Por RR
Teherán-25 de Abril de 2026-Total News Agency-TNA- En una escena que genera desconcierto en el tablero internacional, Irán reanudó los vuelos internacionales desde Teherán en plena tregua, mientras mantiene bajo amenaza el estratégico estrecho de Ormuz, un punto crítico por donde circula una parte sustancial del petróleo mundial. La decisión abre un interrogante incómodo: por qué Estados Unidos e Israel permiten la normalización parcial iraní cuando la principal vía energética global sigue condicionada.

La reapertura del Aeropuerto Internacional Imam Jomeini marca el primer retorno de vuelos internacionales desde el inicio del conflicto el 28 de febrero. Las primeras conexiones partieron hacia Medina, Mascate y Estambul, en lo que las autoridades iraníes describieron como el comienzo de una reactivación progresiva del tráfico aéreo. Días antes, ya se habían retomado los vuelos domésticos, en un claro intento del régimen de mostrar control interno y normalidad operativa.
Sin embargo, el contraste es evidente. Mientras los aviones vuelven a despegar desde Teherán, el estrecho de Ormuz continúa bajo tensión, con presencia de minas, amenazas al tráfico marítimo y operaciones navales en curso. Este doble escenario —normalidad aérea y presión marítima— configura una jugada estratégica del régimen iraní que busca proyectar estabilidad hacia adentro y al mismo tiempo mantener capacidad de presión global.

El interrogante que domina los análisis es político y militar: por qué Estados Unidos e Israel, los principales actores con capacidad de intervención directa, toleran esta situación sin forzar una reapertura total e inmediata del estrecho. En términos estratégicos, permitir que Irán retome vuelos mientras conserva la capacidad de condicionar el flujo energético mundial podría interpretarse como una señal de debilidad o, en el mejor de los casos, como parte de una negociación más amplia aún no explicitada.
En paralelo, Estados Unidos continúa desplegando recursos para despejar minas en el estrecho, aunque con limitaciones. La Armada de Estados Unidos enfrenta este desafío en plena transición tecnológica, tras haber retirado gran parte de sus dragaminas tradicionales y depender ahora de sistemas no tripulados que, si bien avanzados, aún no están plenamente desplegados en número suficiente para una operación de gran escala .
La operación de desminado es compleja y lenta. Drones submarinos, de superficie y aeronaves equipadas con sensores trabajan en conjunto para identificar y neutralizar posibles artefactos explosivos. Pero incluso en condiciones óptimas, limpiar completamente una ruta segura puede llevar meses, lo que prolonga la incertidumbre sobre la estabilidad del comercio energético global.
En este escenario, Europa comenzó a involucrarse con mayor decisión. Países como Italia, Reino Unido, Francia, Bélgica y los Países Bajos activaron sus capacidades de contramedidas de minas, desplegando unidades especializadas y avanzando en operaciones coordinadas. A diferencia de Estados Unidos, varias de estas armadas ya integraron sistemas autónomos en sus flotas, lo que les permite operar con mayor flexibilidad en escenarios de alto riesgo.
El contexto geopolítico se vuelve así cada vez más complejo. Irán muestra capacidad de sostener presión en Ormuz mientras reabre su espacio aéreo, Estados Unidos intenta recomponer su capacidad operativa en el mar, y Europa comienza a jugar un rol más activo ante el riesgo de un shock energético.
La pregunta de fondo sigue abierta: si el estrecho de Ormuz es vital para la economía global, qué explica que las principales potencias permitan que siga bajo amenaza mientras el régimen iraní avanza en una aparente normalización parcial. ¿Fallaron los negociadores?
La respuesta, por ahora, parece moverse en el terreno de la negociación, la disuasión y los equilibrios frágiles, en un conflicto que aún está lejos de resolverse.





