Ciudad de méxico-24 de Febrero de 2026-Total News Agency-TNA — La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, no trajo calma: encendió una alarma nacional. Con el jefe máximo del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) fuera de escena tras un operativo militar, México quedó frente a un riesgo real y conocido por quienes estudian el crimen organizado: la sucesión no se hereda, se disputa. Y cuando se disputa en una organización con estructura paramilitar, control territorial y redes internacionales, la violencia suele ser el idioma de la transición.
Las primeras señales llegaron rápido. En el occidente del país se reportaron narcobloqueos, vehículos incendiados y ataques coordinados, con un despliegue reforzado de fuerzas federales para intentar contener el impacto, mientras autoridades locales informaron detenciones vinculadas a hechos de violencia y saqueos. En Jalisco, incluso se anunció el envío de miles de efectivos adicionales para reforzar la seguridad, un movimiento que retrata el tamaño del desafío: no se trata de un episodio aislado, sino del temor a una escalada sostenida en estados sensibles como Jalisco, Michoacán y corredores logísticos donde se mueven rutas, cobros y cajas criminales.
El Gobierno federal salió a transmitir tranquilidad y afirmó que hay “todas las garantías” de seguridad de cara al Mundial 2026, que México coorganizará con Estados Unidos y Canadá. En paralelo, la FIFA señaló que sigue los acontecimientos y mantiene contacto con autoridades mexicanas. Pero en el terreno, donde la gente mira la realidad más que los comunicados, el clima es otro: el país sabe que el golpe a un capo puede desatar dos fuegos al mismo tiempo, la represalia inmediata y la pelea por el control de la organización.
En ese tablero, especialistas describen tres caminos posibles, todos tensos. El primero es la fragmentación interna del CJNG, con facciones enfrentadas por plazas y rentas. El segundo es el avance de rivales que buscan ocupar territorios debilitados, probando fuerzas donde antes había control. El tercero, más difícil de detectar, son reacomodos estratégicos: pactos temporales, cambios de mando silenciosos y acciones violentas “de demostración” para disciplinar a socios, subordinados y competidores. La preocupación no es teórica: el CJNG demostró capacidad logística para coordinar acciones y sostener presión sobre rutas y ciudades, lo que convierte cualquier vacío de conducción en un campo de batalla. Estas capacidades podrían pasar a “dormir” mientras se fortalecen y reorganizan, esperando el mundial para volver a actuar.
En este contexto, crece una lectura incómoda que en ámbitos de seguridad se escucha en voz baja y en la calle se dice sin filtros: las buenas intenciones del Estado no alcanzan si la respuesta se limita a apagar incendios. El problema no es solo capturar o abatir jefes; es la maquinaria que queda funcionando detrás. La fría realidad que se impone en muchas regiones es que México enfrenta organizaciones —como el CJNG— que decidieron enfrentar al Gobierno abiertamente, disputar control territorial y sostener economías criminales que no dependen de un solo nombre. Cuando el cartel actúa como red —finanzas, logística, armamento, reclutamiento, control social— el golpe al liderazgo puede ser histórico, pero no necesariamente decisivo.
El capítulo del Mundial 2026 suma presión política y social. Guadalajara —una de las sedes previstas— quedó en el centro de la conversación por la violencia registrada en el estado. El Gobierno insiste en que no existe riesgo para visitantes y que la situación se normaliza, pero analistas advierten que, si la disputa se desmadra y el Estado no logra control territorial efectivo en puntos críticos, el escenario de un evento masivo internacional se vuelve frágil. Nadie responsable quiere hablar con liviandad, pero el temor que circula es brutal: si el país llegara al torneo con un conflicto narco abierto en zonas calientes, el saldo podría ser trágico, con decenas o incluso cientos de muertos en el peor de los casos, no necesariamente dentro de estadios, sino en la trama de traslados, periferias, rutas, hoteles y zonas de concentración.
En las próximas horas y días se verá si el Estado logra cortar la dinámica de “respuesta en cadena” y evitar que la sucesión se convierta en guerra. Pero el punto de fondo —el que no se resuelve con conferencias ni patrullajes de ocasión— es si México puede sostener una estrategia integral que golpee el corazón del poder narco: dinero, lavado, armas, complicidades y control local. Porque, tras la muerte de “El Mencho”, el país no enfrenta solo una crisis de seguridad: enfrenta un examen de autoridad. Y ese examen, para millones de mexicanos, se mide en algo muy simple y muy humano: poder salir a la calle sin miedo.





