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Ignacio Katz: la crisis sanitaria y el deterioro institucional argentino

23 octubre, 2026
Ignacio Katz: la crisis sanitaria y el deterioro institucional argentino
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Al recibir el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad de Concepción del Uruguay, el Dr. Ignacio Katz pronunció un discurso que trasciende la problemática sanitaria para examinar el deterioro de la educación, la investigación científica y las instituciones argentinas. Su análisis identifica en la fragmentación del sistema de salud una consecuencia de décadas de discontinuidad política, ausencia de planificación y dificultades para transformar las capacidades profesionales en estructuras eficientes y duraderas. A sesenta años de la Noche de los Bastones Largos, plantea la necesidad de recuperar el pensamiento crítico, fortalecer la responsabilidad social y construir un Sistema Federal Integrado de Salud mediante acuerdos concretos entre el Estado, los profesionales, las universidades y el sector privado. Su reflexión invita a discutir no solamente qué recursos necesita la Argentina, sino cómo se administran, con qué objetivos y bajo qué responsabilidades institucionales.


La salud en situación límite: una perspectiva sanitaria a 60 años del embate contra la ciencia

Dr. Ignacio Katz

Concepción del Uruguay, Entre Ríos – octubre de 2026.

Quiero comenzar agradeciendo especialmente al rector de la Universidad, Dr. Héctor Sauret, con quien me unen ya 50 años de amistad, compromisos y esperanzas compartidas en torno al desarrollo argentino. Así como también agradecer a la vicerrectora, Dra. Georgina Vierci, a la decana de la Facultad de Ciencias Médicas, Lic. Martina Tálamo, y demás autoridades. Claustro de profesores, estudiantes, amigos: Buenas tardes y muchas gracias por su presencia en este acto.

Lo primero, como corresponde, es valorar la distinción con la que me honra esta casa de estudios al nombrarme Doctor Honoris Causa de la Universidad. Me siento verdaderamente conmovido de vivir estos momentos con ustedes. Así que una vez más: muchas gracias.

Es de uso y costumbre —y así lo ameritan estas ocasiones, en las que se hace referencia a una trayectoria— leer una alocución previamente elaborada, porque se supone que hacerlo expresa un absoluto respeto por quienes escuchan y, sobre todo, por el tiempo que generosamente me conceden. Pero también debo respetar a mi propia persona en mis convicciones y aquello que considero que no puede ser omitido en una circunstancia como esta. Por eso, aun sabiendo que estas palabras pueden resultar menos complacientes de lo que una celebración suele requerir, en los momentos que atraviesa el país no puedo dejar de formular un “aviso de incendio” general. Asumiendo la responsabilidad que se me impone, en esta disertación que he titulado:

“La salud en situación límite: una perspectiva sanitaria a 60 años del embate contra la ciencia”

Fue el 31 de agosto de 2015, en el acto de apertura de la carrera de Medicina de la Universidad de Concepción del Uruguay, cuando dije que llevar adelante aquella iniciativa tenía mucho de desafío.

Hoy lo reitero, lo ratifico y lo enfatizo. Y lo hago más allá de la aprobación que oficialmente representa la CONEAU, porque una acreditación constituye, sin duda, un reconocimiento importante, pero no agota el sentido ni la responsabilidad de una institución universitaria.

El verdadero desafío se expresa en la cotidiana toma de decisiones de sus autoridades, en su capacidad para leer la realidad y, a partir de esa lectura, construir el futuro comprendiendo el presente.

Construir el futuro supone, entonces, mucho más que sostener lo alcanzado.

Obliga a incorporar “dispositivos” y herramientas capaces de actualizar en forma permanente la institución; capaces de imprimir a la formación, a la educación y al pensamiento un sentido colectivo acorde con las exigencias de la salud pública; y de profundizar aquellas “capacidades esenciales” que permiten a una universidad no limitarse a reproducir conocimientos, sino producirlos, interrogarlos y ponerlos al servicio de la sociedad.

Se trata de desplegar la noción de beruf, vocablo alemán utilizado en la sociología de Max Weber para expresar la condición de unidad entre vocación y profesión, como matriz dualista.

Debemos distinguir, entonces, entre formar, educar, enseñar y pensar, porque cada uno de estos términos indica una dimensión diferente y necesaria. Constituyen, por así decirlo, las cuatro patas de la mesa educativa.

Formar supone, en un sentido técnico o funcional, adquirir los conocimientos, las competencias y las habilidades necesarias para desempeñar una tarea, una profesión o un oficio. Se forma a alguien para que sea ingeniero, médico, abogado o programador, enseñándole lo que debe saber y hacer para desempeñarse correctamente.

La formación tiene, por ello, una necesaria orientación hacia la eficacia y la utilidad, hacia el dominio de un saber que permita actuar.

Pero educar es algo más amplio que formar. Educar implica desarrollar integralmente al ser humano: no sólo en lo técnico, sino también en lo ético, lo emocional, lo social y lo espiritual. Supone cultivar el pensamiento crítico, la comprensión, la empatía y el juicio.

En cuanto que Enseñar implica una modalidad de aproximación a la tarea pedagógica que pone en juego diversos recursos didácticos: la transmisión, pero también el ejemplo, la pregunta, el problema, el proyecto, entre muchos otros. Como sostenía George Steiner, “el maestro que nunca dejó de aprender”, enseñar no es sólo transmitir conocimientos, sino también un método para construir saber. Un recorrido en el que también resulta necesario reconocer y detectar aquello que debemos desaprender.

No se puede saltar directamente al conocimiento.

En este sentido, no alcanza con formar médicos; necesitamos educar médicos capaces de comprender el significado de aquello que hacen y de asumir la responsabilidad que implica hacerlo, como parte del compromiso con la sociedad en que están insertos.

Pero tampoco educar alcanza si no enseñamos a pensar.

Pensar es estructurar: dar forma, relacionar, distinguir y otorgar significado a los contenidos. Es también revisar lo dado, incluso nuestras propias conclusiones, para poder reorganizarlas desde otro enfoque. Lo que implica, necesariamente, dudar y dialogar; no repetir ideas, sino confrontarlas con otros y confrontarnos con ellas.

Como decía Jaime Barylko, “pensar es co-pensar”: no pensamos desde un vacío, sino a partir de cierta cultura, de cierto cultivo interior y, fundamentalmente, del conocimiento de pensamientos ajenos “con los que aguzamos nuestro propio pensar”. “Pensamos solos, pero no a solas”, decía. Esta manera de proceder resulta importante para la ineludible función de investigación que todo médico tiene desde su propia interacción con el paciente, en tanto persona singular a conocer.

Porque el médico no se limita a aplicar conocimientos establecidos, sino que enfrenta situaciones concretas, singulares y cambiantes, muchas veces atravesadas por la incertidumbre. Como sabemos desde la medicina hipocrática “no hay enfermades, sino enfermos”.

El médico debe relacionar, distinguir, interpretar, decidir y revisar sus propias decisiones. Necesita, por lo tanto, algo más que información y algo más que destreza: necesita criterio.

Se trata, en definitiva, de comprender la esencia de las cosas, sin dejarse confundir por lo contingente.

Para ello podemos apelar a dos tradiciones diferentes pero complementarias: la dialéctica (proveniente de la filosofía crítica) y la visión fractal (proveniente de la física cuántica). Ambas apuntan a pensar la realidad como proceso y estructura en movimiento, en vez de una “foto” estática.

La clave pasa por entender el fractal como forma y la dialéctica como dinámica.

El fractal es la estructura que se repite a distintas escalas. Una suerte de analogía en donde la parte reproduce el todo.

La dialéctica es el movimiento por el cual distintos momentos y expresiones, que se exhiben y funcionan como contradictorios, en verdad expresan un conjunto en tensión.

Es desde esta perspectiva que debemos pensar también nuestra tarea como institución universitaria. La UCU se desarrolla mayormente a contracorriente de la desorganización que impera en buena parte del sector salud. Una posición que constituye una fortaleza, pero que no nos exime de una realidad sanitaria que no podemos ni debemos desconocer.

Formar médicos, enseñar a pensar, investigar y construir instituciones sólidas en este contexto no es una tarea menor: es, precisamente, una forma de intervenir sobre esa realidad en permanente transición, como todo devenir.

La realidad actual y local que padecemos —y de la que también somos responsables como sociedad— nos sitúa, con frecuencia, a contramano de un desarrollo nacional.

Como país, estamos socavando los pocos “nidos de maestros” y “nodos estratégicos” de producción científica y tecnológica que nos quedan, como el Instituto Balseiro y la CONEA.

La inversión en ciencia y tecnología es la más baja desde 1972, en términos de porcentaje del PBI, que apenas llega al 0,15 por ciento.

Eso sin referirnos a los demás niveles educativos, donde los resultados de las recientes pruebas PISA nos colocan en el puesto 78 entre los 91 países participantes, evidenciando una caída aguda y sostenida de Argentina en los rankings, con chicos de 15 años que no logran comprender un texto ni realizar operaciones matemáticas simples, mientras otros estudios señalan una disminución del 8,4 % en el rendimiento verbal y del 3,6 % en el coeficiente intelectual de niños de 10 años.

Argentinos: no se trata de “los otros”; se trata de nosotros mismos. De nuestros hijos, de nuestros alumnos, de nuestro futuro. Este es el “aviso de incendio” al que hice alusión: una situación que no se soluciona sólo con mayor inversión sino —sobre todo— con decisión política, a través de políticas educativas regenerativas.

Efectivamente, atravesamos una situación límite, cuyo desencadenamiento podemos situar, como referencia histórica y simbólica, en julio de 1966, hace ya sesenta años.

Me refiero a aquella Noche de los Bastones Largos: el momento en que el embate contra la ciencia, la universidad y el pensamiento crítico comenzó a dejar una marca profunda sobre la vida institucional y, con ella, sobre la capacidad del país para pensar y conducir sus propios destinos.

No se trata de establecer una relación mecánica entre aquel acontecimiento y todos nuestros problemas actuales, sino de reconocer una continuidad histórica: cuando una sociedad debilita sus instituciones de conocimiento, deteriora también sus instrumentos para comprender, anticipar y transformar la realidad.

En el campo sanitario, ese proceso de fragmentación y degradación institucional tuvo también una expresión decisiva en el pacto Onganía-Vandor, mediante el cual se otorgó a los sindicatos la administración de las Obras Sociales de Salud, contribuyendo a la actual desarticulación del sistema sanitario.

Desde mi experiencia concreta en distintos hospitales, por ejemplo, en Cataluña, País Vasco o Francia; el contraste resulta revelador: mientras allí la planificación y articulación sanitaria han podido avanzar y desenvolverse institucionalmente; la Argentina ha transitado desde 1966, con vaivenes, un proceso de desmembramiento de las capacidades que había comenzado a construir en la década precedente.

La época de Houssay y Leloir fue, precisamente, una época dorada de despliegue científico argentino: existían investigadores, instituciones, laboratorios y una política científica en expansión. La Noche de los Bastones Largos marcó un quiebre y abrió un ciclo de éxodos, interrupciones y pérdida de continuidad institucional que la dictadura de 1976 profundizó. De allí una paradoja que atraviesa nuestra historia: tuvimos científicos, pero no logramos consolidar una ciencia; tuvimos grandes médicos, pero no conseguimos construir un sistema de salud.

Incluso parte de ese talento terminó desarrollándose en el exterior, en hospitales, centros de investigación y redes que aquí no alcanzamos a sostener.

La cuestión, por tanto, no ha sido la ausencia de capacidades individuales, sino nuestra dificultad —y en determinados períodos, nuestra indecisión— para convertirlas en instituciones duraderas, que conformen redes y enhebren sistemas; ejerciendo y dando significado al concepto de gobernanza sanitaria. Porque el problema no consiste solamente en la falta de recursos. El problema reside en la incapacidad para reconocer dónde debemos ponerlos y con qué propósito.

Lo advirtió hace décadas Saburō Okita, uno de los artífices de la planificación y el despliegue económico del Japón de posguerra, quien también tuvo una relación directa con nuestro país.

A pedido del gobierno de Alfonsín, encabezó entre 1985 y 1986 una misión de cooperación japonesa que elaboró el conocido Informe Okita, un diagnóstico y una propuesta de desarrollo para la Argentina.

En ese contexto formuló una observación que conserva una sorprendente actualidad: “Los argentinos se ocupan de reforzar las terapias intensivas cuando deberían poner todo su ahínco en las incubadoras”.

La metáfora es contundente: seguimos destinando buena parte de nuestros esfuerzos a reparar las consecuencias de problemas que no supimos —o no quisimos— anticipar, cuando deberíamos fortalecer las capacidades que permiten prevenirlos, anticiparlos y generar nuevas respuestas.

En un mundo que se desliza hacia la atrofia reflexiva, urge recuperar el pensamiento crítico. La aceleración tecnológica, la rapidez informativa y la precariedad moral han erosionado los cimientos del discernimiento. En esta deriva, la sociedad actúa “como si” pensara, en un ambiente en el que se expanden la corrupción, la mediocridad y la ignorancia.

La innovación global sanitaria, urbana y digital —carente de una planificación estratégica integral—, convive con paradigmas anacrónicos, incapaces de dialogar con las nuevas complejidades. La Argentina es hoy el espejo de esa corrosión: se erosiona su capacidad de innovación en lo tecnológico, lo productivo y, sobre todo, en los paradigmas con los que piensa su propio desarrollo.

La crisis de la salud pública es su síntoma más visible. El sistema sanitario se fragmenta, se dispersa y niega el sentido de totalidad que la realidad demanda. Pero el problema no es técnico ni presupuestario: es político y ético. La víctima final no es una institución ni una categoría profesional, sino la sociedad en su totalidad, que necesita —y no recibe— los servicios que requiere.

Recuperar el pensamiento crítico no es una consigna académica, sino una urgencia política, entendiendo la política en su sentido más amplio: como reflexión, debate y acción sobre los problemas que afectan a la vida colectiva, y no como una mera disputa partidaria.

Esa es la condición para evitar que la inercia del ocaso termine por desactivar nuestra capacidad para superarla. Pensar críticamente hoy es el modo más lúcido de cuidar la vida.

Para alcanzar la meta de producir salud y consumir asistencia médica oportuna, adecuada y equitativa para todos, resulta indispensable, aunque no suficiente, un real acuerdo entre los sectores del campo sanitario. Una negociación entre intereses y valores, entre Estado, Mercado y Comunidad.

No un mero diálogo ni un vacío consenso de buenas intenciones, sino un acuerdo sobre cuestiones concretas, cediendo posiciones e intereses, comprometiendo deberes y acciones. Ni total, ni exhaustivo, ni compulsivo ni irrevocable. Pero sí real, aproximativo y creciente.

Este acuerdo sólo puede ser articulado desde el Estado Nacional, con participación de los gobiernos locales, las universidades, los colegios médicos, los sanatorios, las prepagas, las obras sociales, los laboratorios, entre otros. En nuestro sector, al menos, los límites entre lo público y lo privado son instrumentales: toda la salud es pública porque afecta al cuerpo colectivo.

El Estado tiene una responsabilidad indelegable, pero esa responsabilidad sólo se hace efectiva si se ejerce en cooperación con el sector social y productivo. Se trata de tejer una red entre todos los componentes del campo sanitario para que devengan así en sistema. Para lograr esta transición de la anomia a los acuerdos, el conflicto no debe negarse ni ocultarse.

Como planteaban desde perspectivas diferentes Aldo Ferrer y Remo Entelman, el conflicto debe ser procesado institucionalmente mediante la negociación, buscando un equilibrio dinámico, necesariamente inestable. El producto del Acuerdo debe ser la construcción de un verdadero Sistema Federal Integrado de Salud, el cual implica varias postas más en el camino hacia la meta a alcanzar, que serán necesariamente negociadas y replanteadas en el devenir. Porque, al decir de Joseph Conrad, “en la tempestad, lo esencial es el rumbo”. Comprender la trama entera en la que estamos inmersos implica no desligarse de ella, sino asumirse como eslabón de una cadena de responsabilidad de naturaleza bioética.

La ética de la responsabilidad obliga a hacerse cargo no sólo de las intenciones, sino de las consecuencias de las propias acciones; por eso el compromiso médico —y el de los funcionarios, y en definitiva el de cualquier ciudadano, sea empresario o simple miembro de la comunidad— implica involucrarse en el destino social del que cada uno es ineludiblemente parte.

Lo que con frecuencia se interpone en el camino de esa responsabilidad es una forma particular de ceguera: la ceguera cognitiva social, es decir, no poder o no querer ver lo que se tiene delante.

Se trata de un estadio propio de la pulsión de autoengaño, de una verdadera negación de la realidad, que no produce aislamiento sino un empantanamiento creciente en la misma realidad que se pretende evadir. Esta negación convierte a quien la ejerce en cómplice de su propia desdicha.

Como afirmó recientemente el reconocido politólogo Oscar Oszlak, la participación ciudadana no puede considerarse solamente un derecho: también debe convertirse en un deber ciudadano.

Muchos desearíamos vivir en una sociedad con gobiernos transparentes, políticas públicas eficaces, servicios de calidad y bajos niveles de corrupción. Pero pocos estamos dispuestos a invertir nuestro tiempo, esfuerzo y conocimientos para contribuir a la construcción de esos bienes públicos. La participación no se improvisa; se construye gradualmente mediante prácticas encadenadas que desarrollan la confianza, la reciprocidad y el sentido de pertenencia.

En definitiva, asumir la responsabilidad supone dejar de huir de aquello que tenemos delante. Como escribió Kafka: “Toda huida constituye un autoengaño”. Y es precisamente en ese aprendizaje de la responsabilidad donde la universidad tiene un papel insustituible: debe ser un pilar de la formación ciudadana, incorporando a ella la responsabilidad propia del ejercicio profesional.

Hoy nos encontramos frente a una reconfiguración social que está erosionando los vínculos que sostienen la vida colectiva. Cuando se debilitan la solidaridad y el sentido de pertenencia, crecen el desarraigo, la anomia y la deshumanización.

Por eso es necesario recuperar el humanismo como horizonte: colocar nuevamente en el centro la dignidad humana, los vínculos, la responsabilidad colectiva y, sobre todo, la fraternidad: esa bandera que nos legó la Revolución Francesa y que hoy, además, nos reúne bajo el nombre de esta institución.

Esta circunstancia acrecienta el valor y la dimensión del desafío que hoy enfrentamos. Porque sabemos que la existencia precede a la esencia y que, por lo tanto, no alcanza con imaginar el futuro ni con proclamarlo: es necesario construirlo.

De allí la importancia de distinguir la “ilusión” de la “esperanza”. La ilusión puede ser el deseo de que las cosas cambien; la esperanza, en cambio, implica asumir la responsabilidad de hacer posible esa transformación.

Un deseo genuino de renovación, que no sea simplemente restauración de aquello que ya no existe, obliga a reconocer, como advertía Hölderlin, “el devenir en el declinar”.

No se trata de contemplar pasivamente el declive, ni entregarse a una visión trágica del porvenir. Reconocer el declinar no significa aceptar la decadencia: significa identificar aquello que está dejando de ser para poder intervenir sobre lo que todavía puede llegar a ser.

En esa misma dirección pueden leerse las palabras pronunciadas por el Papa Francisco el 20 de abril de 2025, un día antes de su muerte, cuando convocó a “construir una esperanza que no defraude”, una esperanza que no fuera evasiva sino comprometida: no alienante sino capaz de responsabilizarnos.

Podemos recurrir también a Ernst Bloch y a su Principio esperanza, entendiéndola no como espera pasiva de aquello que deseamos, sino como anticipación consciente del “todavía-no”, de ese futuro posible y, —precisamente por ello—, como impulso para hacerlo realidad.

La esperanza, entonces, debe tener una dirección concreta: tender hacia el futuro que queremos y construirlo a partir de una transformación activa de la realidad presente.

Porque comprender el presente no significa resignarse a él. Significa reconocer sus límites, descubrir sus posibilidades y asumir la responsabilidad de transformarlo.

Es aquí donde adquiere sentido el concepto de transición. Tal como lo planteara Isidro Odena en 1963: “Ninguno de estos cambios se realiza sin obstáculos”. Toda transformación supone resistencia, tensiones, incertidumbre y conflictos. Podríamos pensar esa transición como un proceso propio del devenir, como un equilibrio dinámico e inestable entre carencia y presencia, entre aquello que todavía no está y aquello que comienza a emerger.

Y es justamente allí donde aparece la necesidad de organizar. Porque organizar no es simplemente disponer elementos en un determinado orden; organizar es estructurar. Estructura entendida no como sustantivo estático, sino como verbo: como lógica de la acción, como capacidad de articular, coordinar y conducir en una realidad que se encuentra permanentemente en transición.

Por eso, si queremos transformar la realidad, necesitamos instituciones capaces de hacerlo.

Sólo con instituciones sólidas habrá verdaderas oportunidades de desarrollo. Y aquí aparece una de las paradojas que Edgar Morin formuló con particular claridad: “No se puede reformar la institución sin haber reformado previamente las mentes, pero las mentes no pueden reformarse sin haber reformado previamente las instituciones”. No hay transformación institucional sin transformación cultural; pero tampoco hay transformación cultural duradera si las instituciones no son capaces de sostenerla.

Necesitamos instituciones que permitan afrontar la existencia de nuestros “agujeros negros”: espacios donde se acumulan dogmas, ignorancia, rutinas, fragmentaciones y aquello que preferimos no mirar.

Frente a ellos debemos construir “agujeros blancos”, espacios capaces de generar conocimiento, pensamiento crítico, innovación y, sobre todo, nodos generadores estratégicos que articulen personas, saberes e instituciones. Y allí vuelve a aparecer la universidad. No como un refugio frente a la realidad, sino como uno de los lugares privilegiados desde los cuales una sociedad puede interrogarla, recuperando el valor de la controversia como sostén de la convivencia.

Una universidad que forma profesionales sin enseñarles a pensar corre el riesgo de producir técnicos eficaces para reproducir lo existente. En este sentido debemos recuperar la noción de “extensión”, como parte ineludible de la triple función universitaria, junto a la enseñanza y la investigación-acción.

Una universidad que investiga sin vincular el conocimiento con las necesidades colectivas puede convertirse en un ámbito de acumulación de saberes sin transformación ni impulso de los sectores considerados estratégicos para el desarrollo nacional.

Y una universidad que renuncia a preguntarse por el futuro abdica, en buena medida, de su responsabilidad histórica.

Es decir, la responsabilidad para comprender que el futuro no es aquello que simplemente nos sucederá: es, en buena medida, lo que hoy decidamos construir.

Ese es, finalmente, el sentido del desafío que comenzó en 2015 y que hoy, once años después, sigue plenamente vigente, habiendo atravesado con solvencia los avatares del decenio.

No se trata solamente de haber llegado hasta aquí. Se trata de seguir preguntándonos qué institución queremos ser, qué médicos queremos formar y qué sistema de salud queremos contribuir a construir.

Porque comprender el presente es apenas el primer paso. El verdadero desafío es transformarlo para hacer posible el futuro que todavía no existe.

Dr. Ignacio Katz

Entre Ríos, 9 de octubre de 2026.

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