Buenos Aires – 3 julio 2026 – Total News Agency – TNA-. El jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri, quedó envuelto en una fuerte polémica tras la viralización de un video en el que cuestionó a la Iglesia Católica por asistir con comida y abrigo a personas en situación de calle. La frase provocó sorpresa en el Arzobispado de Buenos Aires, críticas de la oposición y malestar incluso en sectores no kirchneristas, porque expuso una mirada incómoda: en lugar de revisar por qué la Ciudad de Buenos Aires no logra resolver el drama de la indigencia urbana, el mandatario apuntó contra quienes al menos intentan contenerlo.
En el fragmento que circuló en redes sociales, Macri afirmó que mantiene una discusión con la Iglesia por la asistencia a quienes duermen en la calle. “La lógica de darle comida y abrigo afuera —porque nunca la meten en la Iglesia, los dejan puertas afuera— solo hace que vengan más, y cada vez queden más dependientes de eso”, sostuvo el jefe de Gobierno en una reunión vecinal realizada el año pasado, según reconocieron fuentes del propio Ejecutivo porteño. La grabación fue difundida por Diego Falcón, militante de la Coalición Cívica, quien consideró desacertadas las palabras del alcalde.
Desde el entorno de Macri intentaron contener el daño. Aclararon que el video corresponde a una reunión vecinal de 2025, denunciaron una “viralización con animosidad” y difundieron un fragmento más amplio en el que el jefe de Gobierno sostiene que “no se puede vivir en la calle” porque la Ciudad cuenta con alternativas de paradores, centros de inclusión y dispositivos adaptados. También remarcaron que el Gobierno porteño dispone de más de 60 centros de inclusión y más de 5.000 plazas durante todo el año.
La explicación oficial, sin embargo, no alcanza para borrar la torpeza política y humana de la frase. Una cosa es discutir cómo ordenar la asistencia social para que no consolide situaciones de calle permanentes. Otra muy distinta es cargar contra la Iglesia por dar un plato de comida caliente, abrigo, escucha y acompañamiento a personas que muchas veces rechazan ingresar a paradores por miedo, adicciones, problemas de salud mental, vínculos rotos, mascotas, antecedentes de violencia o simple desconfianza hacia los dispositivos estatales.
La respuesta del Arzobispado de Buenos Aires fue prudente, pero clara. Facundo Fernández Buils, director de Comunicación Institucional, expresó sorpresa por la declaración y recordó que la Iglesia mantiene un diálogo “fluido, abierto y constante” con la administración porteña. También explicó que la red eclesial asiste cada noche a más de 1.300 personas a través de 33 centros barriales y 26 hogares. “No es solo un plato de comida”, señaló, al remarcar que hay acompañamiento, contención y trabajo con personas que no quieren ir a hogares o paradores.
Ese punto es central. La Iglesia no está reemplazando la política pública ni promoviendo que la gente permanezca en la calle. Está haciendo, en muchos casos, lo que el Estado no logra hacer con eficacia: llegar al último eslabón de la vulnerabilidad. En una ciudad rica, con presupuesto alto, fuerte presión tributaria y discurso de orden urbano, resulta demasiado fácil señalar al voluntario que reparte comida y demasiado difícil asumir que la presencia creciente de personas durmiendo en veredas, cajeros, plazas y entradas de edificios habla también de una falla de gestión.
El Gobierno porteño sostiene que entrega alrededor de 475.000 raciones de comida por día, que cuenta con equipos profesionales y que trabaja junto a iglesias, organizaciones sociales y voluntarios. También afirma que muchas personas en situación de calle provienen de la Provincia de Buenos Aires y que la administración de Axel Kicillof no brinda respuestas suficientes, lo que cargaría sobre la Ciudad parte de una demanda social metropolitana.
Ese argumento puede tener parte de verdad: la pobreza, la marginalidad y la indigencia no respetan límites jurisdiccionales. Pero tampoco habilita a desplazar el problema hacia la Iglesia ni a presentar la ayuda alimentaria como un imán de indigentes. Si la Ciudad quiere reclamar coordinación con la Provincia y la Nación, debe hacerlo con datos, convenios y exigencias institucionales. No con una frase que suena a reproche contra quienes se arremangan para asistir donde la política llega tarde.
Las críticas cruzaron distintos espacios. Dirigentes del peronismo, como Mariano Recalde, Leandro Santoro y Paula Penacca, cuestionaron los dichos de Macri. También referentes cercanos al larretismo, como Emmanuel Ferrario y Guadalupe Tagliaferri, defendieron el rol de la Iglesia y las organizaciones sociales. Desde la Unión Cívica Radical porteña, Hernán Rossi sostuvo que no compartía las declaraciones y pidió fortalecer las políticas de contención social.
El episodio deja una enseñanza política. Jorge Macri quiso marcar una idea de orden: nadie debería vivir en la calle si existen paradores disponibles. Esa premisa puede ser compartible como horizonte de política pública. Pero el modo elegido fue equivocado. En una ciudad donde la calle muestra cada noche el fracaso de múltiples redes de contención, el adversario no puede ser quien entrega comida. El problema no es la frazada que da la Iglesia, sino la persona que todavía necesita esa frazada para sobrevivir.
La asistencia de emergencia no resuelve la exclusión, pero evita daños mayores. Un plato caliente no sustituye una política de vivienda, salud mental, adicciones, empleo y revinculación familiar. Pero mientras esa política no llega o no alcanza, ese plato puede ser la diferencia entre pasar la noche con algo de dignidad o quedar abandonado a la intemperie. Confundir esa ayuda con una causa del problema es invertir la carga moral de la crisis.
La Ciudad tiene derecho a ordenar el espacio público. También tiene obligación de ofrecer alternativas reales y seguras. Pero debe hacerlo con humanidad, sin convertir a los pobres en una molestia estética ni a los curas, voluntarios y organizaciones en sospechosos por asistirlos. Buenos Aires no se vuelve más ordenada cuando se critica a quien ayuda; se vuelve más justa cuando logra que esa ayuda deje de ser necesaria.
El video puede ser antiguo, recortado o difundido con intencionalidad política. Pero la frase existió, fue reconocida por el Gobierno porteño y reveló una mirada que Jorge Macri debería corregir públicamente. No alcanza con decir que hubo contexto. La conducción política también se mide por la sensibilidad con la que se habla de los más vulnerables.
En tiempos de crisis social, la función de un jefe de Gobierno no es reprocharle a la Iglesia que dé comida. Es preguntarse por qué, después de años de gestión, miles de personas siguen necesitando que alguien les acerque un plato en la vereda.




