
Iair empezó a reunir información en el año 2019 y espera poder estrenar su documental a mediados de 2022, en algún festival. Recopilar datos y sobre todo, encontrar las obras, no fue tarea fácil. Poco antes de morir, Michel realizó una muestra en la galería neoyorquina Clara Sujo con gran aceptación de la prensa. El lúcido crítico del “New York Times”, Michael Brenson, descubrió sus cualidades y así lo dice: “Talla piedra y madera con un amor descarado e irónico por los materiales y por la artesanía. Tiene un fuerte sentimiento por el mito y por la forma orgánica. La madera de color marrón rojizo es seductora y el entorno arquitectónico-escultórico se sentiría como en casa en un cuento de hadas”. Pero las esculturas, acaso las más logradas de toda su trayectoria según las imágenes de aquella muestra donde las formas redondeadas y sinuosas se exacerban, permanecen desde entonces en un depósito de la galería, en NYC.
El joven cineasta observa: “Michel es uno de esos personajes difíciles de olvidar, que no se cruzan seguido en la vida”. De sus tiempos de marinero nuestro escultor guardaba el gorro y un ancla tatuada en su brazo; de las historias que contaba: los cuentos de Onetti. Durante las extensas travesías se convirtió en ávido lector y también en poeta; después consolidó su nombre como publicista y director de cortometrajes. En la década del 60, con la talentosa pintora Josefina Robirosa, formó una hermosa pareja. Juntos vivían en el fabuloso palacio San Souci, hasta que Clorindo Testa les construyó La Celeste, la glamorosa casa con un taller para cada uno que todos querían visitar. Michel respetó la carrera artística de Robirosa, pero desdeñó la trayectoria tradicional, las exhibiciones y los premios. Y se entregó con pasión al trabajo, la talla directa de materiales que parecían inmanejables, como los inmensos bloques de granito y los enormes troncos de maderas duras.
En el taller de la calle Rocha, en Barracas, confesó: “Mi escultura es un documento de mi persona, con mis errores y defectos. Estoy entero dentro de ella. No finjo como la mayoría de los pseudo artistas que hacen espléndidas obras pero que no se parecen a ellos mismos, se parecen a lo que el espectador quiere ver”. Sobre sus bancos -como los que figuran en la colección del Malba-, o sus escritorios, que pomposamente la crítica denomina “arte utilitario”, supo rescatar el impulso creativo y aclarar: “Arte sí; pero para nada utilitario”. De este modo tomaba posición a favor del arte por el arte en sí mismo, o el arte desinteresado, ajeno a cualquier utilidad. Entretanto, acerca de los tamaños colosales de algunas obras, observó: “Cada escultor encuentra finalmente su medida. Los tamaños colosales no me atraen, además, con el gran formato se puede realizar una obra sorprendente sin esfuerzo. Botero está haciendo una mujer de bronce de cuatro metros de alto. Si se tiene la suerte de mandarla a pasar con esa medida resulta imponente. En tamaño normal, es otra escultura de Botero. Yo no pertenezco al mundo del espectáculo”, concluyó. Y con estas palabras puso en tela de juicio los “efectos especiales” que cada día son más frecuentes en el universo del arte.
Su opinión acerca del valor estético de muchas obras que pueblan los museos puede ser discutible y solía despertar polémicas. Pero hablaba sin prejuicios. “El que mira una obra como el ‘Moises’ o ‘La Piedad’ tiene la idea de que debe ver algo extraordinario. En consecuencia, eso es lo que ve, de otra manera, se sentiría muy mal, muy ignorante”. ¿Habrá llegado la hora de que un museo realice la muestra antológica que Michel se merece y muchos desean ver? El interrogante queda flotando.





