Ramat Gan-20 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- Javier Milei volvió a meterse de lleno en el eje más áspero de su política exterior y, desde Israel, lanzó una frase que no pasó inadvertida: sostuvo que con “determinadas culturas” no se puede convivir porque “nosotros defendemos la vida y ellos nos van a querer matar”. Lo dijo tras recibir un doctorado Honoris Causa de la Universidad de Bar-Ilan, en un acto cargado de simbolismo político, religioso e ideológico, en plena tensión por la tregua inestable entre Estados Unidos, Israel e Irán.
El Presidente habló ante un auditorio repleto de estudiantes, académicos e invitados especiales en Ramat Gan, donde fue distinguido —según la propia universidad y el registro fotográfico de Reuters— por su “alianza duradera” con Israel y su lucha contra el antisemitismo. No fue una ceremonia neutra ni meramente académica: fue, en los hechos, otra estación de una gira pensada para ratificar el alineamiento absoluto de la Argentina con el gobierno de Benjamin Netanyahu y con la estrategia regional de Donald Trump.
La frase sobre “determinadas culturas” apareció en ese marco y fue leída en Israel y en la prensa argentina como una referencia al régimen iraní y al terrorismo islamista que orbita sobre el conflicto regional. Infobae consignó que Milei vinculó esa idea con la guerra que protagonizan Israel y Estados Unidos contra Irán, cuando faltaban pocas horas para que venciera una tregua tan frágil como provisoria. El tono no fue casual: el mandatario argentino eligió otra vez pararse del lado más duro del tablero, sin matices diplomáticos ni eufemismos de cancillería.
El discurso, además, tuvo el sello personalísimo de Milei. Leyó un tramo del epílogo de su nuevo libro, “Capitalismo, la divina maquinaria del paraíso”, cuestionó al periodismo, afirmó que Marx “era satánico”, reivindicó a Adam Smith y llegó a presentar a la Tora como un antídoto frente a las ideas de izquierda. En un momento incluso se permitió una salida futbolera al advertir a un estudiante con camiseta de Boca y bromear con el malhumor de Pablo Quirno por el Superclásico. La mezcla fue bien mileísta: geopolítica, religión, economía, provocación cultural y un toque de tribuna.
La visita a Israel no empezó ni termina en Bar-Ilan. En las horas previas, Milei ya había reforzado junto a Netanyahu una agenda bilateral intensa, con anuncios sobre una futura ruta aérea directa entre Buenos Aires y Tel Aviv, acuerdos en inteligencia artificial y la presentación de los llamados “Acuerdos de Isaac”, concebidos como una plataforma de cooperación política y estratégica entre Israel y países de América Latina. Es decir, el viaje combina gesto ideológico, alineamiento diplomático y búsqueda de resultados concretos en materia de tecnología, seguridad y transporte.
También hubo una puesta en escena muy cuidada alrededor de la comitiva. Infobae y otros medios consignaron que el Presidente estuvo acompañado por Karina Milei, Pablo Quirno, Juan Bautista Mahiques y el embajador Axel Wahnish. Más allá de errores de cargo repetidos en algunas coberturas, la presencia de ese núcleo duro mostró que la visita no fue protocolar ni ornamental: se trató de una misión política con fuerte supervisión del círculo más cercano al mandatario.
Hay, además, un dato de fondo que explica por qué esta frase de Milei pesa más que otras. No es un exabrupto aislado. En marzo, durante una visita a Nueva York, ya se había definido como “el presidente más sionista del mundo”, y desde el inicio de su gestión viene corriendo a la Argentina de la prudencia tradicional con la que el país solía moverse en Medio Oriente. Su apuesta es otra: identificación abierta con Israel, confrontación sin disimulo con Irán y una lectura moral del conflicto que divide con nitidez entre aliados de la civilización y enemigos de la vida.
En ese contexto, la frase sobre las culturas con las que “no se puede convivir” funciona como algo más que una consigna de ocasión. Resume la idea central con la que Milei viene construyendo su narrativa internacional: no todo es negociable, no todo puede relativizarse y no toda convivencia es posible cuando del otro lado hay actores que legitiman el terror, el fanatismo o la destrucción del adversario. Sus críticos verán allí un discurso incendiario; sus aliados, una definición sin cobardías. Lo que ya no puede discutirse es que el Presidente eligió hablar desde Israel con un lenguaje de confrontación plena, y que esa elección marca cada vez con más claridad el lugar desde el que quiere pararse la Argentina en el mundo.





