Por Daniel Romero
Buenos Aires, 25 de mayo de 2026-Total News Agency-TNA- El 25 de Mayo de 1810 no fue sólo el inicio del primer gobierno patrio. Fue, sobre todo, el momento en que la Argentina —todavía bajo la forma política del Virreinato del Río de la Plata— comenzó a gobernarse a sí misma. Ese paso inicial, imperfecto pero decisivo, abrió un camino que dos siglos después sigue reclamando ser completado: construir un destino propio, con instituciones fuertes, sentido nacional y capacidad de aprender de la experiencia histórica.
La Revolución de Mayo no fue una postal inmóvil del Cabildo. Fue una disputa real por el poder. Y también dejó una enseñanza de enorme vigencia: cada vez que una sociedad intenta cambiar de verdad, los sectores que buscan conservar sus privilegios procuran disfrazar la continuidad con lenguaje de renovación. Eso ocurrió en 1810 y ocurre todavía hoy, cuando buena parte de la política argentina utiliza el gatopardismo como herramienta habitual: cambiar algo para que nada cambie.
Tras el Cabildo Abierto del 22 de mayo, la voluntad mayoritaria había definido la cesación del virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros. Sin embargo, el sector más conservador del Cabildo de Buenos Aires encontró una rendija para frenar el impulso revolucionario. La fórmula aprobada delegaba en el propio Cabildo la facultad de formar una junta de gobierno, y allí apareció la maniobra: el 24 de mayo se constituyó una junta presidida por el mismo Cisneros.
La jugada era clara. El virrey desplazado por la voluntad política de los vecinos pretendía seguir al frente del poder, ahora revestido de una supuesta institucionalidad nueva. La integración de Cornelio Saavedra y Juan José Castelli buscaba neutralizar a los revolucionarios desde adentro, mientras Cisneros conservaba la presidencia y el control de las armas. Era, en términos modernos, un intento de gatopardismo colonial: cambiar el formato del gobierno para preservar la esencia del régimen.
La reacción no tardó. Las milicias criollas, los sectores movilizados y los hombres más decididos de la revolución comprendieron que aceptar esa fórmula equivalía a vaciar de contenido la decisión popular. La noche del 24 de mayo fue decisiva. Domingo French, Antonio Luis Beruti y otros referentes de la movilización presionaron para que no se consumara una salida tramposa. Saavedra y Castelli, al advertir que las tropas no reconocerían la autoridad de Cisneros, terminaron por retirarle apoyo. Manuel Belgrano tuvo un papel decisivo en este punto.
En la madrugada del 25, el virrey quedó sin sustento político ni militar. El Cabildo intentó todavía resistir, pero la presión popular y militar se volvió irreversible. La jornada terminó con la conformación de la Primera Junta, integrada por Cornelio Saavedra como presidente; Mariano Moreno y Juan José Paso como secretarios; y Juan José Castelli, Manuel Belgrano, Miguel de Azcuénaga, Manuel Alberti, Domingo Matheu y Juan Larrea como vocales.
Así nació el primer gobierno patrio. No fue todavía la independencia formal, que llegaría el 9 de Julio de 1816, pero sí fue el acto fundacional de una nueva conciencia política: la autoridad ya no debía venir impuesta desde afuera ni quedar en manos de quienes querían maquillar la continuidad colonial. Desde ese día, las Provincias del Río de la Plata comenzaron a transitar el camino de la autodeterminación.
El valor profundo del 25 de Mayo está allí. La fecha representa libertad, coraje cívico, responsabilidad institucional y decisión política. Pero también representa una advertencia: los procesos de cambio pueden ser desviados cuando quienes pierden el poder consiguen permanecer en él bajo otra apariencia. La maniobra de Cisneros fue derrotada porque hubo dirigentes y ciudadanos dispuestos a no aceptar una revolución decorativa.
Esa enseñanza sigue vigente para la Argentina contemporánea. Gobernarse a sí misma no significa apenas tener autoridades nacionales, bandera, himno o elecciones periódicas. Significa construir un Estado que responda al interés nacional, una dirigencia que no use las instituciones como refugio de privilegios y una sociedad capaz de exigir cambios reales, no simulaciones administrativas.
Durante más de dos siglos, la Argentina acumuló experiencias valiosas: guerras civiles, organización constitucional, oleadas inmigratorias, expansión productiva, crisis económicas, golpes de Estado, recuperación democrática, decadencia institucional, reformas inconclusas y oportunidades desperdiciadas, incluso la recuperación temporal de nuestras Islas Malvinas. Todo ese recorrido debe servir para perfeccionar aquella decisión inicial de 1810: gobernarse a sí misma con madurez, sin tutelajes externos, sin caudillismos internos y sin trampas de ocasión.
El desafío actual es continuar construyendo el propio destino aplicando la experiencia de estos dos siglos. La Argentina no parte de cero. Tiene historia, recursos, talento humano, tradición jurídica, cultura del trabajo y una identidad nacional forjada en momentos difíciles. Lo que todavía debe perfeccionar es la capacidad de convertir esos atributos en un proyecto sostenido, ordenado y libre de los vicios que tantas veces la hicieron retroceder.
El 25 de Mayo invita entonces a mirar hacia atrás, pero no para quedarse en la nostalgia. Invita a comprender que la independencia política comenzó con un acto de firmeza frente al poder que quería reciclarse. Aquella sociedad entendió que no alcanzaba con cambiar nombres si el mando seguía en las mismas manos. Esa lección, en un país donde el gatopardismo político sigue siendo una práctica frecuente, conserva una actualidad notable. Es hora de despertar y erradicarlo.
La revolución fue posible porque hubo quienes no aceptaron la trampa de una continuidad maquillada. Y la Nación sólo podrá perfeccionar su destino si recupera esa misma exigencia: que los cambios sean reales, que las instituciones funcionen, que el poder rinda cuentas y que la libertad no sea una consigna de ceremonia, sino una práctica concreta de gobierno.
A 216 años de aquella jornada, el 25 de Mayo recuerda que la Argentina empezó a gobernarse a sí misma cuando se animó a rechazar una maniobra de continuidad disfrazada de renovación. Ese es el mensaje que atraviesa la historia: una Nación no se construye con simulaciones, sino con decisión, verdad, coraje y responsabilidad frente al futuro.




