Por RR
La incorporación de los fusiles israelíes ARAD-5 y ARAD-7 representa una mejora tecnológica para las Fuerzas Armadas, pero abre una discusión estratégica que el anuncio oficial dejó prácticamente fuera de escena: Argentina reemplaza sistemas veteranos sin haber incorporado una licencia que permita producir esos fusiles en el país. La comparación internacional muestra que el fabricante israelí IWI aceptó distintas modalidades con otros compradores: Perú instaló líneas de ensamblaje y cofabricación, India desarrolló capacidad industrial local y fuerzas policiales brasileñas optaron por importaciones directas más próximas al esquema argentino, pero fabricando otras.
Buenos Aires – 2 Octubre 2026 – Total News Agency – TNA- El Ministerio de Defensa presentó como un avance histórico la incorporación de los nuevos fusiles ARAD-5 y ARAD-7, destinados a reemplazar progresivamente a los veteranos FAL y otros sistemas utilizados por distintas unidades de las Fuerzas Armadas. La modernización es técnicamente significativa, pero la modalidad elegida vuelve a plantear una vieja debilidad argentina: renovar armamento mediante adquisición externa sin incorporar una licencia que permita producirlo industrialmente en Argentina.
Ese es el punto central de la discusión.
No se cuestiona que los ARAD sean sistemas modernos ni que las Fuerzas Armadas necesiten reemplazar fusiles que acumulan décadas de servicio. Lo que está en debate es que el Estado argentino haya resuelto una necesidad operativa inmediata sin aprovechar una compra estratégica para recuperar capacidad de fabricación nacional, como ocurrió durante otras etapas de la historia militar argentina.
El primer lote llegó al país durante septiembre y superó las pruebas de recepción y aceptación. El contrato fue celebrado bajo modalidad Estado-Estado con Israel, después de un proceso de evaluación en el que participaron empresas de distintos países. Personal de Israel Weapon Industries (IWI) capacitará a operadores y armeros argentinos y está prevista la llegada de nuevos lotes durante 2027.
Pero capacitación para utilizar y mantener un arma no equivale a adquirir la capacidad industrial para fabricarla.
Hasta el momento, en la información oficial difundida sobre el programa argentino no aparece una licencia de producción del ARAD en territorio nacional, tampoco una línea de fabricación instalada en Fabricaciones Militares, ni un programa destinado a producir progresivamente componentes estructurales, cañones, cerrojos u otras piezas sometidas a desgaste.
Argentina, por lo tanto, podrá operar el sistema, realizar mantenimiento y formar armeros, pero continuará dependiendo del fabricante extranjero para reponer las partes fundamentales mientras no incorpore una capacidad productiva propia.
Desde el punto de vista operativo, el salto respecto del material que será reemplazado es evidente.
El ARAD-5, calibre 5,56 × 45 mm OTAN, utiliza un sistema de pistón de gases de carrera corta, controles ambidiestros, cañón intercambiable, rieles Picatinny y M-LOK y una arquitectura compatible con ópticas y accesorios modernos. El ARAD-7, en calibre 7,62 × 51 mm, traslada esa filosofía a una plataforma de mayor potencia destinada al combate y al tiro de mayor alcance.
Pero el análisis internacional demuestra que no existe una única modalidad posible para adquirir estos fusiles.
Perú constituye el ejemplo más avanzado de integración industrial documentado entre los usuarios regionales del ARAD. La Fábrica de Armas y Municiones del Ejército (FAME) acordó con IWI un esquema de cofabricación que permitió instalar en territorio peruano líneas de ensamblaje del ARAD-7 y del ARAD-5, incorporar equipamiento específico, desarrollar capacidad de mantenimiento y formar técnicos locales.
El Ejército peruano contrató 10.000 ARAD-7 calibre 7,62 × 51 mm. El primer lote de 500 unidades salió de las instalaciones de FAME y el programa continuó hasta completar las entregas. Posteriormente, la Policía peruana avanzó con un contrato por más de 7.300 ARAD-5 calibre 5,56 mm, también integrados dentro de la infraestructura fabril estatal.
Perú no posee la patente del ARAD ni fabrica actualmente desde cero todos sus componentes. IWI continúa suministrando elementos fundamentales del sistema. Pero la diferencia estratégica es concreta: el fusil pasa por una fábrica nacional, técnicos peruanos trabajan sobre el sistema, existe infraestructura dedicada y una porción del conocimiento industrial queda instalada en el país comprador.
Argentina eligió otra modalidad.
El contrato comunicado oficialmente contempla adquisición Estado-Estado, capacitación y mantenimiento, pero hasta ahora no incluye una línea equivalente dentro de Fabricaciones Militares.
En Brasil, el ARAD ingresó principalmente por medio de policías estaduales. Río de Janeiro adquirió aproximadamente 600 ARAD-5, mientras São Paulo incorporó más de 400 unidades y otros estados realizaron posteriormente nuevas compras. Brasil posee, sin embargo, una diferencia estructural decisiva respecto de Argentina: mantiene paralelamente una industria propia de armas ligeras a través de IMBEL y fabricantes privados, por lo que importar ARAD para determinados cuerpos policiales no implica abandonar su capacidad nacional de producir fusiles.
El caso de India resulta diferente y especialmente revelador.
IWI desarrolló allí una sociedad industrial dentro de la política Make in India, mediante PLR Systems, y anunció capacidad para fabricar localmente diferentes armas de la compañía, incluyendo sistemas de la familia ARAD. No existe hasta ahora una adopción masiva del ARAD por el Ejército indio comparable con el programa peruano, pero el antecedente demuestra algo fundamental: IWI está dispuesta a instalar capacidad productiva fuera de Israel cuando el país comprador exige integración industrial como parte de su política de adquisiciones.
Eso modifica sustancialmente el debate argentino.
La ausencia de producción local no puede explicarse simplemente diciendo que el fabricante israelí no transfiere tecnología o no permite montar líneas fuera de Israel.
Perú demuestra lo contrario.
India también.
La verdadera pregunta pasa entonces a ser otra: ¿Argentina solicitó durante la negociación una licencia, ensamblaje local o participación de Fabricaciones Militares? ¿Israel rechazó esa posibilidad o simplemente no fue una condición exigida por el Ministerio de Defensa argentino?
Ese interrogante resulta todavía más importante porque la Argentina posee antecedentes históricos exactamente opuestos.
Durante gran parte del siglo XX, la política de defensa no consistió únicamente en importar armamento terminado. La adquisición de tecnología extranjera era utilizada como punto de partida para desarrollar capacidades nacionales.
El Mauser argentino estuvo asociado con formación de técnicos, armeros y metalúrgicos y con el crecimiento de infraestructura fabril propia.
Décadas más tarde ocurrió algo todavía más significativo con el FN FAL.
Argentina adquirió la licencia de Fabrique Nationale d’Herstal y convirtió a la Fábrica Militar de Armas Portátiles Domingo Matheu, en Rosario, en el centro industrial del arma que equiparía durante décadas al Ejército, la Armada, la Fuerza Aérea, Gendarmería, Prefectura y distintas fuerzas policiales.
La diferencia con la compra actual es precisamente la licencia.
El país no se limitó entonces a recibir cajas de fusiles fabricados en Europa. Instaló maquinaria, desarrolló procesos metalúrgicos, formó trabajadores especializados y adquirió la capacidad de fabricar el arma dentro de Argentina.
Eso permitió dominar buena parte del ciclo logístico.
Se producían fusiles, cargadores, piezas de reemplazo y variantes adaptadas a las necesidades nacionales. Paralelamente, la estructura industrial estatal sostenía la fabricación de la munición 7,62 × 51 mm OTAN, reduciendo la dependencia del exterior.
Durante la Guerra de Malvinas esa diferencia adquirió su verdadera dimensión estratégica.
El FAL fabricado en Argentina fue el arma principal de los soldados argentinos y la existencia de instalaciones nacionales permitió realizar modificaciones, reparaciones y fabricación de componentes sin depender exclusivamente de autorizaciones extranjeras.
La experiencia de la guerra de Ucrania volvió a demostrar por qué esa capacidad resulta esencial.
Los conflictos convencionales prolongados consumen armas, municiones, cañones, resortes, cerrojos y otros componentes mucho más rápido de lo que proyectan los inventarios de tiempo de paz. Una fuerza armada que depende del exterior para reponer hasta las piezas esenciales queda condicionada por la capacidad industrial y las decisiones políticas de otro Estado.
Por eso el problema de los ARAD no es tecnológico.
El fusil puede ser moderno, preciso, modular y superior al material que reemplaza.
El problema es quién puede fabricarlo cuando se necesitan miles de unidades adicionales, quién produce sus repuestos cuando los depósitos comienzan a vaciarse y qué ocurre si el proveedor extranjero restringe las entregas por razones políticas, comerciales o militares.
La comparación internacional permite ubicar a la Argentina dentro de una escala clara.
Brasil también importó ARAD para fuerzas específicas, pero conserva simultáneamente una industria nacional de fusiles. Perú utilizó la adquisición para desarrollar capacidad fabril local. India negoció directamente la presencia industrial de IWI dentro de su territorio.
Argentina optó, al menos hasta ahora, por una de las modalidades de menor integración industrial disponibles dentro de la propia experiencia internacional del fabricante: compra del sistema, entrenamiento de operadores y capacitación para mantenimiento.
Esa elección resulta especialmente llamativa porque el país conserva a Fabricaciones Militares, tiene tradición histórica en producción de armas portátiles y necesita precisamente reconstruir capacidades que perdió durante décadas de desinversión.
La verdadera modernización podría haber combinado ambas necesidades: incorporar rápidamente el ARAD para reemplazar material obsoleto y negociar simultáneamente un proceso progresivo de ensamblaje, fabricación de repuestos y eventual producción bajo licencia dentro del país.
Perú demuestra que esa alternativa existía frente al mismo proveedor. India confirma que IWI admite esquemas industriales externos. Brasil demuestra que importar un arma determinada no obliga a renunciar a una base productiva nacional.
Argentina, en cambio, recibe por ahora el producto terminado.
El soldado tendrá un fusil mejor. La pregunta estratégica es por qué la Nación no aprovechó la misma operación para recuperar también la capacidad de producirlo o, al menos, avanzar hacia ese objetivo.
La diferencia entre ambos modelos es profunda: uno moderniza inventarios; el otro moderniza simultáneamente a las Fuerzas Armadas y a la industria que deberá sostenerlas cuando la disponibilidad del proveedor extranjero deje de estar garantizada.
Fuentes consultadas: Ministerio de Defensa de la Nación; Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas; Fabricaciones Militares; Israel Weapon Industries; Fábrica de Armas y Municiones del Ejército del Perú; documentación oficial de defensa de Perú, Brasil, antecedentes industriales de IWI en India; documentación histórica sobre la Fábrica Militar Domingo Matheu y producción del FN FAL; antecedentes técnicos y documentación de archivo de Total News Agency.
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