Por Darío Rosatti
Buenos Aires, 14 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- Un nuevo movimiento logístico militar del Reino Unido entre Monte Agradable y Montevideo volvió a poner bajo la lupa la forma en que Londres opera en torno de las Islas Malvinas y en los espacios marítimos argentinos sin mostrar el menor respeto por la sensibilidad soberana de la Argentina. El episodio gira alrededor del Airbus A400M Atlas de la Royal Air Force, matrícula ZM413, que realizó el vuelo RRR4000 desde la base británica en las islas hacia la capital uruguaya el 12 de abril y luego volvió a despegar desde Carrasco como RRR4001, en una maniobra que volvió a ser observada por especialistas por la pérdida de señal del transpondedor en el tramo más delicado del trayecto.
Si esa aeronave militar británica efectivamente hubiera penetrado espacio aéreo argentino sin autorización, la situación no sería un detalle técnico sino una nueva demostración de desfachatez de una potencia ocupante que actúa como si las reglas básicas no le corrieran. La Convención de Chicago es clara al reconocer la soberanía plena y exclusiva de cada Estado sobre el espacio aéreo de su territorio y al disponer que ninguna aeronave de Estado puede sobrevolar el territorio de otro país sin autorización especial. En otras palabras, un avión militar británico vinculado a la base de ocupación en Malvinas no puede comportarse como si la República Argentina no existiera.
Pero el problema no termina en el aire. El vuelo sospechado se suma a un cuadro mucho más amplio de acciones unilaterales del Reino Unido en aguas, plataforma continental y espacios circundantes bajo disputa, que la propia Cancillería argentina viene denunciando en términos cada vez más duros. En su comunicado del 3 de enero de 2026, el Palacio San Martín recordó que Londres persiste en su negativa a negociar y en la realización de actos unilaterales, entre ellos el otorgamiento “ilegal e ilegítimo” de licencias para la explotación de recursos naturales, tanto en pesca como en hidrocarburos. Ese mismo texto recordó además que la resolución 31/49 de la Asamblea General de la ONU insta a ambas partes a abstenerse de adoptar decisiones unilaterales que modifiquen la situación mientras siga pendiente la negociación por soberanía.
Ese punto es central porque muestra que el avance británico no se reduce a un episodio aislado o a una provocación ocasional, sino a una política sostenida de hechos consumados. En materia pesquera, la propia reconstrucción histórica de la Cancillería señala que los mecanismos de cooperación del Atlántico Sur quedaron virtualmente desactivados luego de actos unilaterales británicos, entre ellos el levantamiento de una zona de veda acordada y el otorgamiento de licencias pesqueras a largo plazo en áreas en disputa. Es decir, Londres no sólo mantuvo su ocupación: también fue consolidando una estructura de explotación sobre recursos marítimos argentinos mientras vaciaba los canales de coordinación que habían existido bajo fórmula de soberanía.
En hidrocarburos, la conducta británica es todavía más sensible. La Argentina rechazó formalmente las decisiones adoptadas por licenciatarios británicos para avanzar en la explotación petrolera frente a Malvinas, y recordó que ninguna actividad de exploración o explotación puede realizarse en la plataforma continental argentina sin autorización de la autoridad competente nacional. La Cancillería precisó además que esas medidas son contrarias no sólo a las resoluciones de la ONU, sino también al ordenamiento interno argentino, en particular a las leyes 26.659 y 26.915. En ese marco, Rockhopper Exploration y Navitas Petroleum ya fueron sancionadas por desarrollar operaciones sin autorización argentina. Allí no hay ambigüedad posible: el Reino Unido sigue habilitando negocios sobre recursos no renovables en un territorio y en un mar cuya soberanía está expresamente disputada.
A eso se suma la militarización persistente del Atlántico Sur. La Cancillería ya rechazó en otras ocasiones ejercicios militares británicos en las islas, como el Cape Bayonet, y dejó asentado que esas maniobras constituyen una injustificada demostración de fuerza y un apartamiento deliberado de los llamamientos internacionales a resolver la controversia por medios pacíficos. El Gobierno argentino recordó entonces que esas acciones contravienen específicamente la resolución 31/49 y también la resolución 41/11, que define al Atlántico Sur como zona de paz y cooperación. Traducido a términos políticos: Londres no sólo explota recursos, también preserva y exhibe músculo militar en un enclave ocupado, mientras reclama para sí reglas que no respeta cuando se trata de la Argentina.
La situación en el mar también volvió a quedar expuesta con el paso del rompehielos británico RRS Sir David Attenborough, que motivó incluso un pedido de informes en la Cámara de Diputados para que el Poder Ejecutivo aclarara el tránsito del buque por aguas jurisdiccionales argentinas y promoviera una protesta diplomática formal ante el Reino Unido. El dato parlamentario importa porque muestra que la preocupación por los movimientos navales británicos ya no es sólo patrimonio de especialistas o de observadores del Atlántico Sur: llegó también al plano institucional argentino, con reclamos concretos por la utilización de símbolos del denominado “gobierno” de las “Falkland Islands” y por el uso de vías marítimas que atraviesan zonas sensibles para la soberanía nacional.
Todo esto vuelve todavía más delicada la sospecha que Total News Agency recibió meses atrás sobre la posibilidad de un entendimiento reservado o de un canal discreto de acomodamiento con Inglaterra en asuntos vinculados con Malvinas y el Atlántico Sur. Esa información nunca fue confirmada oficialmente, pero la sucesión de vuelos, escalas, despliegues marítimos, licencias de pesca, proyectos hidrocarburíferos y maniobras militares alimenta un interrogante que el Gobierno no logra despejar: si no existe ningún acuerdo, la pasividad resulta alarmante; y si existe algún tipo de tolerancia o arreglo no explicitado, la gravedad política sería todavía mayor.
Argentina podría presentar un reclamo ante Naciones Unidas, y tendría base jurídica y política para hacerlo. La propia Carta de la ONU permite que cualquier Estado miembro lleve una disputa o una situación al conocimiento de la Asamblea General o del Consejo de Seguridad. Además, en la cuestión Malvinas, la ONU ya reconoció desde hace décadas la existencia de una disputa de soberanía entre Argentina y el Reino Unido, y la resolución 31/49 les pide a ambas partes que se abstengan de introducir modificaciones unilaterales mientras la controversia siga pendiente.
En definitiva, el caso del A400M británico no puede mirarse solo como una rareza de radar. Se encadena con una política más amplia de ocupación, explotación y presión operacional que el Reino Unido viene desplegando sobre los espacios marítimos argentinos en abierta tensión con resoluciones de la ONU, con el derecho internacional y con el propio ordenamiento jurídico argentino. Pesca, hidrocarburos, militarización, tránsito de buques y vuelos opacos forman parte de un mismo patrón: avanzar, consolidar y naturalizar. Y frente a eso, la Argentina necesita algo más que comunicados. Necesita una respuesta diplomática, jurídica y política a la altura del abuso.




