Por Daniel Romero
Buenos Aires-6 de Marzo de 2026-Total News Agency-TNA– En el arranque de la llamada Cumbre del Escudo de las Américas en Doral, Florida, la administración de Donald Trump decidió subir el volumen y convertir la seguridad —en particular, la guerra contra los cárteles— en un mandato político para América Latina y el Caribe. El mensaje, articulado por el secretario de Defensa Pete Hegseth y reforzado por la mesa de seguridad de la Casa Blanca, no dejó demasiados márgenes para la ambigüedad: los países del hemisferio deben “hacer más” para desmantelar redes de narcotráfico, y Estados Unidos se reserva el derecho de avanzar incluso si debe hacerlo en soledad. La advertencia opera como una intimación diplomática de hecho: cooperación real o presión creciente.
En su discurso ante responsables militares y delegaciones regionales, Hegseth enmarcó el problema del narco dentro de una visión ideológica más amplia, presentándolo como una amenaza existencial para lo que definió como valores “occidentales y cristianos” del hemisferio. Vinculó la crisis migratoria con el avance del crimen organizado y reclamó una ofensiva conjunta contra lo que denominó “narcoterroristas”, dejando flotando una idea central: el desafío no es solamente policial, sino geopolítico, cultural y civilizatorio. En esa lógica, el Pentágono volvió a poner sobre la mesa una lectura de área de influencia, con referencias explícitas a la tradición hemisférica de Washington y al concepto de que el continente debe blindarse contra “fuerzas en competencia”, incluyendo —en el mismo paquete discursivo— migración irregular, carteles y la influencia de potencias extrahemisféricas.
El punto más sensible está en la definición operativa. En el entorno de la cumbre se instaló con fuerza que Trump pretende que los cárteles sean tratados como organizaciones terroristas en términos equivalentes a grupos yihadistas, habilitando un tipo de cooperación que va más allá del intercambio de información: coordinación militar, asistencia táctica, acciones conjuntas y una presión política explícita sobre gobiernos que no se alineen con esa doctrina. En paralelo, el asesor de seguridad Stephen Miller empujó públicamente la idea de que los carteles deben ser enfrentados “con brutalidad y sin contemplaciones”, una frase que en América Latina suele activar alarmas por la memoria histórica de intervenciones, condicionalidades y agendas impuestas.
La Cumbre del Escudo de las Américas, concebida como un bloque de seguridad regional impulsado por Trump, llega además en un momento de máxima tensión internacional por la guerra con Irán, y con un telón de fondo que combina migración, crimen organizado y competencia estratégica con China. El mensaje que baja desde Doral es que la seguridad hemisférica deja de ser un asunto sectorial y pasa a ser un eje de la política exterior estadounidense hacia el sur. Y ese giro, guste o no, obliga a todos los gobiernos de la región a tomar posición, porque lo que está en juego no es solo una foto de líderes: es el marco de cooperación futura, el acceso a asistencia y la relación política con la potencia dominante del continente.
Para Argentina, la advertencia tiene un filo particular. En los papeles, el país mantiene un discurso firme contra el narcotráfico. En la práctica, el diagnóstico que se escucha hace tiempo en ámbitos judiciales, portuarios y de seguridad es el contrario: la persecución de gran escala perdió densidad, las investigaciones complejas escasean y los golpes relevantes suelen ser excepciones más que regla. En los últimos años, el promedio de los procedimientos se concentró en marihuana y en decomisos menores de cocaína, mientras que los cargamentos importantes aparecen contados con los dedos o dependen de episodios fortuitos.
El ejemplo más citado es el de los 500 kilos incautados en el puerto de San Lorenzo, un caso que no se originó por una pesquisa profunda del Estado, sino —según trascendió entonces— por el aviso del propio capitán del buque, que alertó sobre la presencia del cargamento. También sobresalen, por su impacto mediático, los episodios de avionetas que caen o aterrizan de emergencia “por su propio peso”, con hallazgos que terminan siendo más consecuencia del accidente que de un trabajo de inteligencia sostenido. Fuera de esos casos, lo habitual es ver una suma de procedimientos fragmentados, con resultados que difícilmente conmuevan a las redes criminales que operan con logística internacional, lavado sofisticado y capacidad de corromper estructuras.
Este punto es clave porque Argentina no está fuera del mapa. El país es corredor, es mercado y es plataforma logística: puertos, hidrovía, rutas terrestres, fronteras porosas y una economía informal que facilita el lavado. Cuando Estados Unidos empieza a “intimar” al hemisferio a actuar, la vara deja de ser retórica. Se mide con indicadores concretos: investigaciones patrimoniales, decomisos relevantes, desarticulación de organizaciones, condenas, extinción de dominio, cooperación con agencias extranjeras y control real de fronteras y puertos. Si esos resultados no aparecen, el país queda expuesto a una doble consecuencia: el deterioro interno por la expansión del narco y la presión externa por no cumplir expectativas de cooperación. Hace años en la Argentina se realizaban operativos de mil, dos mil y hasta cinco mil kilos. ¿Que paso, decrecio el narcotrafico? La respuesta es clara.
El ultimo año en Argentina se secuestraron 21.000 kg de Cocaina:
Para lograr el secuestro de los 21.000 kilogramos (21 toneladas) de cocaína durante el año 2025, las fuerzas de seguridad en Argentina realizaron 32.000 operativos:
Cifras de operativos y secuestro (Año 2025)
- Total de procedimientos antinarcóticos: 32.000 operativos.
- Distribución por semestre:
- Primer semestre: 15.000 procedimientos.
- Segundo semestre: 17.000 procedimientos (estimado por proyección de operatividad).
- Efectividad: Estos 32.000 operativos resultaron en el secuestro de la cifra récord de 21.000 kilos de cocaína (de diferente pureza) lo que representa un promedio de 0,65 kg por cada procedimiento. Claramente no se realizan grandes secuestros.
- Determinar una cifra exacta de comercialización diaria de estupefacientes en un asentamiento es complejo debido a la naturaleza ilegal de la actividad. Sin embargo, basándose en los informes de la PROCUNAR (Procuraduría de Narcocriminalidad), investigaciones judiciales sobre el Clan Estrada González y operativos recientes en 2025 y 2026, se pueden establecer las siguientes estimaciones:
Estimación de comercialización diaria en la Villa 1-11-14
Sustancia
Estimación por día (en kilos)
Observaciones
Cocaína (Máxima pureza)
3 kg a 5 kg
Consumo local y distribución para reventa externa.
Paco (Pasta base)
8 kg a 12 kg
El volumen es mayor debido a su bajo costo y alta frecuencia de consumo.
Marihuana
15 kg a 25 kg
Es la sustancia de mayor volumen físico comercializada en el barrio.
Sí hacemos un calculo intermedio de 4 kilos al dia, tenemos como resultado 90 kilos al mes o 1080 kilos (una tonelada) al año, solo en un asentamiento de CABA. Los numeros hablan. Cuantos asentamientos, villas, barrios y dealers hay en el pais?. Sólo miremos La Matanza. NDR: Especialistas consultados estiman que la venta diaria excede con creces las cifras estimadas por la PROCUNAR.
Volvamos a la Cumbre del Escudo de las Américas
El planteo estadounidense, además, tiende a fusionar crimen organizado con seguridad nacional. Esa categoría tiene implicancias: reordena prioridades, habilita herramientas excepcionales y cambia la conversación diplomática. Para un gobierno argentino que busca alineamiento estratégico con Washington y, al mismo tiempo, necesita credibilidad en materia de seguridad, el desafío es inmediato: demostrar con hechos que hay voluntad y capacidad para perseguir el narcotráfico en serio, no solo con operativos de ocasión.
El debate de fondo no es ideológico; es práctico. Un Estado que no investiga a fondo, que no sigue la ruta del dinero y que no desarma estructuras de logística queda condenado a administrar el narco como si fuera una suma de episodios policiales. Y el narcotráfico no funciona así: es economía, es poder, es territorio y es corrupción. Por eso, el mensaje que baja desde Doral debería leerse en Buenos Aires como una alarma política y una oportunidad incómoda: o el país recupera capacidad investigativa y golpea cargamentos y finanzas con continuidad, o quedará atrapado entre un problema interno creciente y un nuevo estándar regional impuesto desde Estados Unidos. El Presidente Trump es un amigo de la Argentina y lo ha demostrado, hagamos lo correcto para que siga así.
En una región donde los carteles se mueven más rápido que los Estados, la indiferencia se paga caro. Y si la administración Trump efectivamente convierte esta agenda en condición de su política hemisférica, Argentina no puede seguir presentando como “lucha contra el narco” lo que, en los hechos, son decomisos pequeños y excepciones accidentales. Tomar nota no es repetir un discurso: es construir casos grandes, sostenerlos en tribunales y cortar la ruta del dinero. Todo lo demás es maquillaje.




