Buenos Aires – 25 Junio 2026 – Total News Agency – TNA-. La distribución del ingreso volvió a deteriorarse en la Argentina durante el primer trimestre de 2026, según los datos difundidos por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), en una señal que introduce una alerta social en medio del discurso oficial sobre estabilidad macroeconómica, crecimiento y recomposición de ingresos.
El coeficiente de Gini, indicador que mide la desigualdad en la distribución del ingreso per cápita familiar, se ubicó en 0,442 entre enero y marzo de este año. El registro implica un empeoramiento frente al 0,435 del mismo trimestre de 2025 y también frente al 0,427 del cuarto trimestre del año pasado. Cuanto más cerca de uno se ubica el indicador, mayor es la desigualdad.
El dato marca un cambio relevante en la foto social. La economía muestra señales de recuperación y el nivel de actividad creció en el primer trimestre, pero esa mejora no se distribuye de manera homogénea entre los distintos sectores de la población. La estabilidad de precios y la recomposición parcial de algunos ingresos no alcanzaron para evitar que se ampliara la distancia entre los hogares de mayores y menores recursos.
La brecha entre el decil de mayores ingresos y el de menores ingresos llegó a 15 veces. En términos simples, el 10% más rico de la población obtuvo ingresos promedio quince veces superiores a los del 10% más pobre. Ese salto refleja que los sectores de ingresos altos lograron capturar mejor la recuperación, mientras que los segmentos más vulnerables quedaron más rezagados frente al costo de vida.
El informe del INDEC muestra que la suma total de ingresos de la población relevada alcanzó los $21.909.502 millones, con una suba nominal de 35,6% respecto del mismo trimestre de 2025. El ingreso promedio per cápita fue de $728.008 para una población de referencia de 30,1 millones de personas, mientras que la mediana se ubicó en $500.000.
La diferencia entre promedio y mediana es importante. El promedio puede subir por mejoras concentradas en los sectores de mayores ingresos, mientras que la mediana muestra el punto en el que se divide la población en dos mitades. Que la mediana se ubique bastante por debajo del promedio confirma una distribución sesgada: muchos hogares están por debajo del ingreso medio general.
El contraste por estratos sociales también resulta contundente. Los primeros cuatro deciles, que conforman el estrato bajo, tuvieron un ingreso promedio de $389.298. Los deciles medios, del 5 al 8, alcanzaron $1.059.895. En el extremo superior, los deciles 9 y 10 llegaron a $2.873.233. La distancia no solo expresa desigualdad, sino también una capacidad muy distinta de protección frente a la inflación, los alquileres, las tarifas y los alimentos.
Entre la población ocupada, el ingreso promedio fue de $1.104.227, pero la mediana quedó en $900.000. Esto significa que la mitad de los trabajadores ocupados percibió una remuneración inferior a ese monto. El dato relativiza la idea de una recuperación generalizada del salario y muestra que buena parte del mercado laboral sigue funcionando con ingresos ajustados.
Ordenados según el ingreso de la ocupación principal, los primeros cuatro deciles tuvieron un promedio de $405.245. El estrato medio registró $1.065.844 y los deciles 9 y 10 llegaron a $2.579.304. La estructura laboral sigue mostrando una pirámide muy marcada, con una base amplia de trabajadores de ingresos bajos y un segmento superior con capacidad de recuperación mucho más veloz.
El director de Fundar, Daniel Schteingart, señaló que la desigualdad subió entre los primeros trimestres de 2025 y 2026, aunque aclaró que el nivel actual sigue siendo inferior al observado en el primer trimestre de 2024, cuando la economía atravesaba el tramo más duro del ajuste y la recesión, y también menor al primer trimestre de 2023. Su lectura introduce un matiz: la desigualdad empeoró en la comparación anual inmediata, pero no volvió a los peores registros recientes.
El economista Leopoldo Tornarolli, especialista en pobreza y desigualdad, advirtió que los nuevos datos de distribución del ingreso sugieren un posible deterioro de la pobreza en la medición móvil. Según su estimación, sin aplicar ajustes o correcciones metodológicas, la pobreza habría pasado de 28,2% en el semestre julio-diciembre de 2025 a alrededor de 30,1% en el período octubre 2025-marzo 2026. También estimó que en el primer trimestre de 2026 la pobreza habría sido entre 3,5 y 4 puntos porcentuales más alta que en el tercer trimestre de 2025.
La advertencia es relevante porque el Gobierno venía utilizando la baja de la pobreza como uno de sus principales argumentos políticos. La caída de la inflación había permitido una mejora en ciertos indicadores sociales, pero los datos del primer trimestre muestran que ese proceso podría haber encontrado un límite, especialmente si la recuperación del ingreso se concentra en sectores formales, profesionales o de mayor patrimonio.
El informe también exhibe una brecha de género persistente. El ingreso promedio de los varones fue de $1.352.247, mientras que el de las mujeres llegó a $959.030. La diferencia, de 29,1%, se mantiene cerca de los máximos de la serie y confirma que la desigualdad no se explica solo por estratos de ingreso, sino también por la forma en que el mercado laboral remunera de manera diferente a hombres y mujeres.
Esa brecha refleja distintos factores: mayor presencia femenina en empleos informales, menor acceso a puestos jerárquicos, interrupciones laborales por tareas de cuidado, segregación ocupacional y diferencias salariales persistentes. En un contexto de ajuste fiscal y menor intervención estatal, esas desigualdades pueden profundizarse si no hay políticas activas que compensen las asimetrías del mercado.
Desde el CEPEC advirtieron que la economía muestra señales de estabilidad y recomposición de ingresos, pero con una distribución que empeora. El diagnóstico apunta al corazón del debate económico: una recuperación puede existir en términos agregados, pero si los frutos se concentran en los sectores de mayor ingreso, el resultado político y social será una sensación de mejora desigual o directamente ausente para amplias franjas de la población.
El dato del Gini también obliga a revisar el vínculo entre crecimiento y bienestar. El producto puede expandirse, las reservas pueden mejorar y la inflación puede moderarse, pero la calidad de la recuperación se mide en los hogares. Si la distancia entre ricos y pobres se amplía, el crecimiento pierde capacidad de traducirse en cohesión social.
El deterioro de la distribución del ingreso se produce en un contexto en el que los jubilados siguen recibiendo un bono congelado de $70.000, sin actualización desde 2024. Ese dato es especialmente sensible porque los adultos mayores de menores haberes dependen de ese refuerzo para compensar una parte de la pérdida de poder adquisitivo. La decisión de mantenerlo sin cambios limita la capacidad de los ingresos previsionales más bajos para acompañar la inflación acumulada.
La foto del primer trimestre deja, entonces, un mensaje incómodo para la política económica. La estabilización no garantiza por sí sola una mejora distributiva. Para que la recuperación llegue de manera más pareja, no alcanza con bajar la inflación: también hacen falta salarios que acompañen, empleo formal, recomposición previsional, reducción de la informalidad y políticas que corrijan brechas estructurales.
El Gobierno podrá mostrar crecimiento y orden macroeconómico, pero el informe del INDEC introduce una pregunta de fondo: quiénes se están beneficiando primero de la recuperación y quiénes siguen esperando. La desigualdad no solo subió en el indicador técnico; también se convirtió en una señal política que puede ordenar el debate social de los próximos meses.





