Por Dario Rosatti
El análisis publicado por Ricardo Auer publicado hoy, introduce una discusión que durante años fue evitada o simplificada: la rivalidad entre Washington y Beijing ya no obliga necesariamente a los países a escoger un bando, sino a decidir cuánto poder propio están dispuestos a construir para negociar con ambos. La tendencia mundial comienza a darle sustento: Estados Unidos reindustrializa, Europa protege sectores estratégicos, China instala fábricas fuera de sus fronteras y Brasil combina comercio con barreras destinadas a preservar producción local. Para Argentina, rica en energía, alimentos y minerales críticos, el dilema es especialmente urgente.
Buenos Aires – 3 Octubre 2026 – Total News Agency – TNA- El artículo de Ricardo Auer que Infobae publicó este sábado bajo el título El costo global del conflicto entre EEUU y China aborda una cuestión que durante años permaneció casi convertida en tabú dentro del debate internacional: las naciones medianas y periféricas no están obligadas a resignarse a elegir entre Washington y Beijing, pero para evitar esa dependencia necesitan reconstruir capacidades industriales, tecnológicas, financieras y militares propias.
Auer parte de una observación elemental de la política internacional: las grandes potencias cooperan cuando lo necesitan y compiten cuando sus intereses entran en conflicto. En ambos casos aprovechan las vulnerabilidades de adversarios, socios y países periféricos. Su conclusión es que cuanto más débil sea un Estado, menor será su margen de negociación y mayor su exposición a presiones externas.
La importancia del planteo está en que cuestiona simultáneamente dos simplificaciones.
La primera sostiene que una nación debe alinearse incondicionalmente con una de las dos superpotencias. La segunda supone que la apertura irrestricta de mercados, por sí sola, garantiza desarrollo y autonomía.
La realidad internacional está avanzando en sentido contrario.
Estados Unidos impulsa una política explícita de reindustrialización, protección tecnológica y reducción de dependencias externas. La anunciada siderúrgica de US$15.000 millones en Iowa, proyectada para alcanzar hasta 10 millones de toneladas anuales de acero, constituye un ejemplo de esa estrategia: capital privado, financiamiento público, mineral producido internamente y una política comercial que busca recuperar producción industrial dentro del territorio estadounidense.
Auer observa precisamente ese movimiento: mientras durante décadas Washington promovió cadenas globales de producción cada vez más dispersas, ahora intenta recuperar dentro de sus fronteras capacidades consideradas estratégicas.
China, en cambio, enfrenta las barreras comerciales occidentales mediante otra estrategia: internacionaliza parte de su capacidad industrial.
Fabricantes chinos de automóviles eléctricos están buscando plantas en Europa, comprando instalaciones existentes y asociándose con empresas locales para producir dentro del mercado europeo. BYD, Chery, Geely, Leapmotor y otras compañías avanzan sobre fábricas y alianzas precisamente porque Bruselas prepara reglas que exigirán mayor contenido europeo en los vehículos vendidos dentro de la Unión.
Ese fenómeno confirma otro punto central del artículo de Auer: la globalización no desaparece, pero cambia de forma.
Ya no alcanza con exportar.
Las potencias y grandes empresas necesitan producir dentro de los mercados que pretenden conservar.
Europa también empezó a recorrer ese camino. La ampliación de la fábrica francesa de supercomputadoras Bull, acompañada por una inversión europea de aproximadamente €7.000 millones destinada a aumentar capacidad propia de inteligencia artificial, responde a la misma preocupación: reducir dependencia tecnológica de Estados Unidos y China.
La cuestión adquiere una dimensión todavía mayor cuando se observa el conflicto comercial actual.
En la reunión del G20 de esta semana, Estados Unidos intentó construir una posición común contra la sobrecapacidad industrial y las prácticas consideradas no comerciales. Sólo Argentina y México respaldaron plenamente la declaración estadounidense, mientras otros miembros rechazaron acompañarla. La disputa por la producción industrial ya penetró así en el corazón de las instituciones multilaterales.
El planteo de Auer resulta particularmente pertinente para Argentina.
El país posee algunos de los recursos que estarán en el centro de la competencia de las próximas décadas: litio, cobre, gas, petróleo, alimentos, energía renovable, uranio, conocimiento tecnológico y una posición geográfica estratégica en el Atlántico Sur.
Washington ya considera a Argentina una pieza relevante en la diversificación de las cadenas occidentales de minerales críticos frente al predominio chino en procesamiento y refinación. Beijing, mientras tanto, continúa siendo un socio comercial fundamental y posee capacidad financiera, tecnológica e industrial difícil de reemplazar en numerosos sectores.
Por eso aceptar mecánicamente la lógica de “uno u otro” puede ser precisamente el error que Auer pone en discusión.
La pregunta estratégica debería ser diferente: qué quiere producir Argentina, qué conocimientos necesita conservar, qué sectores considera críticos, qué inversiones acepta y bajo qué condiciones, cuánto contenido nacional pretende desarrollar y qué capacidades no está dispuesta a perder.
Ese debate ya aparece en cuestiones concretas.
Mientras Brasil elevó barreras para proteger su industria automotriz frente al ingreso masivo de vehículos eléctricos chinos, Argentina abrió durante 2026 un cupo de hasta 50.000 automóviles eléctricos e híbridos sin aranceles, contribuyendo a que las marcas chinas elevaran rápidamente su participación en el mercado local desde alrededor del 2% hasta aproximadamente el 10%.
Ninguna de las dos políticas constituye por sí misma una respuesta universal.
Brasil prioriza preservar producción y empleo industrial. Argentina busca aumentar competencia, reducir precios y acelerar la incorporación tecnológica. Lo relevante es que cada decisión forma parte de una estrategia nacional —o debería hacerlo— porque detrás de un automóvil eléctrico ya no se discute solamente un automóvil: se discuten baterías, litio, software, semiconductores, empleo industrial, infraestructura energética y control de datos.
Auer acierta al colocar ese fenómeno dentro de una competencia estructural mucho mayor.
La inteligencia artificial, los microprocesadores, las tierras raras, los minerales críticos, las redes de comunicaciones y la capacidad industrial dejaron de ser simples actividades comerciales para convertirse en instrumentos de poder.
Incluso empresas occidentales que durante décadas consideraron a China simplemente una plataforma barata de producción ahora enfrentan la situación inversa: compañías chinas que poseen tecnología propia, menores costos y capacidad suficiente para competir dentro de Europa, América Latina y los propios mercados occidentales.
La consecuencia es quizá el cambio más importante del momento histórico: las grandes potencias volvieron a hablar de soberanía industrial.
Estados Unidos habla de reshoring.
Europa habla de autonomía estratégica.
India utiliza Make in India.
Brasil protege sectores productivos mientras continúa comerciando tanto con Washington como con Beijing.
China impulsa autosuficiencia tecnológica mientras simultáneamente construye fábricas fuera de sus fronteras.
Son distintas denominaciones para una misma constatación: ningún Estado relevante quiere depender completamente de otro en sectores esenciales.
Ese es probablemente el punto más provocador del artículo de Auer para países como Argentina.
Durante décadas, la palabra “soberanía” fue frecuentemente reducida a una consigna política, mientras simultáneamente se desmontaban fábricas, capacidades de defensa, infraestructura, investigación aplicada y cadenas productivas.
El nuevo escenario internacional está demostrando que soberanía significa capacidad.
Capacidad para producir energía.
Capacidad para alimentar a la población.
Capacidad para procesar minerales y no limitarse a extraerlos.
Capacidad para desarrollar tecnología.
Capacidad para financiar infraestructura.
Capacidad para defender el territorio.
Y, finalmente, capacidad para decir que no cuando una potencia intenta convertir una relación económica en subordinación política.
Auer advierte también sobre el costo que la rivalidad entre Washington y Beijing traslada a terceros países y sostiene que las áreas de influencia pueden terminar reduciendo soberanía mediante presión económica, tecnológica, comunicacional o política.
Ese planteo no exige equiparar los sistemas políticos de Estados Unidos y China ni ignorar las diferencias existentes entre ellos.
Implica algo distinto: comprender que los Estados actúan según intereses nacionales, incluso cuando esos intereses no coinciden con los de sus aliados.
La evidencia reciente confirma esa lógica.
Europa mantiene su alianza estratégica y militar con Estados Unidos, pero simultáneamente destina miles de millones a reducir su dependencia tecnológica estadounidense.
Brasil integra los BRICS y mantiene una relación económica profunda con China, pero aplica restricciones cuando considera amenazada su propia industria.
Estados Unidos reclama mercados abiertos mientras protege tecnologías, acero, semiconductores y cadenas productivas consideradas estratégicas.
China defiende la globalización cuando facilita sus exportaciones, pero protege rigurosamente numerosos sectores internos.
No existe contradicción.
Existe política de poder.
El verdadero punto de inflexión que señala Auer es comprender que los países que carezcan de una estrategia propia terminarán insertándose en la estrategia de otro.
Argentina posee ahora una oportunidad extraordinaria precisamente porque las dos grandes potencias necesitan recursos que el país tiene.
Litio.
Cobre.
Gas.
Petróleo.
Alimentos.
Capital humano.
Energía.
Espacio geográfico.
La discusión que comienza a emerger, entonces, ya no debería limitarse a preguntar “¿con Estados Unidos o con China?”.
La pregunta más importante es otra:
¿con qué Argentina se negociará con Estados Unidos y con China?
Una nación que sólo exporte materias primas tendrá poco margen.
Una que transforme esos recursos, produzca energía abundante, reconstruya infraestructura, desarrolle tecnología y conserve capacidades industriales podrá sentarse ante ambas potencias en condiciones completamente diferentes.
Ese es el aspecto más relevante del análisis de Auer y quizá también el más incómodo: el problema principal no es la fortaleza de Estados Unidos ni el crecimiento de China. Para las naciones periféricas, el verdadero problema comienza cuando su propia debilidad convierte el poder ajeno en dependencia.
Y justamente allí aparece el cambio de época.
Después de décadas en las que hablar de política industrial, soberanía tecnológica o intereses nacionales podía parecer anacrónico, Washington, Beijing, Bruselas, Nueva Delhi y Brasilia vuelven a utilizar en los hechos esos mismos conceptos.
El tabú empieza a romperse.
No porque las potencias hayan dejado de competir, sino porque cada vez más países comprenden que la mejor forma de relacionarse con ellas no es escoger quién ejercerá la dependencia, sino construir suficiente poder propio para poder negociar.
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