Buenos Aires, 28 de mayo de 2026-Total News Agency-TNA- Un informe del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en inglés) advirtió que la Copa Mundial de la FIFA 2026 será no sólo el mayor evento deportivo de la historia, sino también un potencial imán para organizaciones terroristas, extremistas internos, actores solitarios, grupos criminales y Estados hostiles que busquen aprovechar la exposición global del torneo.
La advertencia no apunta a instalar pánico, sino a describir un escenario de riesgo realista. El Mundial del próximo año reunirá a 48 selecciones, tendrá 104 partidos, se jugará durante 39 días y se desplegará en 16 ciudades anfitrionas de Estados Unidos, México y Canadá. Estados Unidos albergará la mayor parte de los encuentros, con 78 partidos, mientras que Canadá y México recibirán 13 cada uno.
Para millones de espectadores en los estadios y miles de millones de televidentes en todo el mundo, será una fiesta deportiva inédita. Para los servicios de seguridad, en cambio, será un desafío continental, prolongado y complejo. A diferencia de un evento de un solo día y una sola sede, el Mundial obliga a sostener operativos durante semanas, en múltiples ciudades, con multitudes en estadios, aeropuertos, trenes, hoteles, bares, restaurantes, fan zones y corredores de transporte.
El informe del CSIS sostiene que la amenaza más probable no proviene de una operación sofisticada al estilo del terrorismo internacional clásico, sino de un individuo radicalizado o una pequeña célula local que ataque objetivos vulnerables alrededor de los partidos. Las zonas más sensibles no serían necesariamente las tribunas, que tendrán controles estrictos, sino los espacios previos y periféricos: filas de ingreso a los estadios, concentraciones de hinchas, estaciones de transporte, zonas hoteleras y lugares de reunión pública.
La historia ofrece antecedentes suficientes para tomar el tema con seriedad. El atentado durante los Juegos Olímpicos de Múnich 1972, el ataque contra el Stade de France en 2015 durante un partido entre Francia y Alemania, el atentado contra el Maratón de Boston en 2013 y distintos complots frustrados contra eventos deportivos demuestran que los grandes encuentros internacionales pueden ser utilizados por extremistas para maximizar impacto mediático, víctimas y mensaje político.
Según el análisis, el panorama de amenaza internacional aparece hoy más difuso que en los años posteriores al 11 de Septiembre o durante el auge del Estado Islámico. Sin embargo, esa dispersión no equivale a ausencia de riesgo. Entre los actores potenciales figuran grupos yihadistas, militantes vinculados a conflictos externos, Estados hostiles, redes criminales y extremistas nacionales con motivaciones ideológicas diversas.
El informe menciona especialmente a Irán como un actor a observar en el actual contexto de tensión con Estados Unidos e Israel. También señala a grupos vinculados a conflictos en Medio Oriente, células inspiradas por el yihadismo y organizaciones como ISIS-K, Al Qaeda en la Península Arábiga y Al Shabaab, cuya capacidad operativa se encuentra reducida, pero no eliminada. La posibilidad de que conflictos externos se trasladen simbólicamente al torneo preocupa a los analistas, sobre todo cuando participen selecciones de países atravesados por tensiones militares o políticas.
Otro foco aparece en los cárteles mexicanos, recientemente tratados por Washington como organizaciones terroristas extranjeras en determinados esquemas de seguridad. Para el CSIS, el crimen organizado no debe ser leído únicamente como amenaza delictiva tradicional, sino también como actor con capacidad para presionar, vengarse o perturbar eventos de alta visibilidad, especialmente en zonas donde posee alcance operativo.
En el frente interno estadounidense, el informe pone el acento en el actor solitario. Estados Unidos viene registrando en las últimas décadas episodios de violencia política, supremacismo blanco, extremismo antigubernamental, antisemitismo, ataques anti-LGBTQ+, radicalización yihadista individual y acciones de individuos que mezclan agravios personales con discursos ideológicos tomados de internet. Esa combinación vuelve más difícil anticipar el perfil exacto de un agresor.
Los antecedentes son variados. En Atlanta 1996, durante los Juegos Olímpicos, Eric Rudolph detonó una bomba en el Parque Olímpico del Centenario. En Boston 2013, los hermanos Tamerlan y Dzhokhar Tsarnaev atacaron el maratón con explosivos caseros. En años posteriores, hubo complots frustrados contra eventos públicos, estadios, festivales y concentraciones masivas. La lógica se repite: un lugar lleno de gente, cobertura mediática garantizada y seguridad imposible de extender a cada metro de la ciudad.
El CSIS advierte que los estadios del Mundial probablemente estarán entre los sitios más protegidos de Norteamérica durante los partidos. La final en el MetLife Stadium, en Nueva Jersey, fue considerada un evento de seguridad nacional de máxima prioridad, con participación del Servicio Secreto, restricciones aéreas, sistemas antidrones, controles reforzados y coordinación entre agencias federales, estatales y locales.
Pero la vulnerabilidad se desplaza hacia afuera. Las colas antes del ingreso, los fan festivals, las estaciones de tren, los bares donde se reúnan hinchas de una selección determinada o los hoteles donde se concentren visitantes pueden convertirse en blancos más accesibles. Allí, un ataque con arma de fuego, vehículo, explosivo improvisado o dron puede generar víctimas, pánico y una estampida.
La amenaza de drones ocupa un lugar creciente en la planificación. Las guerras en Ucrania y Medio Oriente demostraron que estos dispositivos ya no son una hipótesis futurista, sino una herramienta real de ataque, vigilancia o sabotaje. Por eso, autoridades estadounidenses comenzaron a reforzar capacidades antidrones, especialmente en ciudades como Nueva York, que recibirá partidos y estará cerca del epicentro de la final.
Aun así, el informe también subraya factores de contención. Las agencias de seguridad de Estados Unidos, Canadá y México llevan años preparando el operativo. La FIFA estableció una estructura trilateral de coordinación, se integraron centros de intercambio de inteligencia y se activaron mecanismos de cooperación entre fuerzas policiales, organismos migratorios, servicios de inteligencia y autoridades locales.
La experiencia de los Juegos Olímpicos de París 2024 es tomada como referencia. Allí, las autoridades francesas desbarataron complots antes del evento, intensificaron controles, desplegaron vigilancia sobre personas de riesgo e interceptaron drones no autorizados. El resultado fue un evento sin incidentes terroristas graves, algo que los organizadores del Mundial 2026 buscan replicar a mayor escala.
El desafío, sin embargo, será más amplio. La Copa del Mundo no se jugará en una ciudad, sino en tres países. No durará una jornada, sino más de un mes. Y no atraerá sólo a hinchas de fútbol, sino también a líderes políticos, funcionarios, celebridades, empresarios, delegaciones internacionales y comunidades de diáspora con conflictos que pueden arrastrar tensiones desde sus países de origen.
El Mundial 2026 será una prueba de organización deportiva, pero también de inteligencia, prevención y coordinación continental. El objetivo de los terroristas es convertir una celebración en miedo. El objetivo de los Estados anfitriones será exactamente el contrario: que el torneo sea recordado por los goles, las multitudes y la final, no por un ataque.
La advertencia del CSIS no significa que un atentado sea inevitable. Significa que el riesgo existe, que los objetivos blandos son numerosos y que la seguridad deberá mirar mucho más allá del campo de juego. En un mundo atravesado por guerras, radicalización digital, crimen transnacional y violencia política, la Copa Mundial de 2026 será también un examen para la capacidad de Occidente de proteger un evento global sin convertirlo en una fortaleza inaccesible.





