Beirut – 9 Agosto 2026 – Total News Agency – TNA.- El líder del partido cristiano libanés Kataeb, Sami Gemayel, lanzó una de las exhortaciones políticas más fuertes formuladas hasta ahora contra Hezbolá al reclamar que la propia comunidad chiita del Líbano protagonice una “intifada” contra la organización respaldada por Irán, a la que responsabilizó de mantener como rehén a ese sector de la población y de condicionar el futuro del país a las decisiones adoptadas en Teherán. El pronunciamiento se produce mientras Beirut e Israel avanzan, bajo mediación de Estados Unidos, en un mecanismo internacional destinado a verificar el eventual desarme de la organización.
Gemayel, presidente de Kataeb y uno de los opositores más persistentes a Hezbolá dentro del sistema político libanés, formuló la declaración durante un encuentro con una delegación del Sindicato de Editores de Prensa Libaneses, encabezada por Joseph Kossayfi.
Según reconstruyó L’Orient Today, el dirigente sostuvo que el problema ya no puede resolverse exclusivamente dentro de las fronteras libanesas porque Hezbolá mantiene una vinculación estructural con Irán y, mientras esa dependencia continúe, las decisiones estratégicas de la organización seguirán sujetas a los intereses regionales de la República Islámica.
“Debe haber una intifada” dentro de la comunidad chiita contra Hezbolá, fue el concepto central transmitido por Gemayel, quien planteó que los chiitas libaneses son también víctimas de una estructura político-militar que durante décadas logró presentarse como su representación casi exclusiva.
El planteo intenta quebrar precisamente uno de los pilares sobre los que Hezbolá construyó su poder: la identificación entre la organización y buena parte de la comunidad chiita libanesa. Para Gemayel, enfrentar políticamente al movimiento sin ofrecer simultáneamente una alternativa a esa comunidad sería insuficiente e incluso contraproducente.
El dirigente reveló que había intentado abordar la cuestión con el presidente del Parlamento, Nabih Berri, jefe del también chiita Movimiento Amal, proponiendo trabajar en una diferenciación entre la comunidad y Hezbolá. La iniciativa, según su relato, no prosperó.
La reacción de Berri resulta especialmente significativa. Amal y Hezbolá mantienen desde hace décadas una estrecha alianza política dentro del complejo sistema confesional libanés, y el propio presidente parlamentario ha funcionado reiteradamente como interlocutor entre la organización proiraní y gobiernos occidentales.
Durante la crisis abierta en marzo de 2026, cuando Hezbolá volvió a lanzar misiles contra Israel y arrastró al Líbano a una nueva escalada bélica, Berri también mantuvo diferencias con sectores del gobierno que pretendían incrementar la presión contra Irán. La tensión llegó al punto de que el gobierno libanés declaró persona non grata al embajador iraní, mientras Teherán desafió la decisión y sostuvo que su representante permanecería en Beirut.
El eje de la advertencia de Gemayel apunta directamente a esa relación entre Hezbolá e Irán.
La organización chiita adopta como fundamento ideológico el principio del Wilayat al-Faqih, o Tutela del Jurista Islámico, doctrina que reconoce una autoridad religiosa y política superior vinculada con el liderazgo de la República Islámica iraní. Esa estructura doctrinaria permitió a Teherán desarrollar durante décadas una influencia decisiva sobre la organización libanesa, financiándola, armándola y convirtiéndola en una de las piezas centrales de su red regional.
Para los adversarios libaneses de Hezbolá, el problema excede por eso la existencia de un partido político armado: cuestionan que una organización con capacidad militar superior a la de numerosas instituciones estatales pueda adoptar decisiones de guerra y paz vinculadas con una potencia extranjera.
El propio Gemayel recordó que Hezbolá condujo al país a sucesivos enfrentamientos sin que el Estado libanés tuviera capacidad efectiva para impedirlos. Esa acusación cobró renovada fuerza después de marzo, cuando la organización abrió fuego contra Israel en medio de la crisis regional y desencadenó una respuesta militar israelí que volvió a golpear duramente al territorio libanés.
El llamado a una rebelión política dentro del propio universo chiita llega además en un momento especialmente delicado para Hezbolá.
El 26 de junio, Líbano e Israel alcanzaron bajo mediación estadounidense un marco destinado a avanzar hacia una situación de seguridad más estable. El esquema vincula el retiro progresivo de tropas israelíes del sur libanés con la expansión del control del Ejército Libanés y el desarme verificable de Hezbolá en las áreas recuperadas. La organización no participó del acuerdo y rechazó entregar sus armas.
Esta semana, negociadores israelíes y libaneses dieron otro paso al acordar una lista reducida de países que podrían enviar fuerzas o personal encargado de verificar que las zonas transferidas al control de Beirut permanezcan efectivamente libres de estructuras militares de Hezbolá.
Según Reuters, Estados Unidos deberá seleccionar los países que participarían del mecanismo, mientras se estudian diferentes alternativas jurídicas y operativas, incluida una eventual vinculación con la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas en el Líbano (UNIFIL) o la creación de un esquema internacional diferente.
El acuerdo convierte al desarme en algo mucho más difícil de revertir políticamente. Ya no se trata solamente de una discusión interna sobre la aplicación de resoluciones internacionales, sino de un proceso negociado simultáneamente entre Beirut, Jerusalén y Washington, con posibles verificadores extranjeros sobre el terreno.
Hezbolá, encabezado actualmente por Naim Qassem, rechaza ese camino y ha presentado las negociaciones como una imposición estadounidense e israelí. El grupo sostiene que sus armas continúan siendo necesarias para enfrentar a Israel y ha advertido contra cualquier intento de desarme compulsivo.
La cuestión que plantea Gemayel es diferente: pretende quitar a Hezbolá el argumento según el cual desarmarlo equivaldría a atacar políticamente a todos los chiitas del país.
Para ello intenta abrir una brecha dentro de una comunidad que durante décadas quedó asociada electoral, social y territorialmente a dos grandes estructuras: Hezbolá y Amal.
No sería un desafío menor. Además de su brazo armado, Hezbolá desarrolló una extensa red de servicios sociales, educativos, sanitarios y asistenciales, especialmente en zonas donde el Estado libanés demostró una presencia insuficiente. Ese entramado le permitió construir dependencias que exceden ampliamente la adhesión ideológica.
Pero el escenario regional cambió profundamente. La presión militar israelí, el endurecimiento de las instituciones libanesas frente al monopolio privado de las armas y las crecientes dificultades de Irán para sostener simultáneamente todos los frentes de su estructura regional redujeron el margen que durante años permitió a Hezbolá actuar prácticamente como un Estado dentro del Estado.
En ese contexto, las palabras de Gemayel buscan trasladar el conflicto al interior de la propia base social del movimiento: que sean los chiitas libaneses quienes cuestionen públicamente si su futuro debe continuar subordinado a una organización cuya conducción estratégica permanece estrechamente conectada con Teherán.
El presidente de Kataeb pertenece además a una familia profundamente marcada por la violencia política libanesa. Es hijo del ex presidente Amine Gemayel, hermano del exministro Pierre Gemayel, asesinado en 2006, y sobrino de Bachir Gemayel, presidente electo asesinado en 1982. Desde que asumió la conducción partidaria en 2015 mantuvo una posición frontal contra la influencia de Hezbolá y reclamó reiteradamente que las armas queden exclusivamente bajo autoridad estatal.
El desafío planteado ahora es particularmente sensible porque intenta romper una frontera confesional que durante años funcionó como protección política para la organización proiraní.
Si una corriente chiita autónoma consigue crecer por fuera de Hezbolá y Amal, la discusión sobre el desarme dejaría de presentarse únicamente como una confrontación entre cristianos, sunitas, Israel, Estados Unidos y una organización chiita.
Pasaría a instalarse donde Gemayel considera que puede resultar más decisiva: dentro de la propia comunidad sobre la cual Hezbolá construyó buena parte de su poder político, social y militar.





