Por Nicolás J. Portino González
Buenos Aires, 27 de Marzo de 2026-Total News Agency-TNA-La Unión Europea, ese club de caballeros que suele dormitar entre expedientes y canapés en Bruselas, ha tenido un rapto de lucidez. O quizás, simplemente, se ha quedado sin margen para seguir financiando su propio suicidio asistido. Se aprobó el Reglamento de Retorno. Una pieza jurídica que no es otra cosa que el certificado de defunción para la alucinación colectiva de la izquierda continental.
Es el final de la estudiantina progre. Esa murga ruidosa y costosa comandada por el Capitán de la Simulación, Pedro Sánchez —un espécimen de una ignorancia audaz y una ambición casi patológica— y secundada por el narcisismo de Macron. Durante años, estos arquitectos del caos basaron su supervivencia electoral en una ecuación tan perversa como básica: inundar las naciones de migración ilegal, regalar documentos con la velocidad de un crupier desesperado y fabricar, de paso, un caudal de votos cautivos sobre las cenizas de la seguridad ciudadana.
No se confundan las almas sensibles: aquí no se juzga el derecho a migrar. Se juzga la complicidad estatal con la ilegalidad. Porque, para el progresismo de salón, la frontera es una “construcción social” y el delincuente, una víctima de las circunstancias. Una patología política que confunde solidaridad con entrega de soberanía.
El caso de Barcelona merece un capítulo en los manuales de la decadencia. Fue el laboratorio predilecto del experimento. Primero, con la gestión de la “okupa” institucionalizada, Ada Colau, que convirtió a la Ciudad Condal en el paraíso del narcopiso y el asalto callejero. Una gestión continuada ahora por la incapacidad gris de quienes heredaron el desastre, bajo el paraguas de la murga sanchista que mira hacia otro lado mientras la delincuencia organizada se apropia de las esquinas.
En Barcelona, como en otras capitales del bloque —pensemos en las banlieues francesas o los barrios “prohibidos” de Bruselas—, la realidad perforó el relato.
La acotación es necesaria y, para algunos, será urticante. Desde 2018, se les advirtió. Un susurro técnico desde el llano de la seguridad pública y la gestión de crisis. Se les dijo que la criminalidad que se avecinaba no figuraba en sus cuadros estadísticos de sociología barata. Que la delincuencia organizada no se detiene con discursos de inclusión, sino con orden y ley.
Años de trabajo silencioso, inorgánico y discreto, operando en las sombras de diversas fuerzas de seguridad en los puntos más calientes de la Unión, confirmaron la profecía: la migración ilegal es el combustible de un motor delictivo que ya no pueden contener con retórica. El “especialista” —ese que pisa el barro mientras los políticos pisan alfombras— ya sabía que el colapso era cuestión de tiempo.
El Reglamento de Retorno es el triunfo del realismo sobre la impostura. Europa empieza a entender que el orden no es de derecha ni de izquierda: es una condición de existencia. Se acabó el tiempo de los “buenistas” que viven en barrios privados mientras entregan los barrios populares a la ley de la selva ilegal.
La fiesta de los Sánchez y los Macron ha llegado a su fin. Ahora, queda la resaca y la ardua tarea de reconstruir lo que la ideología y la corrupción se encargaron de dinamitar.
Lo que viene es, al menos, un intento de cordura





