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Argentina bajo fuego: Una guerra cognitiva global que el Gobierno todavía parece confundir con una polémica de redes

24 julio, 2026
Argentina bajo fuego: Una guerra cognitiva global que el Gobierno todavía parece confundir con una polémica de redes
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Por Daniel Romero

Buenos Aires – 24 Julio 2026 – Total News Agency – TNA-. La derrota de la Selección argentina frente a España en la final del Mundial dejó de ser un episodio deportivo cuando gobiernos autoritarios, organizaciones terroristas, dirigentes occidentales, medios estatales, celebridades e influencers comenzaron a utilizar el resultado para golpear simultáneamente a Estados Unidos, Israel y la Argentina, uno de los principales aliados regionales de ambos países.

La secuencia reúne características propias de una operación de guerra cognitiva: apropiación de un acontecimiento emocional de alcance planetario, construcción acelerada de bandos morales, asociación de una selección deportiva con las decisiones internacionales de su gobierno y amplificación de mensajes destinados a modificar la percepción pública sobre un país.

Desde luego no se puede afirmar que todas las reacciones hayan respondido a un comando centralizado o a una mesa de coordinación integrada por Rusia, China, Irán, organizaciones islamistas y sectores de la izquierda occidental, pero precisamente de eso se trata, los actores preparan el terreno y las emociones consagran el daño. En inteligencia, confundir convergencia con coordinación constituye un error. Pero también sería ingenuo descartar el fenómeno porque los actores no hayan recibido una misma orden.

La guerra cognitiva funciona precisamente mediante ecosistemas en los que gobiernos, medios, activistas, cuentas automatizadas, figuras públicas y usuarios comunes amplifican narrativas compatibles, aunque no siempre exista una conducción única. La OTAN define este tipo de confrontación como el empleo de información, capacidades psicológicas, tecnologías digitales y herramientas de ingeniería social para afectar percepciones, actitudes y comportamientos. El objetivo no consiste solamente en modificar qué piensa una sociedad, sino la forma en que interpreta la realidad y toma decisiones.

La final del Mundial proporcionó un escenario extraordinario porque concentró audiencias globales, identidades nacionales, rivalidades históricas y emociones extremas. En ese contexto, un resultado futbolístico pudo transformarse en una supuesta derrota del eje formado por Washington, Jerusalén y Buenos Aires.

El caso más explícito surgió desde Teherán. El presidente iraní, Masoud Pezeshkian, felicitó públicamente a España y vinculó su victoria con la posición adoptada por el gobierno de Pedro Sánchez frente a la guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel. El presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, fue aún más lejos al afirmar que el triunfo español había llevado alegría a las naciones “libres” y “amantes de la justicia” que se oponen a Washington y Jerusalén.

El régimen que reprime la oposición interna, restringe libertades políticas y mantiene una estructura de poder teocrática convirtió así un campeonato de fútbol en una victoria propagandística contra dos países con los que se encuentra en guerra y contra la Argentina, cuyo gobierno respaldó abiertamente a Estados Unidos e Israel.

La reacción fue acompañada por organizaciones alineadas con Teherán. Basem Naim, dirigente de Hamas en el exterior, felicitó a España y presentó la derrota argentina como una noticia capaz de irritar a Israel y a sus aliados. El vocero hutí Nasr al-Din Amer sostuvo que incluso en los deportes pierde quien es respaldado por Israel.

No se trató de simples felicitaciones deportivas. La Argentina fue incorporada discursivamente al campo enemigo porque su presidente, Javier Milei, sostiene una alianza política con Trump y un respaldo firme a Israel. La camiseta nacional pasó a representar, dentro de esa narrativa, un alineamiento estratégico que debía ser castigado simbólicamente.

El presidente turco Recep Tayyip Erdogan también felicitó a España, aunque el mensaje oficial conocido no incluyó un ataque directo contra la Argentina ni la retórica antiestadounidense y antiisraelí empleada por Teherán. Incluirlo automáticamente dentro de una operación coordinada sin esa distinción debilitaría el análisis.

La intervención iraní coincidió con una corriente de críticas surgida en España y otros países europeos, donde sectores de la izquierda política y cultural presentaron la victoria de su selección como una reivindicación de valores progresistas, multiculturalismo y solidaridad con Palestina. El actor Javier Bardem, por ejemplo, celebró la diversidad del equipo español y vinculó su triunfo con las posiciones políticas que viene defendiendo públicamente.

La coincidencia discursiva no convierte automáticamente a todos esos actores en agentes de Teherán. La utilidad de una operación cognitiva radica en que puede aprovechar reclamos, ideologías, resentimientos y debates auténticos para orientarlos hacia un resultado estratégico. La propaganda más eficaz no necesita inventar cada elemento: selecciona hechos reales, los descontextualiza, los carga emocionalmente y los integra en una explicación totalizadora.

La investigación académica sobre campañas coordinadas durante la guerra iniciada por el ataque terrorista de Hamas del 7 de octubre de 2023 mostró que muchas operaciones digitales se apoyan en tácticas simples: repetición masiva, copiado de mensajes, amplificación selectiva y coordinación entre grupos pequeños. El estudio también advirtió que no todo comportamiento convergente prueba la existencia de control centralizado.

Ese matiz resulta esencial para analizar lo ocurrido con la Argentina. Lo comprobable es la aparición simultánea de narrativas procedentes de actores con intereses distintos pero compatibles: Irán y sus aliados utilizaron la derrota para atacar a Israel y Estados Unidos; sectores españoles la relacionaron con Palestina y con su modelo político; medios británicos reactivaron la disputa por Malvinas; influencers y celebridades transformaron controversias deportivas en juicios generales sobre la sociedad argentina.

La ofensiva británica comenzó antes de la final, después de que jugadores argentinos exhibieran la bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas” tras eliminar a Inglaterra. Funcionarios británicos y medios del Reino Unido reclamaron una investigación de la FIFA, denunciaron la introducción de política en el fútbol y reafirmaron la posición colonial británica sobre las islas. La Casa Blanca, en cambio, respaldó el derecho de los futbolistas a expresarse en territorio estadounidense. 48 horas antes, una supuesta ONG junto firmas para expulsar a Argentina de la FIFA.

La reacción atribuida al gobierno de Keir Starmer no debe ser considerada un comentario aislado. El Reino Unido posee un interés permanente en desacreditar internacionalmente el reclamo argentino sobre Malvinas y en presentar cualquier manifestación soberanista como agresiva, anacrónica o contraria a la voluntad de los isleños.

El Mundial ofreció a Londres una plataforma de alcance incomparable. La bandera argentina fue presentada como una provocación política, mientras la ocupación británica quedó desplazada del centro del debate. El objeto de la discusión dejó de ser la controversia de soberanía reconocida por las Naciones Unidas y pasó a ser la supuesta inconducta de los jugadores.

Ese cambio del marco interpretativo es una técnica clásica de guerra cognitiva: trasladar la atención desde el hecho que perjudica al emisor hacia la conducta, el tono o la legitimidad del adversario. No se discute entonces por qué continúa la disputa territorial, sino por qué Argentina se atreve a mencionarla.

La campaña posterior a la final añadió acusaciones de racismo, violencia, mal comportamiento y falta de respeto deportivo. Algunos hechos concretos, como los incidentes entre jugadores después del partido, son investigados por la FIFA y no deben ser negados. España ganó 1 a 0 y su entrenador, Luis de la Fuente, calificó de intolerable la conducta de determinados integrantes del plantel argentino.

La existencia de una infracción o una conducta criticable, sin embargo, puede servir como punto de apoyo para una operación mucho más amplia. La guerra cognitiva no requiere que toda la información sea falsa. La OTAN advierte que una filtración auténtica, una imagen real o un episodio comprobado pueden ser suficientes para sembrar desconfianza, polarizar sociedades y desencadenar campañas virales.

Rusia y China no necesitan haber emitido una declaración específica contra la Argentina después de la final para formar parte del escenario estratégico general. Ambos países mantienen capacidades permanentes de manipulación informativa y operaciones de influencia. El Servicio Europeo de Acción Exterior identifica a Rusia como el principal actor de interferencia informativa extranjera investigado en Europa y señala también el crecimiento de la infraestructura china destinada a erosionar la confianza y manipular espacios públicos digitales.

La doctrina rusa busca debilitar la cohesión occidental, desacreditar a Estados Unidos y reducir el apoyo internacional a Ucrania. China combina diplomacia, medios estatales, presión económica, narrativas históricas y amplificación de mensajes rusos, especialmente en el denominado Sur Global. Irán posee capacidades menos sofisticadas, pero un elevado apetito de riesgo y considera que mantiene una guerra informativa activa contra sus adversarios.

La Argentina se vuelve un objetivo relevante porque abandonó la ambigüedad internacional de gobiernos anteriores, respaldó a Ucrania frente a la invasión rusa, fortaleció su relación con Estados Unidos y se alineó con Israel contra el régimen iraní y sus organizaciones subsidiarias.

Atacar la imagen argentina permite castigar a un aliado, introducir costos políticos internos para Milei, enfrentar a sectores de la sociedad entre sí y demostrar a otros países latinoamericanos que acercarse a Washington y Jerusalén puede generar campañas internacionales de señalamiento.

La principal debilidad argentina no reside únicamente en la potencia de los adversarios, sino en la ausencia de una respuesta institucional visible. A casi una semana de la final, no se conoció una evaluación pública de la inteligencia nacional, una atribución técnica de campañas coordinadas, un informe sobre cuentas inauténticas ni una advertencia oficial sobre el aprovechamiento geopolítico del episodio.

Esa falta de comunicación prueba que la Secretaría de Inteligencia de Estado —SIDE— no está investigando internamente dado que acostumbra a lanzar comunicaciones via redes por cualquier nimiedad. Las operaciones de inteligencia no se anuncian necesariamente, pero para un organismo que suele utilizar X por pequeños aportes a la justicia, publicar algo sobre éste ataque, resultaba más que necesario. Pero cuando una campaña se desarrolla en el espacio público, el silencio completo también produce efectos: deja el terreno narrativo en manos de los adversarios y permite que el Gobierno trate el fenómeno como un gigantesco streaming, una discusión entre influencers o una nueva batalla cultural de pocas horas.

La respuesta tampoco debería consistir en censurar críticas, perseguir usuarios o calificar como agentes extranjeros a todos los que cuestionan a la Selección o al Gobierno. Una democracia debe diferenciar opinión legítima, periodismo, militancia, propaganda estatal y operaciones encubiertas y los especialistas deben poder distinguirlas.

Las recomendaciones elaboradas por la OTAN y la Unión Europea incluyen crear unidades permanentes de análisis de fuentes abiertas, identificar patrones de coordinación, compartir información entre inteligencia, diplomacia, defensa y sector privado, fortalecer la alfabetización digital, anticipar narrativas mediante técnicas de prebunking y exponer públicamente las redes vinculadas con actores extranjeros cuando existan pruebas suficientes.

La Argentina necesita además un centro nacional de respuesta contra la manipulación informativa extranjera que funcione, con conducción civil, control parlamentario y protocolos que protejan la libertad de expresión. Ese organismo debería observar campañas contra intereses estratégicos, analizar la circulación internacional de contenidos en español, inglés, ruso, persa, árabe y chino, y coordinarse con Estados Unidos, Israel, la Unión Europea y países latinoamericanos.

También debería reconstruirse la capacidad de comunicación estratégica de la Cancillería. Una reivindicación como la de Malvinas no puede quedar defendida únicamente por futbolistas, veteranos o usuarios de redes mientras Londres despliega rápidamente portavoces, medios, parlamentarios y organizaciones vinculadas con las islas.

El Gobierno deberá decidir si interpreta lo ocurrido como una controversia deportiva o como una advertencia. Los actores que celebraron la derrota argentina ya explicaron públicamente el sentido que le asignan: para Teherán, Hamas y los hutíes no ganó solamente España; perdió un país alineado con Estados Unidos e Israel.

Fuentes consultadas: Total News Agency; OTAN; Allied Command Transformation; NATO Defense College; Servicio Europeo de Acción Exterior; Gobierno británico; Casa Blanca; FIFA; Tasnim; IRNA; Al Jazeera; Agencia Anadolu; Israel Hayom; Reuters; Associated Press; The Guardian; investigaciones académicas sobre campañas coordinadas e integridad informativa.

Tags: argentinaEEUUESPAÑAGobiernoGUERRA COGNITIVAinteligenciaIRANIsraelizquierdaSIDETNTOTAL NEWS
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