Washington, 25 de marzo de 2026-Total News Agency-TNA-. En medio de la guerra abierta, las bajas en la cúpula del régimen y las señales contradictorias sobre eventuales contactos con Estados Unidos, la estructura real de poder en Irán parece haberse corrido todavía más hacia el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), que ya no actúa sólo como brazo militar e ideológico del sistema, sino como el núcleo más decisivo de las grandes definiciones estratégicas. La imagen que surge de fuentes diplomáticas, reportes de inteligencia y análisis publicados en las últimas horas muestra a un Estado formalmente vigente, pero con una cadena de mando más cerrada, más militarizada y mucho menos transparente que antes.
El dato político más nítido de esta nueva etapa fue el nombramiento de Mohammad Baqer Zolqadr, un histórico cuadro duro del aparato revolucionario, como nuevo secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, el organismo que articula la política de seguridad y exterior de la república islámica. La designación no fue un movimiento burocrático más: se produjo tras la muerte de Ali Larijani en ataques de la coalición de Estados Unidos e Israel, y confirmó que, frente al vacío dejado por figuras con capacidad de tender puentes entre distintos centros de poder, el régimen optó por cerrar filas en torno a un perfil más alineado con el universo del CGRI. En los hechos, ese consejo aparece hoy como una sala de mando político-militar donde la influencia de los comandantes y del aparato de seguridad pesa más que nunca.
Ese corrimiento se produce al mismo tiempo que la jefatura formal del sistema atraviesa su momento más frágil. Mojtaba Khamenei, heredero del cargo de líder supremo tras la muerte de su padre, conserva en el papel atribuciones enormes, pero no logró hasta ahora proyectar la autoridad automática que tenía Ali Khamenei. Su falta de apariciones públicas, sumada a las versiones sobre heridas sufridas en la primera ola de bombardeos de fines de febrero, alimentó dudas sobre su capacidad para ordenar por sí solo una estructura sacudida por la guerra. Desde esa perspectiva, el nuevo líder no parece hoy el centro indiscutido del sistema, sino más bien una figura formal dentro de una arquitectura donde el poder efectivo se reparte entre la jefatura revolucionaria, la seguridad interna, el aparato clerical y un círculo político cada vez más reducido.
En ese tablero, los nombres que siguen gravitando son casi todos hombres del sistema duro. El jefe del CGRI, Ahmad Vahidi; el comandante de la Fuerza Quds, Esmail Qaani; el jefe naval Alireza Tangsiri; el titular del Parlamento, Mohammad Baqer Qalibaf; el canciller Abbas Araqchi; el presidente Masoud Pezeshkian; y el jefe del Poder Judicial, Gholamhossein Mohseni-Ejei, integran una red de poder que combina fuerza militar, control territorial, proyección regional, aparato represivo y cobertura institucional. El rasgo común es que casi todas las piezas relevantes del esquema tienen, directa o indirectamente, vínculos con la lógica de seguridad del régimen y con la necesidad inmediata de preservar su supervivencia.
Ese punto ayuda a entender también la confusión que rodea las versiones sobre negociaciones con Washington. El presidente Donald Trump sostiene que existen contactos con interlocutores iraníes de alto nivel y que hay interés en avanzar hacia un acuerdo, mientras Teherán niega públicamente negociaciones directas. Entre ambos extremos, lo que emerge es un terreno gris: sí habría transmisión de mensajes a través de terceros, entre ellos Pakistán, Turquía y otros mediadores regionales, pero cualquier conversación seria dependería de una aprobación que ya no pasa sólo por la diplomacia tradicional, sino por el visto bueno del entramado de seguridad dominado por el CGRI. Por eso, incluso si Araqchi o Qalibaf aparecieran como eventuales caras visibles de un canal de diálogo, la decisión de fondo no parece residir plenamente en ellos.
La conclusión que gana espacio en los análisis occidentales es dura, pero consistente: el CGRI controla hoy más que nunca el rumbo de Irán, aunque lo haga sobre un Estado más debilitado, más defensivo y más volcado a la supervivencia que a la proyección doctrinaria de otros tiempos. En otras palabras, el régimen puede lucir menos sólido en términos institucionales, pero más peligroso en su comportamiento, precisamente porque las decisiones estratégicas quedan cada vez más concentradas en mandos acostumbrados a pensar en términos de guerra, disuasión y resistencia. Eso no elimina las internas ni las rivalidades, pero sí sugiere que cualquier salida diplomática seguirá condicionada por un poder real que en Teherán hoy habla, sobre todo, con uniforme.




