Teherán-6 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- La República Islámica de Irán confirmó este lunes la muerte del general Mayid Jadamí —también citado en medios internacionales como Majid Khademi—, jefe de la Organización de Inteligencia del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), tras un ataque aéreo atribuido a Israel en plena escalada de la guerra regional. La confirmación llegó a través de medios estatales y de la agencia semioficial Tasnim, que habló del “martirio” del funcionario, mientras la dirigencia israelí presentó el golpe como otro avance en su campaña para desarticular el sistema de mando y control del régimen persa.
La baja de Jadamí tiene un peso específico enorme dentro del esquema de seguridad iraní. No se trata de un mando secundario, sino del hombre que conducía el aparato de inteligencia de la fuerza más ideologizada, poderosa y determinante del régimen. The Wall Street Journal señaló que llevaba cerca de nueve meses al frente de esa estructura y que acumulaba casi medio siglo en áreas de seguridad e inteligencia. Su muerte, por lo tanto, no sólo representa una pérdida táctica: vuelve a dejar al descubierto la vulnerabilidad de la cúpula iraní frente a la capacidad israelí para localizar, penetrar y eliminar objetivos de máximo valor dentro del corazón del sistema.
El dato más inquietante para Teherán es que no se trata de un hecho aislado. Jadamí había asumido en junio de 2025 después de la muerte de su antecesor, Mohammad Kazemi, también alcanzado en otro episodio de la guerra. Es decir, el régimen perdió a dos jefes consecutivos del área de inteligencia de la Guardia Revolucionaria en menos de un año, una señal de deterioro que difícilmente pueda disimularse con retórica de resistencia o exaltación martirológica. En un sistema que basa buena parte de su poder en el secreto, la infiltración y la disciplina vertical, ver caer una y otra vez a sus cerebros de inteligencia equivale a un golpe político, operativo y psicológico de primera magnitud.
La muerte de Jadamí se inscribe además en una secuencia más amplia de decapitación del mando iraní desde el inicio de la guerra el 28 de febrero. Entre las figuras de máximo rango alcanzadas por la campaña de Estados Unidos e Israel figuran el jefe del Estado Mayor de las fuerzas armadas, Abdolrahim Mousavi, y el comandante del CGRI, Mohammad Pakpour, ambos muertos en los primeros ataques, según reportes recogidos por Reuters y otros medios internacionales. El patrón es claro: ya no se trata sólo de atacar infraestructura, depósitos o plantas energéticas, sino de desorganizar la cúpula del régimen mediante una presión sostenida sobre sus cuadros más sensibles.
Del lado israelí, el ministro de Defensa, Israel Katz, ya había anticipado que Jadamí figuraba entre los objetivos prioritarios y volvió a presentar la operación como una demostración de que la ofensiva seguirá apuntando al nervio central del régimen. Para Irán, en cambio, la confirmación de esta muerte llega en uno de sus momentos más frágiles: con Ormuz todavía en crisis, con presión diplomática para un alto el fuego y con un aparato de seguridad cada vez más expuesto. La caída del jefe de inteligencia de la Guardia Revolucionaria no resuelve la guerra, pero sí profundiza una tendencia que ya se volvió imposible de ocultar: la cúpula iraní sigue siendo alcanzada una y otra vez, y cada nuevo golpe agranda la imagen de un régimen sitiado, perforado y cada vez menos capaz de proteger a sus propios hombres clave.





