
Las fotos de Iaros tienen una identidad definida y personal. El Río de La Plata embravecido de la Costanera Sur, tiene por delante una cadena muy gruesa que acentúa la potencia del oleaje. De acuerdo al punto de vista del fotógrafo, los objetos más diversos ocupan lugares sorprendentes. Hay un sifón ubicado en primer plano que aparece como un protagonista insólito, entre los dos personajes que se recortan sobre el ventanal del Café La Perla. En la vidriera del Bárbaro, la pintura de Jorge de la Vega, semeja un globo que encierra el diálogo o el pensamiento del hombre sentado en una mesa. Los bares se reiteran, al igual que los ventanales y las vistas quebradas desde el interior y el exterior. Además, se percibe la fascinación por los espejos biselados y el ornamento. Los retratos son escasos, pero hay una joven con el óvalo perfecto de su rostro enmarcado por el pelo oscuro. Ella se mira a sí misma en un breve espejo que lleva en su mano donde se refleja el paisaje urbano.
Desaparición
De Zuviría escribe sobre la misteriosa desaparición de Iaros, la no menos extraña presencia de estas fotos y la imposibilidad de ver el corpus de obra completo. “Una valija con poco más de cien fotografías, abandonada en el Borda, donde estuvo internado, o en el último cuarto de pensión donde vivió, en La Boca, rescatada milagrosamente y conservada por su amigo y vecino Rómulo Macció, es la punta visible de ese iceberg que asoma; pero toda la masa que debiera estar allí abajo, su obra, ya no existe”.
Dicen que Iaros recorría la ciudad con su cámara colgada y su mirada de cazador urbano. Sebreli observa que “la fotografía no era para él un oficio -rara vez ganaba algo- sino su modo de vida; gustaba llamarse a sí mismo ‘fotógrafo metafísico’ o ‘poeta de la fotografía’”. El escritor cuenta que el padre de Iaros se ahorcó cuando era pequeño y que sus padres adoptivos le procuraron una linda vida de clase media. Así pudo estudiar piano y disfrutar de la literatura, la pintura y el cine. No obstante, el drama de Iaros renació cuando murieron sus tutores y lo desalojaron de la casa del barrio Caballito. Comenzó entonces a rodar por los hospicios. Recaló primero en una casa de la Municipalidad de La Boca para la gente sin techo, pasó después por los conventillos. Se dice que lo rescataron y lo llevaron a un asilo frente al Hospital Alvear, un lugar para pobres, pero muy especial en el trato donde se convirtió en conferencista.
Sebreli habla de su erudición y también de sus “delirios de megalomanía” que provocaron finalmente el traslado a una villa miseria de drogadictos, alcohólicos y alucinados que sobreviven en los fondos del manicomio de Barracas. Y Sebreli reflexiona acerca de sus fotos: “No son imágenes espectaculares a lo Kertész, ni inequívocamente bellas a lo Ansel Adams, pero son inolvidables, y se sabe que la receta de la pregnancia es alquimia pura: ¿qué hace que una imagen tenga poder de resonancia? ¿Que se imprima en la memoria con más fuerza que otras? Los ingleses lo llaman ‘staying power’ “ (poder de permanencia).

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