Moscú, 5 de mayo de 2026-Total News Agency-TNA- El presidente de Rusia, Vladímir Putin, reforzó de manera drástica su seguridad personal ante el temor a un posible golpe interno o incluso a un intento de asesinato, según un informe de inteligencia europea difundido en las últimas horas, que describe un clima de “alerta máxima” dentro del Kremlin desde marzo de 2026.
El documento señala que la cúpula rusa atraviesa un momento de fuerte desconfianza interna, marcado por el desgaste de la guerra contra Ucrania, el deterioro económico, los asesinatos de altos mandos militares y las tensiones entre sectores del aparato de seguridad.
Uno de los nombres que aparece bajo observación es el de Serguéi Shoigú, ex ministro de Defensa, histórico aliado de Putin y actual secretario del Consejo de Seguridad de Rusia. Según el informe, su influencia dentro del alto mando militar lo posiciona como un actor con capacidad de incidir en un eventual proceso de desestabilización, aunque el documento no presenta pruebas concretas sobre una implicación directa.
La mención a Shoigú es sensible. Durante años fue uno de los hombres fuertes del sistema de poder ruso y manejó áreas clave del aparato militar. Sin embargo, su salida del Ministerio de Defensa, el avance de causas por corrupción contra figuras de su entorno y la detención de su ex colaborador Ruslan Tsalikov fueron interpretadas como señales de ruptura dentro de la élite.
La detención de Tsalikov, acusado de corrupción, encendió alarmas porque habría quebrado viejos pactos de protección entre clanes del poder ruso. En un régimen donde la estabilidad interna depende muchas veces de equilibrios informales, ese movimiento fue leído como algo más que una causa judicial: una advertencia política.
El informe también advierte sobre el deterioro de la imagen pública de Putin, cuya aprobación habría caído al 65,6%, un nivel todavía alto en términos comparativos, pero preocupante para un sistema que durante años se apoyó en índices de respaldo abrumadores y en la imagen de un líder invulnerable.
A la tensión política se suma una sucesión de ataques contra mandos militares. El caso más reciente mencionado es el del teniente general Fanil Sarvarov, muerto en diciembre tras la explosión de un artefacto en su vehículo, hecho que Moscú atribuyó a Ucrania. También se mencionan atentados contra otros generales de alto rango, como Vladimir Alekseyev e Igor Kirillov, episodios que exhibieron fallas graves en la protección de la cúpula militar.
Después de esos hechos, Putin convocó a una reunión de emergencia con su círculo de seguridad. Allí, el jefe del Estado Mayor, Valery Gerasimov, habría cuestionado al Servicio Federal de Seguridad (FSB) por fallas en la protección de mandos militares, en un intercambio que dejó expuesto el nivel de desconfianza dentro del propio aparato ruso.
En paralelo, el Kremlin habría reducido de manera significativa los desplazamientos habituales del presidente. Putin y su familia habrían dejado de frecuentar algunas residencias tradicionales en la región de Moscú y en Valdai, mientras se endurecieron los controles sobre colaboradores, asistentes, cocineros, fotógrafos y personal de seguridad.
El personal cercano al mandatario tendría prohibido utilizar transporte público, y quienes trabajan en contacto directo con él solo podrían emplear teléfonos móviles sin acceso a internet. Además, visitantes y funcionarios deben atravesar controles reforzados antes de acceder al entorno presidencial.
Estas medidas muestran que el poder ruso ya no opera con la confianza de otros años. El mensaje es claro: el Kremlin teme amenazas externas, pero también posibles movimientos internos en una estructura cada vez más tensionada.
La guerra en Ucrania es el factor central de desgaste. Lo que Moscú presentó como una demostración de fuerza terminó convertido en un conflicto largo, costoso y sin una victoria definitiva. A los reveses militares se suman sanciones, presión económica, gasto creciente en defensa y un malestar social que empieza a filtrarse incluso bajo el férreo control del régimen.
En ese contexto, la hipótesis de un golpe interno ya no aparece como una mera especulación. No necesariamente como una conspiración inmediata, sino como un riesgo latente dentro de una elite que podría comenzar a preguntarse si la continuidad de Putin garantiza estabilidad o, por el contrario, profundiza el aislamiento de Rusia.
Por ahora, el presidente ruso conserva el control formal del Estado, de las fuerzas armadas, de los servicios y del aparato represivo. Pero el endurecimiento de su seguridad personal, la desconfianza entre organismos y la vigilancia sobre sus propios colaboradores revelan un cambio de clima.
El Kremlin intenta proyectar fortaleza, pero la imagen de un Putin cada vez más blindado, con menos movimientos, menos exposición y más filtros a su alrededor, transmite otra cosa: el poder ruso empieza a mirar hacia adentro con temor.





