Dubai, 9 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- El frágil alto el fuego que Washington y Teherán intentan sostener desde hace menos de 48 horas volvió a entrar en zona crítica este jueves, después de que Irán rechazara cualquier límite a su programa de enriquecimiento de uranio y advirtiera sobre “respuestas fuertes” si Israel mantiene su ofensiva sobre Líbano. La señal política del régimen iraní fue clara: no piensa ceder en uno de los puntos que Estados Unidos considera centrales y, al mismo tiempo, busca elevar el costo regional de la presión militar y diplomática.
La definición más tajante llegó de boca de Mohammad Eslami, jefe de la Organización de la Energía Atómica de Irán, quien sostuvo que las exigencias para restringir el enriquecimiento “quedarán enterradas”. El mensaje no fue menor. En la práctica, marca que para Teherán el derecho a enriquecer uranio sigue siendo una línea roja, incluso cuando la Casa Blanca insiste en que no aceptará un esquema que deje viva esa capacidad. En paralelo, voceros de la administración de Donald Trump sostuvieron en las últimas horas que Irán dio señales sobre una eventual entrega de parte de su uranio enriquecido, pero esa posibilidad sigue envuelta en contradicciones públicas entre ambas partes.
Detrás de esa pulseada aparece un dato que explica por qué el tema es tan explosivo. Según estimaciones del OIEA citadas por Reuters, antes de los ataques de 2025 Irán tenía 440,9 kilos de uranio enriquecido al 60%, una cantidad que, si fuera refinada más, alcanzaría teóricamente para alrededor de diez armas nucleares. Al mismo tiempo, el organismo encabezado por Rafael Grossi viene sosteniendo que no dispone de evidencia creíble de un programa coordinado actual para fabricar una bomba, aunque sí reclama acceso e inspecciones urgentes sobre instalaciones y material no plenamente aclarado. Es decir: hay capacidad acumulada, opacidad y desconfianza, pero no una certificación técnica concluyente que avale todas las afirmaciones políticas que circulan desde Washington y Tel Aviv.
La otra gran mecha del conflicto está en Líbano. Mientras Estados Unidos y Israel sostienen que la tregua no abarca el frente libanés, Irán, Pakistán y varios actores internacionales aseguran que una paz real no puede excluir a Beirut. Esa disputa de interpretación dejó al acuerdo pendiendo de un hilo. Las últimas horas estuvieron marcadas por ataques israelíes de enorme magnitud sobre territorio libanés, con balances de muertos que van desde decenas altas hasta más de 250, según distintas actualizaciones oficiales y de agencias, y con condenas abiertas de la ONU y de Francia, que reclamaron que Líbano sea incorporado expresamente al cese del fuego.
En ese contexto, Masoud Pezeshkian afirmó este jueves que las conversaciones pierden sentido si continúan los bombardeos israelíes sobre Líbano, mientras el titular del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Qalibaf, endureció todavía más el tono al advertir que las violaciones de la tregua tendrán respuestas “explícitas y fuertes”. Del lado israelí no hubo señales de repliegue. El gobierno de Benjamin Netanyahu ratificó que continuará golpeando a Hezbollah con “fuerza, precisión y determinación”, y el ejército incluso aseguró este jueves haber eliminado a Naim Qassem, jefe de la organización, una afirmación que todavía no había sido confirmada por la propia milicia al momento de redactarse este cable.
Como si ese cuadro no alcanzara, el estrecho de Ormuz sigue semiparalizado y convertido otra vez en herramienta de presión del régimen iraní. Reuters informó que el tránsito marítimo permanece virtualmente frenado, con un volumen ínfimo de buques cruzando una ruta por la que antes de la guerra pasaban alrededor de 140 embarcaciones por día. La reapertura plena sigue sin aparecer, y desde países productores del Golfo y también desde Europa empezaron a multiplicarse los reclamos para que se restablezca sin condiciones la libertad de navegación. Allí también se juega parte de la negociación: Irán intenta conservar una palanca estratégica global mientras mide cuánto puede tensar sin provocar una nueva represalia directa.
Con este cuadro, las conversaciones previstas en Islamabad para este fin de semana asoman más como un intento de evitar un nuevo salto al vacío que como una verdadera hoja de ruta de desescalada. JD Vance encabezará la delegación norteamericana, mientras Pakistán intenta sostener una mediación que ya mostró grietas sobre el alcance real del acuerdo. El problema es que la discusión ya no pasa solo por el papel firmado, sino por algo mucho más crudo: Irán quiere preservar su programa nuclear y su capacidad de presión regional; Estados Unidos busca desarmar esos dos instrumentos; e Israel no parece dispuesto a frenar su guerra contra Hezbollah para acomodarse a un entendimiento que considera ajeno. Cuando las partes discuten incluso qué fue lo que pactaron, la tregua deja de ser paz y se convierte apenas en una pausa armada.





