La renuncia de Mahiques no es un acto de ética, es un acto reflejo. Por eso, la dignidad judicial en Argentina aparece siempre después de la tapa de los diarios. Antes, ni renuncia, ni pudor, ni gesto mínimo de ética. ¿Será que la conciencia en tribunales funciona como el Wi-Fi que solo se activa cuando hay cámaras prendidas?
El caso Mahiques es apenas el síntoma; la enfermedad es una justicia que se hereda como apellido y se ejerce como turismo de lujo. El camarista que viajaba por el mundo mientras las causas se pudrían en cajones no es un error aislado, es la confesión colectiva de un sistema que se cree divino mientras se pudre en su propia soberbia. Dictan sentencias como si fueran encíclicas, reciben premios como si fueran próceres, y se reparten privilegios como si fueran herencia patricia. En realidad, son simples parásitos con pretensiones aristocráticas, que esconden en el desván al abuelo almacenero que sí se rompió la espalda para que ellos estudien.
La justicia argentina es la única empresa donde la impunidad es el reglamento interno y la hipocresía, el convenio colectivo. Juzgados que se heredan, sueldos que superan, en cantidades puercas, al de un director de hospital, cajoneos eternos, viajes internacionales y discursos solemnes. La casta judicial, más casta que todas, vendiendo humo con toga, que no usan, y crucifijo, al que ensucian con sus blasfemias judiciales
La renuncia de Mahiques no es ética, es supervivencia. Si Alconada Mom no hubiera, con su denuncia, desatado el escándalo, seguiría viajando y apareciendo en su tribunal una vez por semana…y, por supuesto, haciendo “justicia” para sus amigos sin sonrojarse. Pero lo grotesco es que no está solo: toda la corporación judicial funciona igual, entre privilegios y discursos de cartón.
Mientras haya jueces así, la Patria está condenada… y ellos brindan en fiestas organizadas por mafiosos como si fueran los dueños del país.
JOSE LUIS MILIA
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