Buenos Aires – 10 junio 2026 – Total News Agency – TNA-. El gobernador bonaerense, Axel Kicillof, volvió a alinearse con el kirchnerismo duro al sostener que la rea Cristina Fernández de Kirchner está “injustamente detenida” y que su condena en la causa Vialidad fue una “enorme infamia”, una definición política que, en los hechos, vuelve a justificar la corrupción de la ex presidente mediante el ya conocido recurso de acusar a la Justicia, al “poder real” y al gobierno de Javier Milei.
A un año de que la Corte Suprema de Justicia de la Nación dejara firme la condena a seis años de prisión e inhabilitación perpetua contra Cristina Kirchner por administración fraudulenta en perjuicio del Estado, Kicillof eligió no tomar distancia del fallo ni del peso institucional de una sentencia confirmada por las máximas instancias judiciales. Por el contrario, decidió abrazar la narrativa de persecución política, con la mirada puesta en la reorganización del peronismo de cara a las elecciones de 2027.
“Un año atrás se consumó una enorme infamia a la vista de todos: la condena de Cristina dictada por sectores del Poder Judicial tan alejados de la Justicia como cercanos al poder real”, escribió el gobernador bonaerense en sus redes sociales. También sostuvo que la ex presidente fue víctima de una “larguísima persecución” que terminó en una condena “arbitraria” y “desprovista de pruebas”.
La frase no es menor. Kicillof no habló como un dirigente aislado ni como un comentarista de ocasión. Lo hizo como gobernador de la provincia más importante del país, como eventual candidato presidencial del peronismo y como figura que intenta ordenar, o al menos contener, una interna feroz entre su armado bonaerense, La Cámpora, Máximo Kirchner y el cristinismo residual que todavía conserva poder territorial.
En esa clave, la defensa pública de Cristina Kirchner funciona menos como una opinión jurídica y más como un gesto de supervivencia política. El gobernador necesita del kirchnerismo para sostener su centralidad, pero también intenta no quedar reducido a un delegado de San José 1111, donde la ex presidente cumple prisión domiciliaria bajo control electrónico.
El problema para Kicillof es que la condena no es una consigna partidaria: es una sentencia firme. La causa Vialidad concluyó con una condena por el direccionamiento de obra pública en Santa Cruz a favor del empresario Lázaro Báez, uno de los principales beneficiarios del esquema investigado. Además de la pena de prisión e inhabilitación, la Justicia ordenó un decomiso millonario, actualizado en torno a los 685.000 millones de pesos, cuyo cobro efectivo sigue demorado por recursos y planteos de las defensas.
Sin embargo, el gobernador bonaerense decidió presentar el caso como una persecución contra el “campo popular”. En su publicación, vinculó la condena con el modelo económico del gobierno nacional y acusó a Javier Milei de alimentar “todos los días el odio” y de atacar “los fundamentos sociales” de la democracia.
El movimiento tiene una utilidad electoral evidente. Con el peronismo sin conducción clara, sin programa económico creíble y atravesado por la herencia judicial de su jefa política, Kicillof busca transformar la condena de Cristina Kirchner en un elemento de cohesión militante. Donde hay fallo firme, el kirchnerismo ve proscripción. Donde hay decomiso pendiente, denuncia revancha. Donde hay prisión domiciliaria, construye épica.
La muerte de Carlos Alberto “Indio” Solari también apareció en los últimos días como un supuesto punto de reunión simbólica para el peronismo. La despedida masiva en Avellaneda, con miles de fanáticos en las calles, fue leída por sectores kirchneristas como una demostración de liturgia popular capaz de volver a juntar a piezas que venían distanciadas. La figura del músico, su estética marginal, su mística ricotera y su viejo vínculo sentimental con sectores del peronismo fueron rápidamente absorbidos por una política siempre dispuesta a convertir el duelo ajeno en capital propio. Lo que no miden es que los seguidores de Solari, no solo provienen del peronismo.
En ese clima, la masiva concurrencia al velatorio del Indio Solari fue presentada por algunos sectores como una postal de pueblo, pertenencia y resistencia. El peronismo intentó adjudicarse parte de esa emocionalidad colectiva, como si la liturgia ricotera pudiera funcionar como ensayo de reconciliación interna. La lúgubre proyección los une: la muerte de un ícono popular, la prisión domiciliaria de Cristina Kirchner y la necesidad de encontrar una bandera común para llegar vivos a 2027.
El acercamiento entre sectores de Kicillof y del kirchnerismo duro alrededor del funeral del músico expuso, además, una realidad incómoda: la interna peronista no desapareció, apenas encontró un paréntesis emocional. Máximo Kirchner y el gobernador bonaerense siguen disputando poder, territorio y representación, pero ambos entienden que sin una base kirchnerista movilizada cualquier proyecto presidencial de oposición queda debilitado.
Por eso, el posteo de Kicillof sobre Cristina Kirchner debe leerse en continuidad con ese clima. No fue sólo una defensa de la ex presidente. Fue un mensaje hacia dentro del peronismo: el gobernador no romperá con el cristinismo, no se despegará de su condena y no cuestionará el relato de persecución judicial. Por el contrario, buscará administrarlo.
El costo institucional es alto. Un gobernador en funciones decidió desconocer políticamente una condena firme de la Corte Suprema y presentó a una condenada por corrupción como víctima de una maquinaria de odio. Esa estrategia puede servir para ordenar al núcleo duro, pero también confirma que buena parte del peronismo sigue sin poder ofrecer una autocrítica sobre los hechos de corrupción que marcaron su ciclo de poder.
Mientras tanto, Cristina Kirchner continúa detenida en su domicilio de San José 1111, reclama flexibilizaciones en su régimen de visitas, pide que le retiren la tobillera electrónica y resiste el decomiso de bienes ordenado por la Justicia. La paradoja es evidente: para el kirchnerismo, la sentencia es persecución; para la Justicia, es una condena firme; para la sociedad, sigue pendiente la pregunta más concreta: cuándo se recuperará el dinero.
En el tablero político, Kicillof parece haber elegido su camino. En vez de despegarse de la mochila judicial de Cristina Kirchner, vuelve a cargarla sobre sus hombros con la esperanza de que todavía movilice votos. El peronismo, golpeado, dividido y sin relato renovado, vuelve a mirar hacia su pasado: una líder condenada, una militancia nostálgica y una liturgia de duelo que intenta transformarse en promesa electoral.
La pregunta hacia 2027 será si esa combinación alcanza para construir una alternativa de poder o si apenas confirma que el kirchnerismo sigue atrapado en su propio espejo: denunciando persecuciones, negando condenas y buscando en la épica de la derrota una forma de seguir existiendo.





