Buenos Aires, 16 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- La crisis política que envuelve al jefe de Gabinete, Manuel Adorni, sumó este miércoles un dato especialmente incómodo para la Casa Rosada: uno de los intelectuales más identificados con el universo libertario, el escritor Nicolás Márquez, autor de la biografía “Milei, la revolución que nadie vio venir”, lo declaró políticamente acabado y pidió abiertamente su renuncia. La definición cayó como una bomba porque no llegó desde la oposición dura ni desde el kirchnerismo, sino desde una voz que durante años acompañó y defendió el proyecto de Javier Milei.
En una entrevista con Infobae en Vivo, Márquez fue terminante: dijo que Adorni “políticamente es un sujeto muerto, terminado”, que su permanencia “le hace mal al Gobierno” y que debería tener “un gesto patriótico” y dar un paso al costado. El escritor aclaró que su crítica es política y no judicial, pero precisamente por eso el impacto fue mayor: lo que está planteando no es si el jefe de Gabinete será o no condenado por la Justicia, sino si todavía conserva utilidad para un oficialismo que, a su juicio, está perdiendo credibilidad todos los días mientras intenta sostenerlo.
El golpe duele más porque Márquez puso el dedo en una herida que el mileísmo ya no consigue ocultar. Sostuvo que hace un mes y medio el Presidente caminaba hacia una reelección casi sin obstáculos y que ahora aparecen señales visibles de deterioro en la opinión pública. También advirtió que la sangría de votos y adhesión social no responde sólo a la economía o a la inflación, sino al desgaste que produce un funcionario al que la sociedad ve rodeado de viajes, propiedades, contradicciones y explicaciones cada vez menos convincentes. El mensaje, dicho sin vueltas, fue que Adorni ya dejó de ser un activo y se convirtió en una carga.
Ese diagnóstico no quedó aislado. También este miércoles, el jefe del bloque del PRO en Diputados, Cristian Ritondo, volvió a cuestionar al funcionario y sostuvo que cometió “errores que no te podés permitir”, en referencia a la controversia por los viajes, el uso de la comitiva oficial y el contraste entre el discurso de austeridad y el estilo de vida atribuido al jefe de Gabinete. El dato vuelve todavía más serio el cuadro para la Casa Rosada: ya no se trata sólo de un malhumor interno o de críticas opositoras clásicas, sino de reproches que vienen de sectores aliados o muy cercanos al oficialismo.
Mientras tanto, la causa judicial sigue avanzando. Adorni está siendo investigado por presunto enriquecimiento ilícito, con foco en sus viajes, en operaciones inmobiliarias y en gastos que la fiscalía intenta contrastar con sus ingresos declarados. En los últimos días se confirmaron judicialmente sus vacaciones en Aruba con su familia, la pesquisa sobre el departamento de Caballito y las hipotecas privadas utilizadas en sus compras de propiedades. Al mismo tiempo, la agenda política tampoco afloja: el jefe de Gabinete tiene previsto presentarse el 29 de abril en la Cámara de Diputados para brindar su informe de gestión y responder unas 4.800 preguntas, en una sesión que ya se anticipa áspera y cargada de tensión.
Es justamente sobre ese punto donde asoma una duda cada vez menos silenciosa dentro del poder. Según pudo saber Total News Agency, al menos dos funcionarios de la Casa Rosada ya se preguntan en voz baja si Adorni efectivamente llegará a sentarse en el Congreso el 29 de abril o si terminará renunciando a último momento antes de enfrentar una exposición que podría profundizar todavía más su deterioro. La pregunta empezó a circular en despachos oficiales al compás de los nuevos capítulos judiciales y del costo político que ya nadie discute puertas adentro. Ese runrún, aunque todavía no se traduzca en una definición formal, muestra que la continuidad del jefe de Gabinete dejó de ser una certeza incluso para parte del propio oficialismo.
La situación se vuelve todavía más delicada porque el Gobierno ya había intentado blindarlo con una cadena de gestos públicos. Karina Milei se mostró con él en el Malbrán, volvió a acompañarlo en Vaca Muerta y el propio Presidente lo mantuvo cerca en AmCham, en una secuencia de fotos de respaldo que buscó transmitir fortaleza. Pero el argumento de Márquez fue demoledor justamente sobre ese punto: dijo que Adorni se transformó en un “ministro fotográfico”, es decir, un funcionario respaldado apenas en lo simbólico, en la estética de la imagen, pero ya sin peso político real ni capacidad de frenar el daño que provoca.
El trasfondo de esa crítica es quizás lo más preocupante para Milei. Márquez sostuvo que el Gobierno tuvo en estos días noticias que podrían haber sido capitalizadas con mucha más fuerza, como el alivio judicial en el caso YPF, pero que todo quedó rápidamente opacado por la sucesión de escándalos ligados a Adorni. En otras palabras, el escritor libertario dijo en público lo que muchos en el oficialismo murmuran en privado: que el jefe de Gabinete se está comiendo la agenda, arrastrando al Gobierno y contaminando la credibilidad de un proyecto que todavía conserva apoyo, pero que ya no tiene margen infinito para bancar errores propios.
Por eso, el problema de Adorni ya no es sólo judicial ni mediático. Es, sobre todo, político. Cuando una voz tan identificada con el mileísmo sale a decir que está “muerto” en términos de poder, cuando aliados como Ritondo lo cuestionan, cuando el Congreso se prepara para una sesión de alto voltaje y cuando hasta en la propia Casa Rosada algunos se preguntan si llegará o no a esa cita, lo que aparece es un dato difícil de disfrazar: la crisis dejó de ser administrable con fotos, tuits o silencios. Y si el Gobierno no resuelve rápido qué hacer con Adorni, puede terminar descubriendo demasiado tarde que no sólo está sosteniendo a un funcionario cuestionado, sino también al centro mismo de su desgaste.





