Buenos Aires, 17 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- Lo que parecía una pelea más de redes sociales terminó dejando al descubierto algo bastante más serio: la interna libertaria sigue abierta, late fuerte y ya no se puede disimular ni con fotos de unidad ni con reuniones en la Casa Rosada. El cruce feroz entre la diputada Lilia Lemoine y el influencer explosivo Daniel Parisini, más conocido como Gordo Dan, volvió a mostrar que debajo de la superficie del oficialismo conviven dos lógicas de poder que hace tiempo chocan entre sí: por un lado, el armado político y territorial que responde a Karina Milei; por el otro, el universo digital y de “batalla cultural” que durante meses orbitó alrededor de Santiago Caputo y de Las Fuerzas del Cielo.
La secuencia fue brutal y sin anestesia. Lemoine, una de las dirigentes que mejor expresa el núcleo duro de confianza de los Milei, le apuntó a Parisini con una frase que hizo ruido en todo el ecosistema libertario: le recordó que había respaldado a Victoria Villarruel y a Marcela Pagano, dos figuras hoy enfrentadas con la mesa chica presidencial, y le reprochó que “en la vida real” dejaba caer al Gobierno. Del otro lado, Gordo Dan no se quedó callado. Le respondió que ella no tenía potestad para echar a nadie ni para decidir quién debía seguir o no al Presidente. El ida y vuelta, cargado de agravios, ironías y pases de factura, dejó de ser un intercambio personal para convertirse en una pelea a cielo abierto entre dos terminales del mileísmo.
Lo que encendió la mecha fue un hecho previo, mucho más delicado: la decisión judicial de citar a indagatoria a once tuiteros libertarios por una denuncia impulsada por Sebastián Pareja, uno de los hombres de mayor confianza de Karina Milei en la provincia de Buenos Aires. Esa causa, que gira alrededor de presuntas amenazas e incitación, terminó rompiendo un equilibrio ya muy frágil. Para el sector digital más fanatizado, denunciar a militantes propios significó una traición inadmisible. Para el karinismo, en cambio, se trató de marcar un límite y de ordenar un espacio que desde hace tiempo ven demasiado desbordado, ruidoso y convencido de que los likes reemplazan a la conducción política.
Ahí está el corazón del problema. La pelea entre Lemoine y Gordo Dan no habla sólo de egos, rencores o insultos. Habla de quién manda de verdad en La Libertad Avanza, de quién fija los límites, de quién decide a quién se protege y a quién se deja expuesto. También habla de una tensión creciente entre la militancia digital que se siente fundadora del fenómeno libertario y el aparato político que ahora busca disciplinar, administrar candidaturas y bajar línea sin interferencias. En otras palabras, la discusión ya no es solamente ideológica: es una pelea por poder real, por caja política, por representación y por cercanía al Presidente.
La señal más fuerte de la jornada fue que, mientras el barro salpicaba en X, la cúpula del Gobierno volvió a mostrarse reunida en la mesa política con Karina Milei, Santiago Caputo y Manuel Adorni en el centro de la escena. La foto intentó mostrar normalidad, pero el contexto dijo otra cosa. La interna digital explotó justo cuando el oficialismo buscaba blindar a Adorni en medio de una semana incómoda por causas y cuestionamientos, y cuando el Gobierno trataba de ordenar su agenda legislativa. Esa simultaneidad no hizo más que reforzar la sensación de que la administración libertaria sigue obligada a apagar incendios internos mientras intenta sostener una imagen de mando compacto.
En esa lógica, Lemoine quedó como vocera de una advertencia más profunda: dentro del mileísmo crece la idea de que algunos comunicadores e influencers se creyeron dueños de una lapicera que nunca tuvieron. Del lado opuesto, los tuiteros más cercanos a Caputo sienten que les piden disciplina después de haber sido útiles para sostener al Presidente cuando casi nadie lo defendía. Ese resentimiento recorre a buena parte de la militancia libertaria online, que mira con desconfianza el ascenso de armadores tradicionales y operadores de territorio a los que ve más preocupados por la rosca que por la épica original del espacio.
Por eso, más allá del show de insultos, el episodio dejó una conclusión política pesada: la disputa entre el sector de Karina Milei y el entramado digital que alguna vez fue un activo central del oficialismo no sólo sigue viva, sino que se agravó. Y si algo mostró esta pelea es que el mileísmo ya no discute únicamente contra la oposición. También empezó a pelear, sin disimulo, contra una parte de sí mismo. Cuando un gobierno que hizo del control del relato una marca de identidad termina exhibiendo sus fracturas en público, el problema deja de ser comunicacional y pasa a ser político. En La Libertad Avanza, esa frontera parece haber quedado definitivamente atrás.



