Por RR
Buenos Aires, 14 de mayo de 2026-Total News Agency-TNA- El académico Carlos A. Pérez Ricart publicó este jueves en el diario Reforma de México un artículo titulado “La CIA en México”, donde recupera la obra del periodista asesinado Manuel Buendía para analizar una pregunta que vuelve a atravesar la relación entre Washington y Ciudad de México: hasta dónde llega la cooperación de inteligencia contra los cárteles y en qué momento esa cooperación se convierte en intervención encubierta.
El texto de Pérez Ricart, profesor-investigador del CIDE, parte de un antecedente histórico cargado de simbolismo. Buendía publicó en 1983 su libro “La CIA en México”, una recopilación de textos en los que describía a la agencia estadounidense no sólo como un organismo de espionaje, sino como una plataforma de intervención política, propaganda, infiltración y operaciones clandestinas. Un año después, en 1984, fue asesinado. Para el autor, aquella sombra que Buendía investigó durante la Guerra Fría no desapareció: cambió de vocabulario, pero no necesariamente de lógica.
El artículo, publicado hoy por Reforma, cobra especial relevancia por el contexto actual. En septiembre de 2025, Reuters reveló una extensa investigación sobre el papel de la CIA en la guerra contra las drogas en México, basada en más de sesenta fuentes, entre ellas ex agentes, diplomáticos, funcionarios antinarcóticos y militares mexicanos. Según ese trabajo, la agencia estadounidense apoyó durante años a unidades especiales mexicanas, especialmente del Ejército y la Marina, con entrenamiento, financiamiento, equipamiento, capacidades de vigilancia y mecanismos de supervisión.
La investigación de Reuters describió una arquitectura paralela de seguridad, sostenida bajo el lenguaje diplomático de la cooperación bilateral. Esas unidades, conocidas como grupos validados o supervisados por agencias estadounidenses, habrían participado en operaciones de alto impacto, incluida la captura de Ovidio Guzmán López, hijo de Joaquín “El Chapo” Guzmán, en enero de 2023. La nota de Pérez Ricart subraya que hasta allí el debate ya era delicado, pero no necesariamente implicaba una acusación de asesinatos selectivos cometidos por la CIA en suelo mexicano.
La novedad, según el análisis publicado en Reforma, aparece con el reciente reporte de CNN, que colocó la discusión en un plano mucho más grave: la sospecha de que la cooperación secreta haya pasado del acompañamiento operativo a la acción letal. El caso mencionado es el de Francisco Beltrán, alias “El Payín”, señalado como operador del Cártel de Sinaloa, muerto en marzo tras la explosión de un vehículo cerca del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, en el Estado de México.
Según las versiones periodísticas, una unidad paramilitar de la CIA, conocida como Ground Branch o Rama Terrestre, habría estado vinculada a operaciones contra objetivos narco dentro de México durante el último año. La CIA negó el reporte, lo calificó como falso y peligroso, y autoridades mexicanas también rechazaron la versión. La presidente Claudia Sheinbaum sostuvo que se trataba de una mentira destinada a dañar al gobierno mexicano, mientras CNN defendió la solidez de su investigación.
El punto central que plantea Pérez Ricart no es sólo si ocurrió o no una operación específica. Es algo más profundo: si existe un patrón, una práctica sostenida y una filtración deliberada en un momento político determinado. En su lectura, el dato relevante no sería únicamente la muerte de El Payín, sino la posibilidad de que alguien haya decidido sacar de la penumbra una forma de intervención que, hasta ahora, permanecía en zonas grises.
La pregunta que atraviesa el artículo es inquietante: ¿la filtración busca presionar al gobierno mexicano? ¿Preparar a la opinión pública estadounidense para una escalada contra los cárteles? ¿Normalizar acciones que hasta hace poco habrían sido inconfesables? En ese razonamiento, Pérez Ricart encuentra una continuidad histórica con los métodos que Manuel Buendía estudió décadas atrás: la operación y su desmentido, la sombra y su utilidad política, el silencio administrado y la aparición calculada de ciertas huellas.
El debate no puede separarse del giro que imprimió Donald Trump a la política estadounidense contra el narcotráfico. Desde su regreso a la Casa Blanca, la administración republicana endureció el lenguaje contra los cárteles, elevó la presión sobre México y dejó abierta la posibilidad de medidas unilaterales si considera que el gobierno mexicano no actúa con suficiente firmeza. Funcionarios estadounidenses han vinculado la ofensiva contra los cárteles con el combate al fentanilo, la seguridad fronteriza y la protección de ciudadanos norteamericanos.
Ese cambio de lenguaje es clave. Como advierte Pérez Ricart, antes se invocaba el comunismo, Moscú o La Habana; ahora se invocan los cárteles, el fentanilo y el terrorismo. Cambió la gramática, pero la lógica de intervención puede seguir siendo parecida. Es una frase dura, pero central para entender el fondo del artículo: México enfrenta hoy una presión que se presenta como cooperación antinarcóticos, pero que puede derivar en pérdida de control sobre su propio territorio si no fija límites claros.
La comparación con Buendía es especialmente potente. El periodista mexicano investigó durante años redes de poder, inteligencia, tráfico de drogas, corrupción e influencia extranjera. Su asesinato quedó como uno de los símbolos más oscuros de la relación entre periodismo, crimen organizado, servicios de inteligencia y Estado. Al recuperar su figura, Pérez Ricart no propone una nostalgia histórica, sino una advertencia sobre el presente: las agencias de inteligencia no operan solamente con armas o informantes; también operan con tiempos, filtraciones, narrativas y silencios.
El artículo también obliga a revisar la posición de Claudia Sheinbaum. La presidente mexicana intenta sostener un equilibrio cada vez más difícil: cooperación con Estados Unidos contra el narcotráfico, pero defensa de la soberanía nacional frente a cualquier operación extranjera no autorizada. La dificultad es que las recientes acusaciones contra funcionarios mexicanos, las versiones sobre operaciones de la CIA y la presión de Washington reducen el margen político de la mandataria.
Para México, el problema es doble. Si niega toda operación, pero luego aparecen pruebas de participación extranjera, su gobierno queda debilitado. Si reconoce colaboración profunda, deberá explicar hasta dónde permitió que agencias estadounidenses operaran dentro del país. Y si denuncia una intervención, puede tensar la relación con su principal socio económico, comercial y estratégico. La soberanía, en este contexto, no es una consigna: es una línea que puede borrarse de manera gradual.
El texto de Pérez Ricart publicado en Reforma funciona entonces como una alerta intelectual y política. No niega la gravedad del narcotráfico ni desconoce el poder destructivo de los cárteles. Pero advierte que el remedio puede abrir otro problema si la lucha contra el crimen organizado termina justificando operaciones clandestinas, acciones letales o estructuras paralelas de seguridad fuera del control democrático mexicano.
El trasfondo regional también importa. Estados Unidos parece decidido a tratar a los cárteles como una amenaza de seguridad nacional, con herramientas cada vez más cercanas a la lógica antiterrorista. Eso puede afectar no sólo a México, sino también a otros países de la región donde el narcotráfico, el lavado, los corredores logísticos y la corrupción estatal se volvieron problemas de primer orden. La discusión mexicana es, en realidad, una advertencia para toda América Latina.
La frase final del artículo sintetiza el riesgo: no vaya a ser que cuando México quiera trazar la línea, descubra que alguien ya la borró primero. En esa idea está el núcleo del debate. La cooperación bilateral puede ser necesaria frente a cárteles que operan con poder transnacional, finanzas globales, rutas aéreas, puertos, armas y redes políticas. Pero si esa cooperación se transforma en un mecanismo opaco, letal y sin control soberano, el Estado mexicano habrá cedido algo mucho más importante que información: habrá cedido el mando.
El artículo de Carlos A. Pérez Ricart en Reforma recupera a Manuel Buendía para decir que la historia no siempre vuelve igual, pero a veces vuelve con otra máscara. Antes fue la Guerra Fría. Hoy son los cárteles. Antes se hablaba de comunismo. Hoy se habla de fentanilo. Pero la pregunta sigue siendo la misma: quién opera en las sombras, con permiso de quién y con qué consecuencias para la soberanía de México.





