Buenos Aires, 14 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- Estados Unidos e Irán avanzan, con extrema cautela, hacia una posible segunda ronda de negociaciones en medio de una crisis que sigue combinando diplomacia frágil, presión militar y un impacto económico global cada vez más visible. La novedad de este martes es que la vía del diálogo, lejos de quedar enterrada tras el fracaso de la primera reunión en Islamabad, volvió a tomar temperatura política. Fuentes paquistaníes e iraníes señalaron que las delegaciones podrían regresar a Pakistán hacia el final de esta semana, aunque todavía no existe una confirmación oficial cerrada de Washington ni una fecha definitiva.
El dato no es menor porque la primera ronda, celebrada el fin de semana pasado en la capital paquistaní, había terminado sin acuerdo y con diferencias muy fuertes sobre tres ejes centrales: el futuro del estrecho de Ormuz, el programa nuclear iraní y el régimen de sanciones sobre Teherán. Aun así, ese encuentro dejó una señal que hoy gana valor: fue el primer contacto directo entre funcionarios estadounidenses e iraníes en más de una década y el intercambio de más alto nivel desde la revolución islámica de 1979. La delegación norteamericana fue encabezada por el vicepresidente JD Vance, mientras que la iraní estuvo liderada por el presidente del Parlamento, Mohammad Baqer Qalibaf. Tras ese cara a cara, Vance llegó incluso a definir la propuesta norteamericana como la “oferta final y mejor” de su país.
En paralelo, Donald Trump decidió reforzar públicamente la expectativa de una nueva ronda al asegurar que “algo podría estar ocurriendo en los próximos dos días” y al volver a mencionar a Pakistán como sede posible. El presidente norteamericano, además, elogió el papel del jefe del Ejército paquistaní, Asim Munir, como facilitador del proceso. Esa línea fue complementada por el secretario general de la ONU, António Guterres, quien afirmó que el organismo considera “altamente probable” que las conversaciones se reanuden. Después de reunirse con el viceprimer ministro paquistaní, Ishaq Dar, el jefe de Naciones Unidas insistió en que no sería realista esperar una resolución completa en una sola sesión y reclamó que las negociaciones continúen junto con la preservación del alto el fuego.
Ese intento de reabrir la mesa ocurre, sin embargo, bajo una presión inédita en el frente marítimo. Reuters confirmó este martes que ninguna nave logró atravesar durante las primeras 24 horas el bloqueo naval ordenado por Trump sobre los puertos y áreas costeras iraníes, y que al menos seis buques mercantes obedecieron la orden de dar la vuelta y regresar. Según el Mando Central de Estados Unidos, más de 10.000 efectivos, más de una docena de buques de guerra y decenas de aeronaves participan en la operación. La Casa Blanca busca así ahogar la salida comercial iraní sin cerrar formalmente el tránsito general por el estrecho, aunque el efecto práctico sobre Ormuz sigue siendo enorme por la incertidumbre, el riesgo y el temor a una escalada mayor.
Ese es justamente uno de los puntos más delicados de la crisis. El bloqueo estadounidense está limitado, en teoría, a embarcaciones que entren o salgan de Irán, y contempla excepciones para cargamentos humanitarios sujetos a inspección. Pero aun con ese alcance específico, la maniobra profundizó la inestabilidad sobre una vía estratégica por la que circula cerca de una quinta parte del comercio mundial de petróleo y gas. Los analistas consultados por Reuters advirtieron que se trata de una operación abierta, costosa y potencialmente explosiva, capaz de provocar represalias de Teherán y de poner bajo una tensión todavía mayor un cese del fuego que ya venía siendo precario.
Aun así, el escenario de este martes dejó una señal algo menos sombría para los mercados. La posibilidad de una nueva ronda entre Washington y Teherán moderó parte del pánico energético y ayudó a que el petróleo aflojara desde los picos recientes. Reuters reportó que el barril Brent cayó hacia la zona de 95 dólares, después de haber superado los 100 en las horas previas. Ese movimiento no implica alivio definitivo, pero muestra que el mercado sigue leyendo la diplomacia como la única salida racional a una crisis que, si vuelve a cerrarse, puede disparar otra vez el costo global de la energía, el transporte y la inflación.
En ese contexto, la clave política pasa por si ambas partes están dispuestas a ceder algo en el punto más duro de la agenda: el programa nuclear iraní. Desde la óptica de la Casa Blanca, ese sigue siendo el principal obstáculo para cualquier paz durable. Para Irán, en cambio, aceptar restricciones que parezcan una rendición total sigue siendo políticamente tóxico. Ahí se juega el nudo de la negociación. Por eso, la eventual segunda ronda no será importante sólo por volver a sentar a las delegaciones, sino porque pondrá a prueba si todavía existe un margen real para una salida diplomática o si el diálogo apenas funciona como una pausa táctica en una confrontación que sigue abierta.
Lo concreto, por ahora, es que la guerra económica sobre Ormuz continúa, pero también continúa el esfuerzo para evitar una conflagración aún más amplia. Pakistán intenta sostenerse como mediador útil, Trump juega a la presión máxima sin cerrar del todo la puerta al acuerdo, e Irán deja señales ambiguas, entre la resistencia y la necesidad de evitar un ahogo prolongado. En ese tablero, la posible vuelta a Islamabad se convirtió en la principal esperanza para impedir que el Golfo vuelva a incendiarse por completo





