Mendoza, 23 de mayo de 2026-Total News Agency-TNA- La valiente renuncia de Justo José Báscolo como coordinador general del Sistema Integrado Cristo Redentor volvió a exponer una crisis que excede largamente a un funcionario y que golpea de lleno sobre uno de los corredores logísticos más importantes de la Argentina. El excomandante de Gendarmería Nacional dejó el cargo con fuertes críticas a la falta de inversión, la obsolescencia de los controles fronterizos, la ausencia de conducción técnica y una estructura administrativa partida entre áreas del Estado que, en los hechos, parecen competir más de lo que coordinan.
Báscolo, de 64 años, tenía a su cargo la coordinación de los complejos de Horcones y Los Libertadores, piezas centrales del paso internacional que une Mendoza con Chile y que funciona como columna vertebral del vínculo terrestre entre el Mercosur y el Pacífico. Su salida no fue silenciosa: denunció “soberbia”, falta de escucha, desinterés por las soluciones de fondo y una conducción nacional que, según su mirada, se queda en formalidades mientras el sistema real se deteriora.
El Paso Internacional Cristo Redentor no es un cruce menor. Es parte del Corredor Bioceánico Central, conecta a la Argentina con los puertos chilenos y resulta clave para el transporte de cargas, el comercio exterior, el turismo y la circulación regional. Cada demora, cada cierre mal gestionado, cada playa de camiones colapsada y cada trámite innecesario impacta sobre empresas, transportistas, economías provinciales y costos logísticos.
Por eso, la renuncia del coordinador no puede leerse como un episodio administrativo más. Es la señal de alarma de un sistema fronterizo que arrastra años de parches, anuncios incumplidos y peleas internas. Báscolo cuestionó especialmente a la Dirección Nacional de Asuntos Técnicos de Fronteras, dependiente del Ministerio del Interior, cuya conducción quedó bajo la órbita de Enzo Cassia tras la llegada de Diego Santilli al área.
El exfuncionario objetó la falta de experiencia específica en materia fronteriza de la nueva conducción y apuntó contra una gestión que, según describió, se concentró en correcciones formales e irrelevantes mientras ignoraba propuestas destinadas a modernizar el paso. “Corregía cuestiones de escritura totalmente intrascendentes mientras no se avanzaba en lo importante”, fue una de las frases que graficó el nivel de desgaste interno.
El planteo de fondo es más profundo. Resulta un despropósito que continúen los Pasos de Frontera y los Centros Integrados distribuidos entre áreas con lógicas distintas, unos bajo ámbitos vinculados a Seguridad y otros bajo la órbita de Interior, con administraciones diferenciadas y criterios que muchas veces no conversan entre sí. Esa fragmentación rompe con dos principios básicos de cualquier gestión seria: unidad de esfuerzo y economía de recursos.
En términos simples, el Estado administra una frontera estratégica como si fueran compartimentos estancos. Un área mira la seguridad, otra la infraestructura, otra la administración, otra el control documental, otra la operatoria aduanera y otra la relación binacional. El resultado es previsible: falta de coordinación, superposición de funciones, dilución de responsabilidades y políticas que no logran ser coherentes ni armonizadas.
Es, en definitiva, un sinsentido nacido de la vieja disputa entre Seguridad e Interior. Todo parece armado para que nada funcione. Y cuando algo no funciona, nadie termina siendo completamente responsable porque cada dependencia puede señalar a otra. Ese esquema puede ser cómodo para la burocracia, pero es ruinoso para el país productivo que necesita cruzar la cordillera, exportar, importar, transportar y competir.
Uno de los puntos que Báscolo venía impulsando era la idea de una frontera inteligente. Su propuesta apuntaba a dejar atrás modelos aduaneros propios del siglo pasado y avanzar hacia un sistema de trazabilidad digital, con controles simplificados y una lógica de origen-destino. En ese esquema, el despacho aduanero se haría en el punto de carga inicial, la frontera verificaría la salida y el control final se completaría en destino.
La iniciativa buscaba reducir tiempos, evitar filas interminables, disminuir costos logísticos y terminar con la lógica de convertir al paso cordillerano en un cuello de botella. Según datos mencionados por el propio excoordinador, una porción significativa del comercio exterior que cruza hacia Chile tiene origen en países limítrofes con la Argentina, lo que refuerza la necesidad de una gestión moderna, integrada y regional.
Pero esa modernización no llegó. En cambio, el sistema siguió atado a mecanismos lentos, controles repetidos, infraestructura dañada y decisiones tomadas desde despachos alejados de la realidad de alta montaña. En el Área de Control Integrado de Uspallata, Báscolo denunció que los camiones no podían circular correctamente por el estado de los pozos, un problema que venía planteando desde diciembre sin obtener respuestas efectivas.
La infraestructura vial y edilicia del sistema es otro capítulo crítico. Durante años se hicieron anuncios sobre mejoras, concesiones, ampliaciones y modernización de centros de frontera, pero los usuarios siguen enfrentando demoras, cierres preventivos, playas saturadas, servicios insuficientes y una operatividad vulnerable a cualquier contingencia climática o administrativa. El propio Gobierno nacional había promovido iniciativas privadas para mejorar centros de frontera, aunque la renuncia de Báscolo muestra que, al menos en este corredor, la respuesta concreta sigue siendo insuficiente.
La crisis también tiene impacto binacional. Del lado chileno, el complejo Los Libertadores forma parte de la misma ecuación operativa. Cada falla argentina genera efectos en cadena sobre transportistas, autoridades chilenas, empresas exportadoras e importadoras y usuarios particulares. El Cristo Redentor no puede administrarse con mirada doméstica ni con lógica de oficina: es una puerta internacional y debe funcionar como tal.
La salida de Báscolo ocurre además en un contexto donde la Argentina necesita bajar costos logísticos, ganar competitividad y fortalecer sus vínculos comerciales. El Gobierno de Javier Milei insiste con la necesidad de abrir la economía, atraer inversiones y aumentar exportaciones. Pero ninguna apertura será plenamente eficaz si los pasos fronterizos siguen atrapados en estructuras burocráticas, sistemas viejos y decisiones políticas fragmentadas.
La contradicción es evidente. Se habla de modernización, pero se mantienen esquemas administrativos que pertenecen a otra época. Se promete eficiencia, pero se multiplican dependencias. Se invoca la motosierra, pero sobreviven circuitos que consumen recursos sin generar resultados. Se exige competitividad al sector privado, mientras el Estado demora camiones, encarece operaciones y administra mal sus puntos estratégicos de conexión internacional.
El caso Cristo Redentor debería obligar a una revisión integral de la política de fronteras. No alcanza con reemplazar a un coordinador ni con enviar funcionarios desde Buenos Aires. Hace falta definir una autoridad única, técnica, profesionalizada y con capacidad real de decisión sobre infraestructura, seguridad, migraciones, aduanas, transporte y coordinación binacional.
También hace falta recuperar el conocimiento operativo. Una frontera no se administra sólo con planillas, organigramas o correcciones de estilo. Se administra entendiendo clima, montaña, tránsito pesado, logística, comercio exterior, seguridad, tiempos aduaneros, coordinación con fuerzas federales, relación con países vecinos y necesidades concretas de quienes cruzan todos los días.
La renuncia de Báscolo dejó una frase implícita que debería preocupar al Gobierno: la frontera más importante del oeste argentino no está trabada por falta de diagnóstico, sino por falta de decisión. Las propuestas existen, los problemas son conocidos y los usuarios los padecen a diario. Lo que falta es conducción política, inversión inteligente y una estructura que deje de pelearse por jurisdicciones para empezar a resolver.
El Paso Cristo Redentor no puede seguir funcionando como un experimento burocrático. Es una infraestructura crítica para la economía nacional y regional. Si la Argentina quiere integrarse al mundo, exportar más y competir en serio, debe empezar por ordenar sus puertas de entrada y salida.
La renuncia de Justo José Báscolo no sólo desnuda una interna administrativa. Expone un problema de Estado: cuando las fronteras se gestionan sin unidad de mando, sin visión estratégica y sin sentido común, el país entero paga el costo.




