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Irán apuesta al desgaste en Ormuz, Estados Unidos busca una rendición negociada sin quedar atrapado en otra guerra

16 julio, 2026
Irán apuesta al desgaste en Ormuz, Estados Unidos busca una rendición negociada sin quedar atrapado en otra guerra
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Por Daniel Romero

Buenos Aires – 16 Julio 2026 – Total News Agency – TNA – La reanudación de los ataques estadounidenses contra Irán, después de varias semanas de un precario entendimiento, no fue producto de un episodio aislado. Constituyó la consecuencia previsible de un acuerdo ambiguo, sin mecanismos confiables de verificación y con objetivos incompatibles entre Washington, Teherán e Israel.

El detonante inmediato fueron los ataques  de las fuerzas iraníes contra buques comerciales que navegaban por el estrecho de Ormuz. Los primeros informes destacaron el ataque contra dos embarcaciones, aunque posteriores reportes estadounidenses elevaron a tres los buques afectados: el gasero de bandera de las Islas Marshall Al Rekayyat, el petrolero saudí Wedyan y el carguero de bandera liberiana Cyprus Prosperity.

El ataque contra el Al Rekayyat tuvo especial gravedad porque transportaba gas natural licuado de Qatar, uno de los países que actuaba como mediador entre Estados Unidos e Irán. La acción fue interpretada en Washington como una ruptura directa del compromiso iraní de permitir la navegación comercial y abstenerse de atacar embarcaciones en la zona.

Días después, otros petroleros fueron alcanzados, entre ellos los buques Mombasa y Al Bahiyah, lo que confirmó que Teherán había decidido utilizar la inseguridad marítima como instrumento de presión. El objetivo iraní no era necesariamente hundir todos los barcos, sino demostrar que ningún buque puede atravesar Ormuz con plena seguridad sin algún tipo de entendimiento con la República Islámica.

Por qué se derrumbó el alto el fuego

El memorando firmado en junio buscaba suspender las operaciones militares, facilitar la reapertura del estrecho y abrir un plazo de 60 días para negociar el programa nuclear iraní. Sin embargo, nunca resolvió la disputa fundamental: quién controlaría efectivamente Ormuz y bajo qué condiciones podrían circular los buques vinculados con Estados Unidos, Israel o los países del Golfo.

Irán consideraba que su posición geográfica le otorgaba derechos especiales sobre el estrecho e incluso planteaba cobrar tarifas o condicionar el tránsito. Estados Unidos, en cambio, sostenía que se trata de una vía marítima internacional cuya navegación no puede quedar sometida a la autorización de Teherán.

El acuerdo también fracasó porque Irán no permitió una verificación completa de sus instalaciones nucleares dañadas ni aceptó abandonar definitivamente sus capacidades de enriquecimiento y producción de misiles. Israel, por su parte, desconfiaba de cualquier negociación que permitiera al régimen reconstruir sus arsenales.

La tregua, por lo tanto, no había solucionado la guerra: apenas había suspendido temporalmente los ataques mientras las tres partes intentaban mejorar sus posiciones.

Cuando Irán volvió a atacar buques, Washington interpretó que Teherán pretendía utilizar el acuerdo para recuperar capacidades militares sin renunciar a su herramienta principal de coerción regional. Estados Unidos respondió restableciendo el bloqueo naval y lanzando ataques contra bases costeras, radares, depósitos de misiles, instalaciones navales y unidades de la Guardia Revolucionaria Islámica.

Qué pretende Estados Unidos

El objetivo inmediato de Estados Unidos es recuperar la libertad de navegación por Ormuz y reducir la capacidad iraní de atacar embarcaciones, bases militares y países aliados.

Pero el propósito estratégico es más amplio: Washington intenta obligar al régimen a aceptar un acuerdo que incluya restricciones verificables a su programa nuclear, una reducción sustancial de sus misiles balísticos y el debilitamiento de la red regional de milicias controladas o financiadas por Teherán.

La administración de Donald Trump busca demostrar que Irán no puede transformar el estrecho en una fuente permanente de extorsión económica. Para ello intenta destruir lanzadores móviles, radares costeros, centros de comando, embarcaciones rápidas, drones y depósitos utilizados por la Guardia Revolucionaria.

Al mismo tiempo, Washington procura evitar una invasión terrestre. Su estrategia consiste en elevar progresivamente el costo militar, económico y político para que sectores del régimen concluyan que negociar es menos peligroso que continuar resistiendo.

Las amenazas de Trump contra centrales eléctricas, puentes y complejos energéticos buscan transmitir que Estados Unidos todavía conserva niveles superiores de escalada. No obstante, atacar masivamente infraestructura civil podría generar importantes cuestionamientos jurídicos, humanitarios y diplomáticos, además de ampliar el apoyo interno al régimen iraní.

Estados Unidos tampoco puede garantizar por medio de bombardeos que el estrecho permanezca abierto. Para controlar Ormuz de manera efectiva tendría que escoltar permanentemente a los petroleros, mantener aviones y drones sobre la zona o desplegar fuerzas terrestres en sectores de la costa iraní. Todas esas alternativas implicarían riesgos extraordinarios.

El objetivo más amplio de Israel

Aunque Estados Unidos e Israel combaten al mismo enemigo, no necesariamente persiguen el mismo resultado final.

Washington todavía parece buscar una rendición negociada que permita limitar el poder iraní sin ocupar el país. Israel, en cambio, considera que mientras el régimen de los ayatolás conserve el control del Estado, continuará intentando reconstruir su programa nuclear, sus misiles y su red de aliados.

Por esa razón, Israel apunta a una degradación mucho más profunda y permanente. Sus objetivos incluyen destruir la capacidad nuclear iraní, eliminar la mayor cantidad posible de misiles balísticos, debilitar a la Guardia Revolucionaria y reducir la influencia de Teherán sobre Hezbolá, las milicias chiitas iraquíes y los hutíes de Yemen.

Una parte de la dirigencia israelí también considera conveniente provocar una fractura interna del régimen, aunque la caída del gobierno iraní no garantizaría automáticamente la aparición de una administración democrática o favorable a Occidente.

El riesgo para Washington es que Israel continúe ampliando los blancos hasta hacer imposible una negociación. Mientras Estados Unidos busca utilizar la fuerza para llegar a un acuerdo, sectores israelíes pretenden utilizarla para impedir que el régimen vuelva a convertirse en una amenaza estratégica.

Qué pretende Irán

Irán no necesita derrotar militarmente a Estados Unidos ni a Israel. Su estrategia consiste en sobrevivir, conservar una parte suficiente de sus misiles y demostrar que puede imponer costos económicos y humanos durante un período prolongado.

Teherán busca convertir la guerra en un problema regional y mundial. Para ello utiliza tres herramientas principales: los ataques con misiles y drones, el estrecho de Ormuz y su red de organizaciones armadas.

El régimen pretende obligar a Washington a elegir entre negociar o asumir una guerra cada vez más cara, con daños sobre sus bases, sus aliados y el mercado internacional del petróleo.

La amenaza de activar a los hutíes para interrumpir también el paso de Bab el-Mandeb, que comunica el mar Rojo con el golfo de Adén, forma parte de esa estrategia. Si Teherán consiguiera afectar simultáneamente Ormuz y Bab el-Mandeb, las dos principales rutas energéticas de Medio Oriente quedarían bajo presión.

Irán también espera que el aumento del precio del petróleo provoque inflación, descontento político en Estados Unidos y divisiones entre Washington y los gobiernos europeos y asiáticos.

La paradoja es que Irán también depende de Ormuz para exportar petróleo. Un cierre prolongado perjudicaría gravemente sus propios ingresos y afectaría a China, su principal comprador. Por eso su estrategia consiste más en administrar la inseguridad que en bloquear completamente la vía durante meses.

Hasta dónde puede soportar Irán

Irán puede resistir ataques aéreos durante bastante más tiempo del que Estados Unidos e Israel necesitan para destruir objetivos fijos. El país posee un territorio de aproximadamente 1,6 millones de kilómetros cuadrados, instalaciones subterráneas, cadenas de mando redundantes y capacidad para dispersar lanzadores y depósitos.

Los ataques aliados ya redujeron de manera importante las capacidades iraníes. Evaluaciones militares indicaron que una proporción considerable de los lanzadores balísticos fue destruida y que el número de misiles lanzados disminuyó tras las primeras semanas de operaciones. Sin embargo, reducir la frecuencia de los ataques no equivale a eliminarlos.

Irán todavía conserva drones, misiles de corto y medio alcance, minas navales, lanchas rápidas y unidades capaces de atacar objetivos regionales. También dispone de una estructura represiva que puede contener el descontento interno aun bajo condiciones económicas extremas.

El principal límite iraní no sería exclusivamente militar, sino económico y social. Los daños sobre la red eléctrica, las refinerías, los puertos, los sistemas de agua y las comunicaciones pueden producir un deterioro acumulativo que el régimen difícilmente pueda reparar mientras continúen los bombardeos y las sanciones.

Las fuerzas armadas iraníes podrían seguir lanzando ataques durante meses, pero cada vez con menor intensidad. El régimen podría sobrevivir más tiempo, aunque enfrentaría inflación, escasez de combustible, cortes eléctricos, desempleo y crecientes tensiones internas.

El punto de quiebre no se puede medir únicamente por el número de misiles restantes. Dependerá de la cohesión de la Guardia Revolucionaria, la lealtad de las fuerzas de seguridad, la capacidad de pagar salarios y la ausencia de una fractura entre las principales élites del sistema.

Los bombardeos, sin una rebelión interna o una invasión terrestre, difícilmente derrumben por sí solos al régimen. Pueden debilitarlo severamente, pero también fortalecer temporalmente el nacionalismo iraní.

Qué podría limitar a Estados Unidos

La superioridad militar estadounidense no significa que Washington pueda sostener indefinidamente una campaña sin costos estratégicos.

El primer límite es el consumo de municiones. Durante las primeras semanas de la guerra, Estados Unidos utilizó cantidades muy elevadas de misiles Tomahawk, interceptores THAAD, Patriot y proyectiles navales SM-3. Algunos informes estimaron que en los primeros 16 días se consumió cerca del 40 por ciento de las existencias estadounidenses de interceptores THAAD.

Estas armas cuestan millones de dólares por unidad y requieren años de producción. Estados Unidos debe conservar reservas suficientes para responder simultáneamente a posibles conflictos en Europa, la península coreana o el Indo-Pacífico.

El segundo límite es financiero. Estimaciones de inteligencia y del Congreso situaron el costo acumulado de la guerra entre 50.000 y 100.000 millones de dólares, sin incluir necesariamente todos los daños sufridos por bases, aeronaves y drones estadounidenses.

El tercero es político. Una guerra prolongada, sin un objetivo final comprensible y acompañada por subas del petróleo y de los combustibles, podría reducir el apoyo interno a Trump. También aumentaría la resistencia en el Congreso, especialmente si Washington avanza contra infraestructura civil o se aproxima a una intervención terrestre.

El cuarto límite son las bases estadounidenses distribuidas por el Golfo. Irán no puede destruir a las fuerzas norteamericanas, pero sí atacar instalaciones en Baréin, Qatar, Kuwait, Irak o Emiratos Árabes Unidos, obligando a Washington a utilizar interceptores costosos para defender blancos relativamente cercanos a territorio iraní.

Por último, existe un límite estratégico: cuanto más recursos destine Estados Unidos a Medio Oriente, menor será su disponibilidad para contener a China en Asia.

Rusia: apoyo real, pero sin entrar directamente en la guerra

Rusia mantiene un vínculo estratégico y militar con Irán, pero no existe evidencia pública de que esté dispuesta a intervenir directamente contra Estados Unidos o Israel.

Moscú condenó formalmente los ataques y calificó la ofensiva estadounidense-israelí como una agresión, mientras, curiosamente, mantiene su sangrienta invasión de Ucrania. Además, reportes publicados en marzo indicaron que Rusia habría proporcionado a Irán información de inteligencia sobre la ubicación y los movimientos de buques, aeronaves y fuerzas estadounidenses en Medio Oriente. Rusia negó o minimizó parcialmente esas acusaciones, aunque reconoció la existencia de cooperación militar y técnica con Teherán.

El apoyo ruso podría incluir inteligencia satelital, datos de vigilancia, repuestos, asistencia técnica y eventualmente sistemas de defensa aérea. Sin embargo, Rusia está condicionada por su guerra en Ucrania y por sus propios vínculos con Arabia Saudita, Emiratos, Israel y otros países de la región.

El objetivo de Vladimir Putin no es necesariamente una victoria iraní. Moscú busca impedir que Estados Unidos obtenga una victoria rápida, obligarlo a dispersar recursos militares y elevar el costo político de su presencia en Medio Oriente.

Una guerra prolongada también beneficia parcialmente a Rusia por el aumento del precio del petróleo y porque desvía municiones, sistemas antiaéreos y atención estratégica que Washington podría destinar a Ucrania.

Pero Rusia tampoco desea un colapso descontrolado de Irán, una guerra nuclear regional ni el cierre permanente de las rutas energéticas. Su respaldo será suficiente para ayudar a Teherán a resistir, pero probablemente no para arriesgar una confrontación directa con Estados Unidos.

China: sostén económico y diplomático, no una alianza militar automática

China es el principal socio económico de Irán y uno de los mayores compradores de su petróleo. Pekín condenó el bloqueo estadounidense, defendió la soberanía iraní y reiteró su oposición al uso de la fuerza y a los ataques contra instalaciones nucleares.

Sin embargo, el respaldo chino tiene límites claros. China no posee un tratado de defensa mutua que la obligue a combatir junto a Irán y hasta ahora evitó brindar garantías militares directas.

Su ayuda más importante es económica: compra de petróleo, mecanismos de pago alternativos, comercio bilateral, provisión de bienes industriales, componentes electrónicos y eventual asistencia para reconstruir infraestructura.

También puede ofrecer cobertura diplomática en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y oponerse a nuevas sanciones internacionales.

No obstante, Pekín necesita estabilidad en el Golfo. China importa energía no solamente de Irán, sino también de Arabia Saudita, Emiratos, Irak y Qatar. Un cierre prolongado de Ormuz perjudicaría a toda su economía y afectaría sus relaciones con los países árabes.

China pretende evitar una derrota total de Irán porque consolidaría la supremacía estadounidense en Medio Oriente. Pero tampoco quiere que Teherán controle el tránsito energético ni arrastre a Pekín a una guerra.

La estrategia china consiste en mantener vivo económica y políticamente al régimen iraní, proteger sus inversiones, obtener petróleo con descuento y presentarse como mediador, sin asumir el costo de una intervención militar. Reportes coincidentes describieron el respaldo chino como una combinación de salvavidas económico y cobertura diplomática, pero no como una garantía de seguridad comparable con una alianza militar formal.

Una guerra que ninguna parte puede ganar por completo

Estados Unidos e Israel pueden destruir gran parte de la infraestructura militar iraní, pero difícilmente puedan eliminar todos los misiles, controlar permanentemente Ormuz y producir un cambio de régimen exclusivamente mediante ataques aéreos.

Irán puede sobrevivir y conservar capacidad de represalia, pero no puede impedir que sus fuerzas, su economía y su infraestructura sufran una degradación creciente.

Rusia y China pueden prolongar la resistencia iraní, aunque no parecen dispuestas a arriesgar una guerra directa con Washington para salvar al régimen.

La disputa se encamina así hacia una guerra de desgaste. Estados Unidos intentará convertir su superioridad militar en concesiones políticas. Israel buscará que el debilitamiento iraní sea irreversible. Irán apostará a que los costos económicos, las bajas, el agotamiento de misiles defensivos y el temor a una expansión regional obliguen a Washington a negociar.

El resultado dependerá menos de quién destruya más objetivos que de quién pueda soportar durante más tiempo los costos acumulativos de una guerra sin una victoria definitiva.

Fuentes consultadas: Financial Times, The Wall Street Journal, The Guardian, Center for Strategic and International Studies –CSIS–, Council on Foreign Relations, Atlantic Council, Ministerio de Relaciones Exteriores de China, Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia, Comando Central de Estados Unidos –CENTCOM–, fuentes reservadas de Total News Agency-

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