Buenos Aires, 14 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- El ministro de Economía, Luis Caputo, decidió anticiparse al mal dato y reconocer en público lo que el mercado ya venía descontando: la inflación de marzo se ubicó por encima del 3% y dejó al Gobierno frente a uno de los frentes más sensibles de su gestión. La admisión llegó durante una presentación en la Bolsa de Comercio de Rosario, donde el jefe del Palacio de Hacienda atribuyó la aceleración al shock petrolero derivado de la guerra en Medio Oriente y a la estacionalidad de marzo, especialmente por educación y transporte. La jugada tuvo una lectura política clara: en vez de esperar el impacto del número, Caputo prefirió blanquearlo antes y tratar de encuadrarlo como un tropiezo transitorio, no como un cambio de tendencia definitivo.
El problema para la Casa Rosada es que el rebote inflacionario no apareció de la nada. El último Relevamiento de Expectativas de Mercado del BCRA, elaborado con 46 participantes entre consultoras y entidades financieras, ya había corregido al alza su pronóstico para marzo hasta el 3%, mientras que el grupo de analistas más preciso lo ubicó en 3,1%. Es decir, el reconocimiento de Caputo no sorprendió a la city: más bien confirmó que el primer trimestre terminó siendo más áspero de lo que el oficialismo imaginaba cuando hablaba de una desaceleración más marcada.
La otra señal que venía marcando esa dificultad fue el dato de la Ciudad de Buenos Aires, que en marzo trepó al 3%, contra 2,6% de febrero, y llevó el acumulado del primer trimestre a 8,9%, con una variación interanual de 32,1%. El informe porteño fue claro al señalar que los mayores empujes llegaron por combustibles y lubricantes, educación, vivienda y otros servicios regulados, un combo que luego también fue tomado por el Gobierno para explicar por qué marzo se corrió hacia arriba. En otras palabras, el anticipo de Caputo no fue una frase aislada: se montó sobre datos previos que ya mostraban que marzo venía con más presión que los meses anteriores.
En ese punto, el oficialismo intenta sostener una defensa concreta: que la suba respondió en buena medida a un shock externo y no a un desorden interno de la macro. El encarecimiento del crudo por la crisis en Irán golpeó de lleno a la región, y Reuters reportó que en la Argentina los combustibles ya habían subido alrededor de 15% desde febrero, con riesgo de trasladarse a fletes, tarifas y consumo cotidiano. Justamente para amortiguar ese traslado, YPF anunció a comienzos de abril que mantendría aproximadamente estables los precios en surtidores durante 45 días, una señal de contención que buscó evitar un nuevo fogonazo inflacionario inmediato. El Gobierno apuesta a que ese “colchón” ayude a que abril muestre un respiro.
Ese es, de hecho, el corazón del mensaje que Caputo y también Javier Milei vienen repitiendo: que marzo fue un mes complicado, pero no invalida la hoja de ruta. El Presidente sostuvo en televisión que los “fundamentals” siguen sólidos y que la tasa de inflación “más tarde o más temprano va a ceder”, mientras el ministro aseguró en Rosario que “desde abril” se abrirá una etapa de desinflación y crecimiento y que “se vienen los mejores meses”. El oficialismo necesita que esa promesa empiece a verse rápido, porque el alivio político de haber bajado fuerte la inflación en 2025 se vuelve mucho más difícil de capitalizar cuando el bolsillo vuelve a sentir presión en rubros tan visibles como nafta, transporte, tarifas y colegio.
De todos modos, el cuadro general no es linealmente negativo para el Gobierno. El propio REM todavía proyecta para 2026 una inflación muy inferior a la de 2025 y prevé crecimiento del producto, lo que permite a la administración libertaria sostener que el proceso de estabilización no está roto, sino tensionado por un shock geopolítico fuerte. La dificultad pasa por el corto plazo: si abril y mayo no muestran una desaceleración visible, la explicación externa empezará a perder eficacia y el oficialismo volverá a quedar expuesto en el terreno que más cuida. Por eso, más que un simple dato mensual, el número de marzo funciona como una advertencia política: Caputo eligió sincerarlo para no quedar a la defensiva, pero ahora el Gobierno necesita demostrar que realmente fue un bache y no el comienzo de una meseta más incómoda.





