Miami, 28 de marzo de 2026 – Total News Agency-TNA- El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, volvió a escalar su retórica sobre el futuro de Cuba y dejó una frase que resonó mucho más allá de una ironía de ocasión. Durante su discurso del viernes en el foro de inversiones Future Investment Initiative, en Miami, lanzó: “Cuba is next”, y enseguida intentó bajarle el tono con otro comentario dirigido a la prensa: “pretendan que no dije eso”. El mensaje, sin embargo, llegó nítido. Después de la captura del depuesto presidente venezolano Nicolás Maduro en enero y de la campaña militar lanzada junto a Israel contra Irán a fines de febrero, la Casa Blanca dejó flotando que el régimen cubano podría convertirse en el próximo gran frente de presión estadounidense.
La frase no cayó en el vacío ni puede leerse como una simple excentricidad verbal de Trump. Según Reuters, el mandatario no detalló un plan concreto sobre la isla, pero sí volvió a insinuar que el uso de la fuerza no está descartado al afirmar que a veces “hay que usar” el poder militar. La novedad es que esa amenaza convive con un canal de diálogo ya abierto entre Washington y La Habana. El propio presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, confirmó el 13 de marzo que existen conversaciones con el gobierno estadounidense para intentar alejar el escenario de confrontación, aunque aclaró que deben darse con respeto por la soberanía y el sistema político de cada país. Una semana después, el vicecanciller Carlos Fernández de Cossío endureció esa posición y afirmó que ni la presidencia de Díaz-Canel ni el sistema cubano están sujetos a negociación.
Ese doble juego entre amenaza y negociación ocurre sobre un terreno extremadamente frágil para el régimen cubano. La isla atraviesa una crisis energética severa, con apagones masivos, escasez de combustible y una red eléctrica al borde del colapso. Reuters informó que no ingresó combustible a Cuba durante tres meses, mientras que en marzo el sistema eléctrico nacional colapsó varias veces, dejando a millones de personas sin luz y afectando hospitales, transporte y abastecimiento. La situación se agravó después de la caída de Maduro, ya que Venezuela era el principal sostén petrolero de la isla y esos envíos se interrumpieron bajo presión de Washington. Sobre ese deterioro estructural se apoya hoy la Casa Blanca para aumentar la presión política sobre La Habana.
En paralelo, la administración republicana parece explorar una salida de recambio controlado antes que una ruptura caótica. Un análisis de Reuters sobre las conversaciones en curso señaló que en Washington circula la idea de empujar una salida de Díaz-Canel como parte de un eventual acuerdo, sin necesidad de desmontar de inmediato toda la estructura de poder vinculada a la vieja guardia castrista. Esa hipótesis se apoya en un modelo parecido al aplicado en Venezuela, donde tras la captura de Maduro el gobierno estadounidense terminó cooperando con Delcy Rodríguez en lugar de intentar imponer una transición clásica con la oposición. Al mismo tiempo, el propio reporte advierte que una caída abrupta del régimen cubano podría derivar en violencia, migración masiva y una ventana de oportunidad para el crimen organizado en una isla ubicada a solo 150 kilómetros de la costa estadounidense.
Desde La Habana, la reacción mezcla resistencia y preparación. Díaz-Canel ya dijo que cualquier agresor externo chocará con una “resistencia impenetrable”, mientras Carlos Fernández de Cossío admitió que sería ingenuo no prepararse para una eventual agresión militar, aunque matizó que ve ese escenario como improbable. En otras palabras, Cuba toma en serio las palabras de Trump, incluso si todavía no existe un anuncio operativo concreto. El mensaje de Miami fue, antes que nada, una señal política: después de exhibir fuerza en Venezuela e Irán, el presidente estadounidense quiso dejar claro que el expediente cubano está abierto, que el régimen atraviesa su momento de mayor debilidad en años y que la presión de Washington puede seguir escalando. Para el oficialismo norteamericano, la frase fue una advertencia; para La Habana, sonó como el recordatorio de que el cerco ya no es solo económico.





