Lima – 8 de junio de 2026 – Total News Agency – TNA-. Perú ingresó este lunes en el segundo día de recuento del balotaje presidencial envuelto en una incertidumbre extrema, con una diferencia de apenas miles de votos entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez, un escrutinio que promete extenderse y una reacción inmediata de los mercados ante la posibilidad de un giro político y económico en uno de los países más inestables de la región.
Con cerca del 94% de las mesas contabilizadas, la candidata de Fuerza Popular y el postulante de Juntos por el Perú quedaron separados por una distancia mínima, en algunos tramos inferior a los 8.000 votos, dentro de un virtual empate técnico. La Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) mostraba una carrera partida en dos: Fujimori alrededor del 50% y Sánchez pisándole los talones, o incluso superándola por décimas según la actualización del conteo.
El diario El Comercio resumió el clima con una frase precisa: “jornada cerrada pero con final abierto”. La definición no sólo describe la fotografía electoral, sino también el estado de ánimo de un país acostumbrado a desenlaces ajustados, denuncias cruzadas, fragilidad institucional y presidentes que llegan al poder con escaso margen político.
La incertidumbre ya impactó en los mercados. La Bolsa de Lima abrió con una caída cercana al 1,5%, mientras empresas peruanas que cotizan en Estados Unidos operaron a la baja. El sol peruano también retrocedió frente al dólar, en una señal clara de que los inversores no sólo miran quién ganará, sino qué margen tendrá el próximo gobierno para sostener la estabilidad macroeconómica. La reacción se produjo luego de que el conteo rural comenzara a achicar la ventaja inicial de Fujimori, hasta dejar a Sánchez prácticamente en condiciones de disputar voto a voto la presidencia.
La consultora Pantheon Macroeconomics, a través de su economista jefe para América Latina, Andrés Abadía, advirtió que la carrera sigue siendo “excepcionalmente reñida”, lo que deja a los mercados frente a una incertidumbre real. La frase sintetiza el temor financiero: no se trata sólo de un resultado estrecho, sino de la posibilidad de que el país ingrese en un nuevo período de cuestionamientos, impugnaciones, demora en la proclamación y parálisis política.
El antecedente inmediato pesa. En 2016, Pedro Pablo Kuczynski derrotó a Keiko Fujimori por apenas 41.057 votos, una diferencia de 0,2 puntos porcentuales. En 2021, Pedro Castillo volvió a vencerla por un margen mínimo, 44.263 sufragios, alrededor de 0,3 puntos. Ahora, en 2026, la historia parece repetirse con una precisión casi cruel para el fujimorismo: otra segunda vuelta definida por décimas y bajo enorme presión social.
El presidente del Jurado Nacional de Elecciones (JNE), Roberto Burneo, advirtió que el resultado final podría demorar hasta 30 días, y pidió calma a la ciudadanía. No es una advertencia menor. La primera vuelta del 12 de abril recién tuvo resultados definitivos más de un mes después, tras un proceso marcado por actas observadas, disputas y acusaciones. El balotaje, por su estrechez, puede transitar un camino similar.
Ambos candidatos intentaron moverse con prudencia, aunque con tonos muy distintos. Fujimori pidió paciencia y sostuvo que hasta el momento no hay ganador. Su mensaje buscó contener a sus seguidores y evitar una proclamación apresurada en un país donde cada palabra puede incendiar la calle. Sánchez, en cambio, habló ante simpatizantes en la Plaza San Martín con un tono más celebratorio, agradeció a pueblos indígenas, campesinos y sectores vulnerables, y afirmó que esos votantes salieron a “recuperar el gobierno para el pueblo”. Luego moderó su discurso y dijo que esperará el conteo oficial.
La diferencia territorial es evidente. Fujimori conserva su fortaleza en Lima, zonas urbanas y sectores que priorizan orden, seguridad, propiedad privada y continuidad del modelo económico. Sánchez crece en zonas rurales, andinas y del sur del país, donde el malestar con las élites limeñas, la desigualdad y el abandono estatal alimentan un voto de protesta. La llegada progresiva de actas rurales explicó el achicamiento de la ventaja inicial de Fujimori y abrió el escenario de máxima tensión.
En paralelo, todavía queda por observar el peso del voto exterior, históricamente más favorable a opciones de derecha, aunque sin datos definitivos sobre participación y magnitud real de ese aporte en esta segunda vuelta. Ese componente puede ser decisivo en una elección donde unos pocos miles de votos alcanzan para inclinar la balanza.
Más allá del resultado, el próximo presidente recibirá un país partido. Perú mantiene una macroeconomía relativamente estable, con proyecciones de crecimiento cercanas al 3,4%, una minería clave para el ingreso de divisas y un historial de prudencia monetaria. Pero convive con una realidad social mucho más áspera: cerca de siete de cada diez trabajadores están en la informalidad, la inseguridad se transformó en la principal preocupación ciudadana y la desconfianza hacia la clase política atraviesa a casi todos los sectores.
El mercado mira especialmente el futuro del Banco Central de Reserva del Perú (BCR) y la continuidad de su presidente, Julio Velarde, considerado por operadores y analistas como el gran ancla de estabilidad del país. En el cargo desde 2006, Velarde atravesó gobiernos de distinto signo, múltiples presidentes y más de una veintena de ministros de Economía sin perder legitimidad. Para buena parte del establishment financiero, su permanencia es una garantía frente al ruido político.
Allí aparece uno de los mayores focos de preocupación. Durante la campaña, Sánchez amagó con remover a Velarde si llega al poder, aunque luego buscó moderar algunas señales hacia el mercado. También propuso revisar concesiones mineras, aumentar el salario mínimo en torno al 33% e impulsar una nueva Constitución. Aunque negó que vaya a expropiar activos, sus definiciones encendieron alertas entre inversores, especialmente en minería, infraestructura y capitales extranjeros.
Fujimori, en contraste, se presentó como defensora del modelo vigente, con énfasis en propiedad privada, atracción de inversiones, seguridad interna y combate frontal al delito. En el debate previo al balotaje, reivindicó el legado de su padre, Alberto Fujimori, y prometió enfrentar a la criminalidad con la misma firmeza con la que aquel gobierno derrotó a Sendero Luminoso. Esa apelación le da fuerza entre sectores que reclaman orden, pero también reactiva el rechazo de quienes asocian al fujimorismo con autoritarismo, corrupción y abusos de poder.
La calificadora Fitch Ratings ya había advertido antes de la segunda vuelta que la incertidumbre política en Perú se mantendría elevada y que los problemas de gobernabilidad persistirían más allá del ganador. La fragmentación del Congreso bicameral, donde ningún partido tendrá mayoría propia, limitará la capacidad de cualquier administración para impulsar reformas de fondo. En otras palabras, quien gane heredará el poder formal, pero no necesariamente el control político del país.
Ese es el verdadero drama peruano. El país puede elegir presidente, pero no logra resolver su crisis de gobernabilidad. Desde hace años, Perú convive con mandatarios débiles, Congresos fragmentados, destituciones, renuncias, protestas, presidentes interinos y una sociedad cada vez más escéptica respecto de la democracia representativa. La elección de 2026 no parece cerrar ese ciclo: más bien amenaza con prolongarlo.
El economista Juan José Marthans resumió el dilema con una idea dura: el país necesita “cirugía mayor”, pero buena parte de la clase política y empresarial conservadora prefiere convivir con el statu quo antes que enfrentar reformas reales. Esa tensión explica por qué Perú, aun con números macroeconómicos mejores que los de muchos vecinos, acumula tanta frustración social.
Si gana Fujimori, deberá gobernar con una legitimidad estrecha y frente a un país rural que volverá a sentirse derrotado por Lima. Si gana Sánchez, deberá demostrar rápidamente que no pondrá en riesgo la estabilidad económica y que puede administrar un Estado frágil sin caer en improvisaciones ni tentaciones refundacionales. En ambos casos, el margen será mínimo.
El balotaje peruano, entonces, no sólo definirá un presidente. Definirá si el país puede atravesar otra elección milimétrica sin romper su precario equilibrio institucional. Los mercados ya emitieron su primera señal de nerviosismo. La política, como casi siempre en Perú, todavía no ofreció ninguna garantía.




