Por Daniel Romero
Buenos Aires-27 de marzo de 2026-Total News Agency-TNA- La decisión de Emiratos Árabes Unidos de poner a su marina a disposición de una futura fuerza de tarea multinacional para reabrir el estrecho de Ormuz no es un gesto técnico ni una maniobra de ocasión: es una definición política de fondo. Según reportes coincidentes conocidos este viernes, Abu Dhabi está dispuesto a integrar una coalición amplia para garantizar el paso de los buques por la principal ruta energética del planeta, mientras Francia ya sondea a unos 35 países para una eventual misión defensiva y de despeje. La señal es potente porque proviene de un actor del Golfo que conoce mejor que nadie el precio de convivir con la amenaza iraní a pocos kilómetros de sus puertos, sus refinerías y sus ciudades.
Conviene medir la magnitud de lo que está en juego. La EIA estadounidense consignó que en el primer semestre de 2025 por Ormuz transitaron en promedio 20,9 millones de barriles diarios, equivalentes a cerca del 20% del consumo mundial de líquidos del petróleo, además de más del 20% del comercio global de GNL. Y aun contando con oleoductos alternativos en Arabia Saudita y los propios Emiratos, la capacidad de bypass apenas cubriría una fracción del volumen que hoy pasa por ese cuello de botella. Dicho de otro modo: no se trata solo de un encarecimiento del crudo o de una suba en las primas de seguro marítimo, sino de la posibilidad concreta de que un régimen hostil use una arteria vital del sistema global como instrumento de coerción permanente.
Por eso el debate real no debería agotarse en cuánto cuesta enfrentar a Irán, sino en cuánto costó durante más de cuatro décadas no resolver el problema de raíz. El mundo libre pagó en gasto militar, inteligencia, defensa antiaérea, patrullaje naval, sanciones, protección de infraestructura crítica y blindaje de rutas comerciales. Para Estados Unidos, Irán sigue en la categoría de patrocinador estatal del terrorismo y el propio Departamento de Estado sostuvo en su informe 2023 que continuó siendo el principal patrocinador estatal de ese fenómeno, Argentina lo padecio con dos brutales atentados y mas de 100 víctimas mortales. Hoy, además, los Estados árabes del Golfo le están diciendo a Washington algo más profundo que “ayúdennos a bajar la tensión”: le están exigiendo que cualquier salida deje a Teherán sin capacidad de volver a convertir misiles, drones, milicias y coerción marítima en una rutina regional.
Ese endurecimiento regional no nació de una teoría, sino de los hechos. Desde el comienzo de esta fase de la guerra, Reuters informó ataques iraníes contra ciudades, puertos, bases y activos energéticos en países del Golfo, mientras analistas citados por la misma agencia advirtieron que esa ofensiva hacía colapsar la vieja neutralidad de varias monarquías árabes y las empujaba hacia una coalición más nítida con Estados Unidos. Incluso el G7, que no acompañó de manera homogénea la estrategia militar inicial, dejó asentada este viernes la necesidad urgente de restaurar la navegación segura y libre en Ormuz. El mensaje es transparente: cuando Irán amenaza con cerrar el paso y además golpea a sus vecinos, esos vecinos no sólo tienen derecho a defenderse; tienen la obligación de impedir que la próxima crisis vuelva a estallar sobre el mismo punto débil del mapa.
En ese contexto, el movimiento de Emiratos vale más que un despliegue naval. Vale como ruptura de una ambigüedad que durante años permitió a Teherán combinar negocios, intimidación y expansión regional sin pagar un costo estratégico decisivo. Que Abu Dhabi dé este paso en sintonía con la presión de otros países del Golfo implica un respaldo político relevante para Estados Unidos e Israel en una instancia que muchos gobiernos perciben como histórica. El costo económico de forzar la reapertura de Ormuz existe y será alto, pero será mayor si no se define ya. Pero el costo acumulado de haber dejado a Irán convertir la amenaza en método de relación con el mundo, financiar apéndices armados y condicionar durante décadas la seguridad regional, ha sido mucho mayor. La novedad de estas horas es que una parte central del mundo árabe parece haber dejado de resignarse a esa normalidad tóxica.




