Tallin/Riga, 25 de marzo de 2026-Total News Agency-TNA- La guerra que Rusia lanzó contra Ucrania volvió a derramar sus efectos sobre territorio de la OTAN y encendió nuevas alarmas en el flanco oriental europeo. En la madrugada de este miércoles, drones que ingresaron desde el espacio aéreo ruso alcanzaron a Estonia y Letonia sin dejar víctimas ni daños graves a la infraestructura, pero sí con un fuerte impacto político y militar: el episodio confirmó que el conflicto ya no sólo amenaza a Ucrania, sino que proyecta riesgos concretos sobre los países bálticos que comparten frontera o cercanía operativa con la Federación Rusa.
En Estonia, uno de los aparatos impactó contra la chimenea de la central eléctrica de Auvere, en el condado de Ida-Viru, a escasos kilómetros de la frontera con Rusia. Las autoridades estonias informaron que no hubo heridos y que el sistema eléctrico no sufrió afectación relevante, aunque la escena fue suficiente para activar una respuesta de máxima atención. La Fiscalía sostuvo en un primer momento que el dron no parecía haber tenido como blanco ni a Estonia ni a la planta, mientras que la inspección preliminar de los restos apuntó a que se trataría de un aparato de origen ucraniano desviado durante una operación sobre objetivos rusos. Esa conclusión preliminar no alteró el mensaje político central del gobierno estonio: el canciller Margus Tsahkna definió el episodio como una consecuencia directa de la guerra de agresión a gran escala iniciada por Moscú.
El incidente en Auvere no quedó aislado. El gobierno de Estonia convocó una reunión de emergencia, cerró preventivamente el espacio aéreo del noreste del país y elevó el nivel de alerta de sus fuerzas. Además, se activaron aeronaves de la misión de Policía Aérea del Báltico de la OTAN, actualmente a cargo de Italia, que despegaron desde la base de Ämari para reforzar la vigilancia. El primer ministro Kristen Michal admitió que varios drones vinculados a ataques contra objetivos en Rusia se aproximaron o ingresaron al espacio aéreo estonio en distintas oleadas, una admisión que expone hasta qué punto el teatro de operaciones se viene acercando a los países aliados de Kiev.
En Letonia, la situación también fue seria. La Fuerza Aérea detectó durante la madrugada un objeto no identificado que ingresó al país desde Rusia y poco después se produjo una detonación en la región de Krāslava, cerca de la aldea de Dobročina. En el lugar trabajaron efectivos de las Fuerzas Armadas Nacionales, la Policía Estatal y la Guardia Fronteriza, que localizaron restos del aparato y confirmaron que no hubo civiles heridos ni daños en infraestructura. Con el correr de las horas, las autoridades letonas endurecieron la definición inicial: tanto el presidente Edgars Rinkēvičs como las Fuerzas Armadas concluyeron que el dron era de origen ucraniano y que formaba parte de una operación coordinada contra objetivos dentro de Rusia. También se informó que un tercer dron había atravesado brevemente el espacio aéreo letón desde Bielorrusia antes de volver hacia territorio ruso.
El trasfondo operativo ayuda a entender la magnitud del episodio. Los desvíos sobre Estonia y Letonia coincidieron con una ofensiva ucraniana sobre los puertos rusos de Ust-Luga y Primorsk, dos nodos energéticos clave para la exportación de crudo y combustibles rusos en el Báltico. Según reportes internacionales, esa oleada formó parte de uno de los mayores ataques con drones lanzados por Ucrania contra territorio ruso en los últimos meses, mientras Rusia, a su vez, venía de ejecutar casi un millar de drones y decenas de misiles contra ciudades ucranianas. En otras palabras, el episodio báltico no fue un hecho aislado, sino una derivación del endurecimiento de la guerra aérea entre ambos bandos.
La preocupación regional se agrava porque Lituania ya había atravesado el lunes un incidente similar, cuando otro dron militar cayó en un lago helado cerca de la frontera con Bielorrusia. Así, en menos de 48 horas, los tres Estados bálticos registraron caídas o ingresos de drones vinculados al conflicto. El mensaje que queda en pie es incómodo pero claro: aunque Estonia, Letonia y Lituania no hayan sido blancos deliberados, la guerra impulsada por Rusia ya les está golpeando la puerta con hechos concretos, obligándolos a revisar defensas aéreas, protocolos de alerta y capacidad de respuesta en una frontera cada vez más expuesta.





