Buenos Aires, 19 de diciembre de 2025-Total News Agency-TNA-La creciente presión de Estados Unidos sobre la dictadura de Nicolás Maduro comienza a mostrar efectos colaterales que trascienden el plano estrictamente diplomático y militar, y reconfiguran el tablero político regional. Declaraciones recientes de altos funcionarios de la administración de Donald Trump dejaron al descubierto que el cambio de régimen en Venezuela se ha convertido en una prioridad estratégica de la Casa Blanca, aun cuando el discurso oficial no se centre explícitamente en la restauración democrática.
La revelación más contundente surgió de una entrevista concedida por Susie Wiles, jefa de Gabinete del presidente estadounidense, quien afirmó que Trump “quiere seguir destruyendo barcos hasta que Maduro pida clemencia”. La frase, publicada en un perfil de Vanity Fair, marcó un punto de inflexión en la interpretación de la ofensiva norteamericana, que hasta hace pocas semanas era presentada como una campaña focalizada en el combate al narcotráfico y a las redes criminales transnacionales.

Desde el inicio de su segundo mandato, Trump había justificado la escalada de incautaciones de embarcaciones y el bloqueo a petroleros venezolanos bajo el argumento de frenar el ingreso de drogas a Estados Unidos. En ese marco, llegó incluso a declarar al fentanilo como “arma de destrucción masiva”. Sin embargo, las palabras de Wiles parecen confirmar que el verdadero blanco de la estrategia no es únicamente el tráfico ilícito, sino el propio Maduro, que gobierna Venezuela desde 2013 pese a denuncias persistentes de fraude electoral, represión política y violaciones sistemáticas de los derechos humanos.
Analistas internacionales coinciden en que el giro no fue inmediato. Según el exdiplomático británico Paul Hare, hoy director interino del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Boston, el objetivo inicial de Washington al asumir Trump en enero no era forzar la salida del chavismo. La Casa Blanca buscaba entonces acuerdos puntuales con Caracas, como la aceptación de deportaciones, eventuales concesiones petroleras y algún tipo de entendimiento comercial que permitiera a Maduro mantenerse en el poder bajo ciertas condiciones. Ese escenario, sostiene Hare, se desvaneció con rapidez.
El endurecimiento de la postura estadounidense abre, además, un frente indirecto sobre Cuba, el principal aliado regional de Venezuela. Para Jesús Renzullo, especialista del Instituto Alemán de Estudios Regionales y Globales, una eventual caída del régimen chavista tendría un impacto devastador sobre La Habana, que depende en gran medida del suministro energético venezolano. Sin ese respaldo, Cuba enfrentaría un cuadro económico aún más crítico, con consecuencias políticas difíciles de contener.
No obstante, otros expertos descartan que la ofensiva sobre Caracas sea parte de una estrategia más amplia de intervención en América Latina. Hare sostiene que Washington considera a Maduro un caso excepcional, por la ilegitimidad de su gobierno y su asociación con redes criminales, y no el primer paso de una política agresiva contra otros países de la región.
Más allá de la retórica, el trasfondo político también juega un rol clave. La administración Trump, con Marco Rubio como secretario de Estado y uno de los principales impulsores de la línea dura contra el chavismo, ha respaldado abiertamente a la oposición venezolana, encabezada por María Corina Machado, recientemente distinguida con el Premio Nobel de la Paz. La propia dirigente ha manifestado su apoyo a una mayor intervención internacional para poner fin al régimen.
Sin embargo, diversas voces advierten que el motor principal de Trump no sería la democracia venezolana, sino su legado político personal. Para el exteniente coronel estadounidense Jim Marckwardt, hoy académico en la Universidad Johns Hopkins, el presidente busca resolver conflictos emblemáticos que otros mandatarios no lograron cerrar. Tras los fracasos de 2019 con Juan Guaidó y la falta de avances durante la administración Biden, Trump ve en Venezuela un escenario más cercano y potencialmente más manejable que Ucrania o Gaza.
A este cálculo se suma un factor electoral interno. La popularidad de Trump mostró signos de desgaste tras su reelección, incluso entre sectores de la diáspora latinoamericana que fueron clave en su victoria, especialmente en Florida. Una ofensiva decidida contra Maduro aparece, en ese contexto, como una forma de recomponer apoyos entre votantes venezolanos y cubanos, históricamente hostiles al chavismo y al castrismo.
Así, la presión estadounidense sobre Venezuela ya no puede leerse únicamente como una disputa geopolítica o un combate contra el narcotráfico. Se trata de una estrategia multifacética, con implicancias regionales, electorales y personales para Trump, que amenaza con profundizar la inestabilidad en el Caribe y reabrir un debate de alto voltaje sobre los límites de la intervención internacional en América Latina.





