Nueva York-22 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- Rafael Grossi, director general de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) y candidato a secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), lanzó una de las definiciones más inquietantes de los últimos meses sobre el programa nuclear iraní al advertir que Irán no tiene hoy una bomba atómica, pero sí conserva un insumo crítico que podría servir para fabricar varias. La declaración, pronunciada en medio de su ofensiva para suceder a António Guterres, volvió a colocar al diplomático argentino en el centro del tablero internacional, justo cuando la guerra en Medio Oriente, la crisis del estrecho de Ormuz y el deterioro del sistema multilateral empujan a la ONU a una discusión existencial sobre su futuro.
El núcleo de la alarma pasa por el uranio enriquecido que todavía conserva la república islámica. De acuerdo con evaluaciones recientes de la AIEA citadas por Reuters, Irán llegó a acumular alrededor de 440,9 kilos de uranio enriquecido al 60%, un nivel muy cercano al grado militar. Grossi ya había señalado en marzo que ese volumen, si fuera enriquecido aún más, podría equivaler a material suficiente para aproximadamente diez armas nucleares. Al mismo tiempo, el organismo sostuvo que no tiene evidencia de que Irán esté construyendo una bomba en este momento, una distinción clave que el propio funcionario argentino volvió a remarcar: una cosa es poseer el material sensible, y otra, muy distinta, haber completado el desarrollo de un arma operativa.
La frase de Grossi impacta porque llega cuando Washington y Teherán todavía exploran un entendimiento interino para evitar que la guerra vuelva a escalar. Según Reuters, las conversaciones abiertas con mediación paquistaní no resolvieron todavía dos cuestiones centrales: qué hacer con el uranio altamente enriquecido y bajo qué condiciones debería frenarse el enriquecimiento futuro. En ese eventual esquema, el rol de la AIEA aparece como decisivo, ya que es el único organismo con presencia histórica, capacidad técnica e imagen de neutralidad suficiente para verificar un eventual acuerdo. Esa centralidad explica también por qué Grossi se convirtió en una figura incómoda para Irán y, al mismo tiempo, en un interlocutor de peso para las grandes potencias.
Pero la entrevista no se agotó en la cuestión nuclear. Grossi aprovechó además para meterse de lleno en la disputa por la sucesión en la ONU con un diagnóstico durísimo sobre el estado del organismo. Habló de una institución en crisis de credibilidad, amenazada por la irrelevancia y necesitada de un liderazgo más activo y menos burocrático. Ese planteo coincide con el tono de su campaña internacional y con el clima de una elección que ya tiene, al menos, a cuatro aspirantes visibles: el propio Grossi, la costarricense Rebeca Grynspan, la chilena Michelle Bachelet y el senegalés Macky Sall. La definición final dependerá, como siempre, del filtro decisivo del Consejo de Seguridad, donde basta un veto para derribar cualquier candidatura.
En clave argentina, la exposición internacional del jefe de la AIEA también tiene un costado político interno. Grossi reivindicó el respaldo del gobierno de Javier Milei a su postulación y buscó mostrar que puede dialogar tanto con Estados Unidos como con Rusia, China, Francia y el Reino Unido. Esa capacidad de interlocución, según su argumento, es precisamente lo que hoy le falta a una ONU a la que muchos observan ausente frente a los conflictos más graves del planeta. La apuesta del diplomático argentino es clara: presentarse no como un administrador más del sistema, sino como alguien capaz de reformarlo en medio de una crisis global de autoridad, financiamiento y eficacia.
El dato de fondo, sin embargo, sigue estando en Irán. Porque mientras la política internacional discute candidaturas, reformas y equilibrios diplomáticos, el régimen persa mantiene un stock de material nuclear que preocupa seriamente a Occidente y obliga a separar con precisión la propaganda del riesgo real. Grossi lo sintetizó con una fórmula tan técnica como inquietante: Irán no tiene hoy la bomba, pero sí conserva un elemento decisivo para fabricar varias. En un mundo cada vez más atravesado por guerras, amenazas energéticas y deterioro institucional, esa advertencia no suena como una frase de campaña. Suena, más bien, como una señal de alarma.





