Buenos Aires, 2 de junio de 2026 – Total News Agency – TNA– La interna de La Libertad Avanza volvió a abrirse en el peor momento para Javier Milei, que intenta sostener el equilibrio entre las tribus de poder que conviven dentro del oficialismo mientras la senadora Patricia Bullrich empieza a moverse con una autonomía cada vez más visible. El nuevo capítulo incomoda especialmente a Karina Milei y al sector de los Menem, que observan con creciente fastidio cómo la ex ministra de Seguridad marca diferencias públicas con decisiones sensibles del Poder Ejecutivo.
El conflicto se reactivó tras el retiro del pliego de Verónica Michelli, propuesta para ocupar un juzgado federal y cuestionada por su vínculo familiar indirecto con el periodista Hugo Alconada Mon. Bullrich tomó distancia de la decisión oficial y adelantó que apelará a la “objeción de conciencia”, una forma elegante pero contundente de decir que no está dispuesta a acompañar cualquier movimiento que baje desde la Casa Rosada.
El gesto cayó pésimo en el entorno de Karina Milei, que viene acumulando malestar por las diferenciaciones de Bullrich. En sectores cercanos a la secretaria general de la Presidencia interpretan que la senadora no sólo intenta despegarse de decisiones incómodas, sino que también busca construir un perfil propio dentro del oficialismo, con vistas a una etapa política que excede la coyuntura parlamentaria.
La tensión no empezó con el caso Michelli. Semanas atrás, Bullrich ya había incomodado al Gobierno cuando presionó públicamente al jefe de Gabinete, Manuel Adorni, para que anticipara la presentación de su declaración jurada patrimonial en medio de la causa que lo investiga por presunto enriquecimiento ilícito. Aquella intervención fue leída como una señal de independencia y como una advertencia: la senadora no está dispuesta a pagar todos los costos de una defensa cerrada sobre funcionarios cuestionados.
Para el mileísmo duro, ese movimiento fue especialmente irritante porque Milei había decidido respaldar a Adorni sin matices. El Presidente sostuvo que no iba a “ejecutar a un inocente” y cerró filas con su jefe de Gabinete, mientras parte de la oposición y algunos aliados reclamaban explicaciones más claras sobre viajes, propiedades y gastos bajo investigación. En ese escenario, la presión de Bullrich introdujo una grieta dentro del discurso oficial.
El Gobierno intenta ahora administrar una paradoja. Bullrich incomoda, pero también suma. Tiene volumen político, conserva llegada a sectores del electorado de orden, seguridad y antikirchnerismo duro, y aparece bien posicionada en mediciones que evalúan posibles escenarios de 2027. En la Casa Rosada lo saben: romper con ella podría ser más costoso que contenerla.
Por eso, Javier Milei mantiene una actitud más conciliadora que Karina Milei. Durante las celebraciones del 25 de Mayo, el Presidente la llamó al balcón de la Casa Rosada y se dejó fotografiar abrazado a ella, en una escena pensada para transmitir unidad hacia afuera y, al mismo tiempo, enviar un mensaje hacia adentro. La imagen buscó cerrar heridas, aunque no logró apagar la pelea real que atraviesa al oficialismo.
Dentro de la mesa chica libertaria circula una lectura pragmática: si Bullrich es más peligrosa afuera que adentro, conviene mantenerla adentro. La frase resume el dilema presidencial. La senadora tiene poder propio, experiencia, estructura política residual del viejo PRO, relación con sectores de seguridad y una marca electoral que todavía pesa. Pero esa misma fortaleza la vuelve difícil de disciplinar.
El problema para Karina Milei es que Bullrich no responde a la lógica verticalista que la secretaria general intenta imponer en La Libertad Avanza. Mientras Karina ordena candidaturas, controla armado territorial y busca cerrar filas con los Menem, la ex ministra se mueve con códigos propios, habla cuando quiere y marca diferencias cuando considera que una decisión puede afectar su credibilidad.
La incomodidad también alcanza al sector de Martín Menem y Lule Menem, señalados por distintos actores del oficialismo como parte de la estructura que busca ordenar la expansión nacional de La Libertad Avanza. Para ese espacio, Bullrich representa una aliada útil pero incómoda: aporta votos, pero no necesariamente obediencia.
En paralelo, el Gobierno enfrenta una sucesión de conflictos internos que erosionan la narrativa de orden. La pelea entre Santiago Caputo, los Menem, Karina Milei y distintos sectores del gabinete ya había expuesto la fragilidad del equilibrio libertario. La irrupción de Bullrich en temas sensibles agrega otra capa de tensión a una administración que necesita mostrar gobernabilidad para sostener su agenda económica y legislativa.
La disputa por el pliego de Michelli no es un hecho aislado. Se inserta en una pelea más amplia por la forma en que el Gobierno toma decisiones, administra lealtades y define qué costo está dispuesto a pagar para sostener a sus funcionarios. Bullrich, con olfato político, parece haber detectado que acompañar en silencio cada decisión puede debilitarla frente a su propio electorado.
En su entorno rechazan la idea de una ruptura y sostienen que la relación con Javier Milei y Karina Milei sigue siendo funcional. Afirman que existe una necesidad mutua y que la senadora simplemente mantiene coherencia con sus posiciones públicas. Pero en la práctica, cada gesto de diferenciación alimenta la sospecha dentro del karinismo: Bullrich no quiere ser una pieza más del tablero, sino una jugadora con aspiraciones propias.
Algunos funcionarios incluso especulan con que sus planes exceden la Ciudad de Buenos Aires y miran hacia 2027. En ese escenario, las versiones sobre una eventual aspiración vicepresidencial o sobre un rol nacional más ambicioso comenzaron a circular con más fuerza. Bullrich lo niega o lo minimiza, pero el Gobierno registra que su figura conserva volumen y que su autonomía puede convertirse en un factor decisivo.
La cuestión de fondo es que Milei necesita a Bullrich, pero también necesita a Karina Milei. La primera aporta musculatura política, votos, discurso de orden y llegada a sectores no libertarios. La segunda controla el corazón del dispositivo presidencial, la lapicera del armado y la confianza absoluta del mandatario. Entre ambas, el Presidente intenta evitar una ruptura que podría abrir un nuevo frente justo cuando el oficialismo busca ordenar su estrategia legislativa y electoral.
El riesgo es que la interna deje de ser un ruido de palacio y empiece a afectar la capacidad de gestión. El caso Adorni, la disputa por Michelli, la tensión con los Menem y los movimientos de Bullrich muestran que el oficialismo todavía no resolvió cómo convivir con figuras de peso que no aceptan quedar subordinadas al mando cerrado de Karina Milei.
En términos políticos, Bullrich está marcando la cancha. No rompe, pero se diferencia. No abandona el oficialismo, pero deja claro que no será una soldado silenciosa. Y esa postura, en una coalición que todavía busca consolidarse como fuerza nacional, puede ser tanto un activo como una amenaza.
Para Milei, el desafío será administrar esa contradicción sin que el Gobierno vuelva a quedar atrapado en sus propias peleas. El Presidente llegó al poder prometiendo dinamitar la vieja política, pero ahora enfrenta un problema clásico de cualquier administración: cómo ordenar ambiciones, contener egos, distribuir poder y evitar que las internas terminen devorando la agenda.
La nueva tensión con Bullrich confirma que La Libertad Avanza ya no es sólo un sello presidencial. Es una coalición con intereses, tribus, liderazgos y disputas. Y en ese tablero, Karina Milei, los Menem, Santiago Caputo y Patricia Bullrich juegan una partida que puede definir no sólo el presente del Gobierno, sino también el armado de poder hacia 2027.





