Por Dr. Jorge Corrado*
“No tengo la seguridad de nada, salvo de que no podemos seguir aquí parados a la espera de que el mundo se nos caiga encima”.
La Caverna. José Saramago
La Seguridad Nacional y la Defensa Nacional.
La seguridad es la condición de estar seguro. Seguro significa libre y exento de todo peligro, daño o riesgo (Ver el Diccionario de la Real Academia Española).
La defensa es la acción o efecto de defenderse. Defender es amparar, librar, proteger, mantener, conservar, sostener algo contra el deseo ajeno.
La seguridad es la situación en la que los pueblos se sienten libres de presión, coerción, riesgo o amenaza para alcanzar su propio desarrollo. Y si los riesgos y las amenazas existen, el Estado tiene la responsabilidad primaria de eludirlas, superarlas o estar en condiciones de enfrentarlas con éxito.
Luego, la seguridad nacional es la situación que resulta de la sumatoria del desarrollo nacional y la defensa nacional.
Por lo tanto, la diferencia entre seguridad y defensa, que plantean nuestras leyes pertinentes, dividiendo “geográficamente” a la seguridad nacional en interna o externa, es conceptualmente absurda, artificial e ideológica. Las amenazas y riesgos pueden ser clasificadas según el agresor como de carácter estratégico (involucra al Estado o a la población en su conjunto) o de carácter público (involucra a las personas y a las organizaciones sociales privadas).
Las Fuerzas Armadas se usan prioritariamente para las agresiones de origen externo –aun cuando se desarrollen en el interior del país- y ello no significa que provengan exclusivamente en otros Estados y a través de sus FF.AA. Éste es un concepto del siglo XIX que hoy está vigente en la reglamentación de la arbitraria ley de defensa. En el presente año, el 99,5 % de las guerras en acto, en el mundo, son “interiores” y se libran frente a organizaciones “no estatales”.
La llamada “seguridad interior” enfrenta, prioritariamente con medios policiales y de seguridad, al “delito común” previsto y penado en nuestros códigos.
Lo que es novedoso, desde el fin de la guerra fría (1989/91), es que así como se ha difuminado la delimitación de política interior y exterior, el límite del delito común y de la agresión estratégica también se ha diluido. Uno de los medios instrumentales de la agresión, en las guerras asimétricas, es el aparente delito común. Por ello los estados de culturas desarrolladas, han reaccionado, reorganizando sus conceptos y estructuras de seguridad y defensa. Por ello es que también se han incorporado nuevos protocolos al derecho humanitario y se han precisado las definiciones básicas que nos permiten entender la naturaleza de los fenómenos violentos de nuevo cuño, para que no sean tratados con “retardo mental”.
Nuestro querido país le ha dado la espalda a estas modernizaciones que acompañan a la nueva civilización. Ignora que entre nosotros hubo una guerra civil revolucionaria. Ignora que estamos comprometidos en una guerra mundial. Ignora que el epicentro momentáneo de esa guerra está en Medio Oriente y estuvimos relacionados estratégicamente por décadas con Venezuela, aliada de Irán y a la vez denunciamos a Irán, como terrorista. Ignora que en Ibero América avanzó, por vía electoral (Foro de San Pablo), una revolución neo-marxista, relacionada con el crimen organizado internacional. Todo este fárrago de ignorancias, nos coloca en absoluta indefensión, mientras el delito común arrasa a la sociedad y desborda a las policías desautorizadas y paralizadas por decisiones políticas.
El uso de la fuerza legal y legítima del estado.
El Jefe de Estado no debe auto restringirse en el uso de la FUERZA legítima y legal a su disposición, para preservar al estado de los riesgos, las amenazas, presiones o coerciones que afecten al desarrollo del país. Pero, para asegurar que el Jefe del Ejecutivo no use su poder para dirigirlo contra los sectores políticos que se le oponen, el sistema republicano requiere que la participación de la Fuerza en la seguridad nacional, sea regulada por una ley legítima, que permita la previsión, la preparación y el planeamiento de todos los medios.
Este párrafo tiene especial significado para los conflictos que se avecinan: las guerras híbridas y de séptima generación, en las que se confunde crimen, la ideología y los nuevos conflictos de poder. La inseguridad pública es uno de los instrumentos para disputar el dominio de la sociedad al cuasi-Estado remanente, por un enemigo sin rostro, en medio de conflictos difusos.
La falacia de la separación artificial de la seguridad interior – defensa exterior.
Vale la pena aclarar que el único Estado que ha dividido taxativamente -a través de la ley de defensa de 1988- a la defensa en interna y externa, es la República Argentina. Ha intentado reiteradamente “vender” SU MODELO. Nadie lo ha comprado. Se han asignado a las Fuerzas Armadas misiones relacionadas con la agresión externa, de otros Estados, a través de sus FF.AA. y se le han asignado a las Fuerzas Policiales y de Seguridad, todas aquellas que se desarrollan en el propio territorio.
Debe quedar claro que ningún otro país en el mundo sostiene esta absurda postura, aunque los partisanos de la izquierda vernácula piensan que son el faro que marca rumbos en el continente americano y en el mundo. En verdad, han logrado dejar sin misiones (y sin reconocimiento social) a las FF.AA. por vía legal. Son actualmente una carga social prescindible. Pero la Nación está en total indefensión ante los reales y perceptuales riesgos y amenazas en acto, en la región.
La Política de Defensa tiene muchos ingredientes que considerar en su evaluación: los fines y objetivos nacionales: el ambiente internacional y el ambiente interno, los riesgos, las amenazas, los costos y desafíos; los objetivos políticos y los medios potenciales y reales.
La adecuación de medios y fines y la armonía entre intenciones y capacidades, generarán políticas de estado para el desarrollo y la defensa y la realimentación de todo el sistema político. (Ese es el objeto de la Gran Estrategia).
La razón de ser de las Fuerzas Armadas.
La historia del mundo demuestra que en aquellos Estados donde las FFAA se han debilitado o desintegrado, han comenzado o continuado la guerra civil y la segregación social y geográfica interna.
Las Fuerzas Armadas no existen porque existan los conflictos; existen porque existen los Estados. Las Fuerzas Armadas de una Nación y un Estado Moderno existen para sostener la estructura (el andamiaje) del Estado al que pertenecen. Son, como otras instituciones, las encargadas de conformar la tangibilidad de los principios de convivencia y acuerdos de la comunidad, diversa y libre.
Las Fuerzas Armadas son de la Nación y sostienen al Estado y no a los gobiernos de turno.
Por eso, para participar en actividades de seguridad nacional en el interior, requieren de una ley del Congreso. También por eso, no deben involucrarse en lo que se ha dado en llamar “el proyecto nacional”, que en realidad es el proyecto de un partido político. Las Fuerzas Armadas deben estar por encima de las ideologías y no pertenecen a un partido, sino a la Nación toda.
Las Fuerzas Armadas representan el núcleo de fuerza del poder del propio Estado frente a los otros Estados. Tienen íntima relación con la Política Exterior y la Política Económica. La Política de Defensa Nacional emerge de, y sostiene a las dos anteriores.
Lo expresado arriba es un esquema conceptual, cuya única finalidad es relacionar y definir conceptos.
La inexorable integración regional. El desafío político inmediato.
Viabilizar una política de defensa nacional exige tener objetivos, estrategias, prioridades, relaciones con los vecinos y con Estados Unidos y una clara visión y definición de inserción en el complejo nuevo orden internacional.
Consecuentemente, la Argentina tiene que poseer un proyecto de largo plazo (estratégico), que sirva con coherencia a los intereses, objetivos y necesidades argentinas, a partir de su cultura, de su firme identidad.
En el mundo globalizado en que vivimos, la integración regional es un imperativo para alcanzar el pleno desarrollo. Esta integración regional debe partir inexorablemente de visiones políticas compartidas, basadas en intereses comunes y abandonando posturas ideológicas superadas por la realidad actual.
Integrarse es un acto de soberanía política y no de sumisión. Esta integración obliga a que no existan liderazgos hegemónicos de ninguno de los países del bloque, puesto que la existencia de tales aspiraciones demostraría que hay ambiciones de supremacías que den ventajas estratégicas para algunos y, por ende, desventajas para otros.
Pero cualquier integración debe partir de fortalezas y coincidencias y no de debilidades y diferencias. Hay que explotar la complementariedad. Debe partir de las coincidencias en lo sustancial y no en lo accesorio. Y lo sustancial es lo cultural-político.
La primera responsabilidad política es la de la seguridad, en este caso: colectiva. Alianzas basadas en lo no esencial-sustancial, serán efímeras. (Hasta ahora, las iniciadas desde el comercio, han fracasado).
Lo que debe prevalecer no es tanto tener la misma percepción de la forma de enfrentar los riesgos y las amenazas, ni los medios militares simétricos. Lo central es la determinación de objetivos sinérgicos, de los intereses comunes, de las aspiraciones inclusivas.
Pero las alianzas resultarán mucho más fuertes y duraderas si los probables aliados tienen un grado de desarrollo simétrico. Porque los aliados débiles terminan siempre convirtiéndose en esclavos de los más fuertes. Fortaleza en las posturas políticas, contribuyen a disminuir asimetrías económicas.
Por eso es necesario reiterar que hay que desarrollar la economía y crecer, como paso previo a la integración con nuestros vecinos. Nadie querrá de aliado a un Estado débil, a un Estado Institucional inestable, a un Estado esquizofrénico en sus posturas políticas, ni a un Estado no predecible en sus posturas internacionales. La Política es la inteligencia del Estado. Tiene la responsabilidad de dar CERTIDUMBRE. Para ello hay que definir qué y quiénes somos, cual es nuestro destino y entender a las dinámicas circunstancias que nos afectan.
Pero debe quedar muy en claro que la integración regional en ningún momento significa perder la identidad nacional, ni claudicar en los legítimos intereses que conduzcan a la paz y felicidad de todos los pueblos. Los pueblos culturalmente fuertes, son naturalmente generosos, expansivos y confiables.
La previsión estratégica proactiva.
Para lograr esta posición resulta indispensable instalar, desde la propia identidad, modalidades y criterios flexibles emergentes del pensamiento estratégico argentino, que den bases a la elaboración de los propios planes y a una intervención idónea en el planeamiento combinado.
Así se preservará la iniciativa estratégica, evitando reaccionar ante hechos ya producidos. Esta última posibilidad lleva a la improvisación tardía. HAY QUE SALIR CUANTO ANTES DE LA EMERGENCIA, en la que actualmente nos encontramos.
Las políticas de seguridad nacional, que abarcan a la defensa nacional, deben ser proactivas en el sentido que el hombre de estado pueda solucionar más fácilmente lo que anticipa a través del planeamiento y organiza, capacita y ejercita antes de ser sorprendido por lo imprevisto y aun por lo imponderable, perdiendo así la libertad de acción.
En la actualidad este aspecto teórico es nulo, por exigencia de la legislación vigente y, además, cuando se recupere la legitimidad legal deberá considerarse la inédita naturaleza de las guerras del siglo XXI, profundamente alterada por los cambios cualitativos que han afectado a los ambientes de seguridad y han provocado un reacomodamiento de las esferas de poder, estatales y privadas, después del colapso de la Unión Soviética. Hay un nuevo mapa político y estratégico.
La actitud estratégica de Defensa Nacional debe orientarse a la seguridad estratégica defensiva y tender a convenios de seguridad colectiva y defensa común conformando bloques regionales.
Las dimensiones de la Argentina.
La Argentina tiene tres dimensiones territoriales: continental, espacial y marítima.
Sobre estas deben estructurarse las capacidades de la defensa, según las brechas que resulten entre lo necesario, emergente de los planes y lo posible, emergente de la evolución presupuestaria.
La Estrategia Nacional o Gran Estrategia, ante los conflictos difusos y la escasez de medios para enfrentar riegos y amenazas nuevas e internacionalizadas, no totalmente esbozadas, se orientará hacia una adecuada selección de prioridades, flexibilidad orgánica y fluidez intelectual en la aceptación de riesgos calculados.
Por lo expresado, las funciones en Defensa Nacional/Común de las Fuerzas Armadas de un Estado moderno o bloque integrado, son:
- Preservar la soberanía cultural, la unión nacional/regional e integridad del territorio nacional/regional y proteger la vida y el patrimonio de sus habitantes, así como las personas y bienes bajo jurisdicción nacional/regional.
- Contribuir a colocar al país en un contexto internacional favorable, mediante la creación de una mayor credibilidad, la participación activa en Operaciones de Mantenimiento de la Paz y las alianzas militares que determine el poder político.
- Participar en operaciones de seguridad interior conforme a las leyes establecidas al efecto, atendiendo a la naturaleza de las guerras del siglo XXI.
- Contribuir con las actividades de promoción del desarrollo nacional y de la modernización del Estado, que aprovechen sus capacidades de organización, planeamiento, despliegue, transporte y comunicaciones, en especial en la prevención y mitigación de catástrofes y operaciones de ayuda humanitaria.
De no mediar una profunda y acelerada adecuación de nuestra Política de Seguridad Nacional, a las profundas modificaciones que nos depara éste siglo XXI, el fantasma de la disgregación, la anarquía y el Estado Fallido será una irremediable realidad.
*El Dr. Jorge Corrado es abogado (UBA). Director del IEEBA, Instituto de Estudios Estratégicos de Buenos Aires. Profesor titular de Ciencia Política, Estrategia y Geopolítica de la UCALP. Profesor en el Instituto de Seguridad Pública de la Ciudad de Buenos Aires. Profesor del Campus Internacional para la Seguridad y la Defensa. Sevilla. España
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