Por Redacción
Moscú, 20 de diciembre de 2025-Total News Agency-TNA–Mientras el Kremlin redobla su retórica expansionista sobre Europa oriental y mantiene abiertas sus ambiciones sobre Ucrania y los países bálticos, Rusia atraviesa en paralelo un proceso silencioso pero profundo de pérdida de autonomía estratégica frente a China, una contradicción que expone las debilidades estructurales del poder ruso en el nuevo orden geopolítico.
Las sanciones impuestas por Estados Unidos, la Unión Europea y sus aliados tras la invasión a Ucrania expulsaron a Rusia del sistema financiero, tecnológico y comercial occidental que había sostenido su economía durante décadas. Ese aislamiento forzó a Moscú a una reorientación casi total hacia Pekín, que hoy absorbe una porción decisiva de las exportaciones energéticas rusas, fija precios y condiciones, canaliza transacciones en yuanes y provee tecnología, bienes industriales y componentes de uso dual esenciales para el esfuerzo militar.
Lejos de una “alianza estratégica” entre iguales, el vínculo se transformó en una relación asimétrica en la que China concentra poder de negociación y Rusia pierde margen de maniobra. Marcas chinas reemplazaron a las occidentales en sectores clave del mercado ruso, el yuan desplazó al dólar y al euro en operaciones bilaterales y la industria militar rusa depende cada vez más de insumos provenientes de fábricas chinas. Analistas advierten que esta dependencia erosiona la soberanía económica y condiciona la política exterior del Kremlin.
El fenómeno adquiere mayor gravedad si se lo observa desde el Lejano Oriente ruso. Regiones despobladas y estratégicas de Siberia oriental conviven con provincias chinas superpobladas al otro lado de la frontera. Allí, la influencia de Pekín avanza de manera gradual mediante presión económica, demográfica y laboral, sin despliegues militares visibles pero con un peso estructural creciente. La guerra en Ucrania drenó recursos y capacidad industrial de Rusia, debilitando su histórica presencia militar en Asia y reduciendo su capacidad de resistencia frente a esa expansión silenciosa.
Esta pérdida de autonomía contrasta con la narrativa agresiva que el Kremlin sostiene en Europa. El presidente Vladimir Putin volvió a reivindicar la doctrina de las “regiones históricas”, un concepto que redefine las fronteras rusas como un espacio móvil heredado del Imperio zarista y de la Unión Soviética. Bajo esa lógica, Ucrania no sería un Estado soberano pleno, sino una construcción artificial, y las fronteras surgidas tras 1991 constituirían un “robo histórico” a Rusia.
Esa doctrina no se limita a Ucrania. Putin ha extendido el concepto a los Estados bálticos, al Cáucaso y a Asia Central, al sugerir que territorios hoy reconocidos internacionalmente como independientes formarían parte natural de la “Rusia Histórica”. Frases como “donde un soldado ruso pisa, allí es Rusia” o la comparación con las conquistas de Pedro el Grande en el Báltico encendieron alarmas en Estonia, Letonia y Lituania, miembros de la OTAN y objetivo potencial de presiones futuras.
En paralelo, el Kremlin consolidó esta visión en el plano jurídico. La reforma constitucional de 2022 incorporó como territorio ruso a regiones ucranianas ocupadas, creando un “punto de no retorno” legal que transforma cualquier intento de negociación territorial en una violación de la integridad del Estado. La guerra de agresión quedó así reconfigurada en la narrativa oficial como una “guerra defensiva” para proteger supuestas tierras históricas.
Sin embargo, esa retórica expansiva convive con una realidad estratégica cada vez más incómoda para Moscú. Mientras amenaza con redibujar fronteras en Europa oriental, Rusia depende de China para sostener su economía, su industria y buena parte de su aparato militar. El contraste es evidente: hacia el oeste, el Kremlin invoca la historia para justificar la fuerza; hacia el este, guarda silencio frente al avance gradual de Pekín sobre espacios que considera sensibles.
Esta tensión explica la insistencia rusa en buscar una salida negociada al régimen de sanciones y en explorar un eventual acercamiento a Estados Unidos. En Moscú se observa con expectativa la posibilidad de que Donald Trump actúe como interlocutor dispuesto a aliviar sanciones a cambio de concesiones estratégicas, permitiendo a Rusia diversificar socios y reducir su dependencia exclusiva de Xi Jinping. Para el Kremlin, volver parcialmente al sistema occidental no es una cuestión ideológica, sino existencial.
El dilema ruso es cada vez más evidente. Cuanto más prolonga la guerra en Ucrania y tensiona a Europa, más se hunde en una relación de subordinación con China. Y cuanto más necesita a Pekín, menos capacidad tiene de frenar su influencia en el Lejano Oriente. En ese juego de fuerzas, Rusia corre el riesgo de perder por ambos frentes: desafiar al orden europeo mientras cede soberanía real en Asia.
Para los vecinos de Rusia, desde los países bálticos hasta Kazajistán, el mensaje es inquietante. La doctrina de las “regiones históricas” sugiere que las fronteras actuales son revisables por la fuerza, mientras la dependencia rusa de China demuestra que el Kremlin ya no es la potencia autónoma que pretende proyectar. La combinación de ambición imperial hacia el oeste y fragilidad estratégica hacia el este redefine el mapa de riesgos en Eurasia y anticipa un escenario de inestabilidad prolongada.

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