficialismo y aliado político de Petro, alcanzó alrededor del 40,9%. La segunda vuelta fue convocada para el 21 de junio, en una definición que enfrentará dos modelos antagónicos: continuidad progresista o giro de mano dura frente al crimen, el narcotráfico y la crisis de seguridad.
Pero la noche electoral no terminó con la aceptación institucional del resultado preliminar. Petro salió a cuestionar el sistema de preconteo y apuntó contra Thomas Greg & Sons, la firma colombiana de seguridad y tecnología asociada históricamente a procesos de identificación, documentos y servicios electorales, fundada por Gregorio Bautista y administrada por integrantes de la familia Bautista.
“El llamado conteo transmitido no tiene fuerza vinculante. Sus datos no son norma pública”, afirmó Petro, al sostener que, como presidente, no aceptaba los resultados del preconteo elaborado por la empresa privada. El mandatario aseguró que los algoritmos del software fueron modificados tres veces en la última semana y denunció la supuesta incorporación de 800.000 cédulas de personas que, según su versión, no figurarían en el censo oficial.
La acusación elevó la temperatura política de inmediato. Petro afirmó que existirían “dos censos”: uno oficial y otro del software operado por la empresa de los Bautista, con 800.000 personas adicionales. También sostuvo que los resultados válidos serán los que surjan de las comisiones escrutadoras dirigidas por jueces de la República de Colombia, no los datos transmitidos de manera preliminar durante la noche electoral.
Desde el punto de vista formal, el presidente tiene razón en un punto: el preconteo no equivale al escrutinio definitivo. En Colombia, como en otros países de la región, la información transmitida la noche de la elección tiene carácter informativo y debe ser consolidada luego por las instancias oficiales. Sin embargo, el salto político aparece en otro lugar: Petro no se limitó a pedir prudencia, sino que instaló una sospecha directa sobre la arquitectura tecnológica del proceso en el mismo momento en que su candidato quedó por debajo de De la Espriella.
La disputa con Thomas Greg & Sons tampoco surge en el vacío. La compañía ya había estado en el centro de fuertes controversias durante el gobierno de Petro, especialmente por licitaciones vinculadas a pasaportes, manejo de datos ciudadanos y contratos con el Estado. Ese antecedente alimenta ahora una batalla que mezcla procedimiento electoral, rivalidades empresariales, tensión institucional y la derrota parcial del oficialismo.
El triunfo de De la Espriella fue un golpe seco para Petro. El abogado barranquillero, apodado “El Tigre”, construyó su campaña como un outsider contrario a la izquierda gobernante y prometió una política de seguridad mucho más dura, con megacárceles, bombardeos contra estructuras criminales y una ofensiva frontal contra grupos armados financiados por el narcotráfico. Su discurso conectó con sectores que ven agotada la “paz total” de Petro y reclaman un cambio de rumbo.
El resultado también dejó mal parada a la derecha tradicional del expresidente Álvaro Uribe. La senadora Paloma Valencia, candidata del Centro Democrático, quedó tercera con cerca del 6,9%, lejos de disputar el balotaje. De esa manera, De la Espriella no sólo derrotó al candidato oficialista en la primera vuelta, sino que además desplazó al uribismo del centro de gravedad opositor.
La reacción dentro del Pacto Histórico fue menos monolítica de lo que el oficialismo hubiese querido. La derrota parcial de Cepeda agravó diferencias internas y reabrió reproches sobre la conducción de la campaña. En ese clima apareció el comentario del ministro del Interior, Armando Benedetti, quien deslizó ante observadores internacionales que muchos lo acusaban de estar metido en la elección, pero que el resultado demostraría lo contrario. La frase, cargada de ironía, fue leída como un pase de factura en medio de una interna que ya no puede ocultarse.
La relación entre Benedetti y Cepeda venía marcada por tensiones. El ministro, uno de los operadores políticos más relevantes del gobierno de Petro, no tuvo un papel central en la campaña del senador, y el resultado dejó al oficialismo ante una pregunta incómoda: si el aparato del poder no alcanzó para ganar la primera vuelta, ¿cómo hará Cepeda para revertir la diferencia en apenas tres semanas?
De la Espriella, por su parte, salió a capitalizar el resultado con un discurso desafiante. Celebró el respaldo obtenido, pidió vigilancia sobre el proceso electoral y advirtió que defenderá la democracia “por la razón o por la fuerza”, una frase que encendió alarmas entre sus adversarios y reforzó la imagen confrontativa que lo llevó al primer lugar. Su desafío ahora será ampliar su base sin espantar al centro político que necesita para imponerse en el balotaje.
La segunda vuelta obligará a ambos candidatos a buscar apoyos fuera de su núcleo duro. De la Espriella intentará sumar a los votantes de Paloma Valencia, al uribismo, a sectores empresariales y a independientes cansados de la inseguridad. Cepeda, en cambio, deberá retener el voto progresista, movilizar territorios afines al petrismo y convencer a moderados de que la continuidad del proyecto de Petro no significa repetir sus errores.
El telón de fondo es un país atravesado por violencia, narcotráfico y presencia territorial de grupos armados como disidencias de las antiguas FARC, el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y el Clan del Golfo. La seguridad será el eje de la campaña, pero ahora también se suma otro elemento: la confianza en el proceso electoral.
El movimiento de Petro puede tener un doble efecto. Por un lado, busca blindar a Cepeda frente a un resultado adverso todavía preliminar y mantener movilizada a la militancia oficialista. Por otro, corre el riesgo de sembrar dudas sobre la legitimidad del proceso justo cuando Colombia necesita una transición electoral ordenada, creíble y aceptada por los principales actores políticos.
La elección del 21 de junio ya no será solamente un duelo entre De la Espriella y Cepeda. También será una prueba para las instituciones colombianas, para la autoridad electoral, para la relación entre el gobierno saliente y la oposición, y para un oficialismo que, tras perder la primera vuelta, parece dispuesto a disputar no sólo los votos, sino también el relato sobre cómo fueron contados.




