Por Dario Rosatti
Buenos Aires – 18 Junio 2026 – Total News Agency – TNA-. La creciente disputa entre Estados Unidos y China dejó de ser un fenómeno lejano para América Latina. Comercio, infraestructura, tecnología, financiamiento, puertos, litio, cobre, telecomunicaciones y alimentos ya forman parte de una competencia global que redefine el margen de maniobra de la región. El dilema no es menor: aprovechar la rivalidad entre las dos grandes potencias para ganar autonomía o quedar atrapada en una nueva versión de dependencia externa.
Un reciente análisis del académico Jorge Eduardo Malena, director del Comité de Asuntos Asiáticos del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI), advierte que la relación sino-estadounidense no determina de manera directa el destino de América Latina, pero sí amplifica restricciones estructurales históricas y abre nuevas opciones de política exterior. La clave, sostiene, no estará sólo en qué hagan Washington o Beijing, sino en la capacidad de los países latinoamericanos para construir estrategia, fortalecer el Estado y coordinar posiciones regionales.
La tesis central es clara: la región no está obligada a elegir de manera binaria entre Estados Unidos y China, pero tampoco puede actuar como si las decisiones económicas fueran neutrales. En un mundo cada vez más fragmentado, cada inversión en infraestructura, cada acuerdo de financiamiento, cada estándar tecnológico y cada proyecto minero puede convertirse en una decisión geopolítica.
Durante décadas, América Latina estuvo integrada a un orden hemisférico dominado por Estados Unidos, marcado por doctrina de seguridad, influencia financiera, acuerdos comerciales y el peso de los organismos multilaterales. Pero en los últimos 25 años, China avanzó de manera acelerada como comprador de materias primas, inversor en infraestructura, prestamista y socio diplomático. Ese proceso reconfiguró el mapa externo de la región.
El crecimiento de la relación comercial es evidente. De acuerdo con un informe reciente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), las exportaciones latinoamericanas hacia China crecieron 25% interanual en el primer trimestre de 2026, mientras que las importaciones desde el gigante asiático aumentaron 29%. Aun así, Estados Unidos mantiene el primer lugar como socio comercial regional, sobre todo por su peso en México, Centroamérica y el Caribe.
Ese dato resume la tensión: China crece rápido, pero Estados Unidos conserva una posición estructural decisiva. América Latina comercia con ambos, depende de ambos en distintos planos y, en muchos casos, carece de una estrategia común para negociar con ambos.
La región tiene recursos que hoy son estratégicos para la economía global: litio, cobre, níquel, alimentos, energía, agua dulce, puertos y corredores bioceánicos. La transición energética y la electromovilidad volvieron críticos minerales que abundan en países como Argentina, Chile, Bolivia, Perú y Brasil. La CEPAL advierte que el litio, el cobre, el cobalto, el grafito y el níquel son insumos esenciales para baterías, paneles solares, turbinas eólicas y vehículos eléctricos.
Pero esa riqueza no garantiza desarrollo. La historia latinoamericana muestra que exportar recursos naturales sin agregar valor puede reforzar el viejo patrón de dependencia: vender commodities, importar tecnología y quedar expuesta a los ciclos de precios internacionales. El vínculo con China abrió mercados y financiamiento, pero también profundizó en varios países la reprimarización exportadora.
El propio artículo de Malena subraya ese riesgo: la diversificación hacia China no elimina la dependencia, sino que puede reconfigurarla bajo nuevas modalidades si la región no logra escalar industrialmente, fortalecer proveedores locales y capturar más valor en las cadenas productivas.
La disputa por minerales críticos volvió aún más evidente esa fragilidad. En la cumbre del G7, las potencias acordaron crear una alianza para reducir la dependencia de China en minerales estratégicos como tierras raras, litio y níquel. El objetivo es limitar la dependencia de cualquier proveedor no perteneciente al G7 a menos del 60% para 2030 y avanzar hacia un umbral del 50%.
La respuesta china fue inmediata. Beijing defendió sus controles de exportación sobre minerales críticos y acusó al G7 de promover bloques económicos excluyentes que podrían alterar el comercio global. La discusión no es técnica: es estratégica. Quien controla extracción, refinación, procesamiento y tecnología asociada a esos minerales controla parte del futuro industrial, militar y energético.
Para América Latina, esa pulseada puede abrir oportunidades. Estados Unidos, Europa y Japón buscarán diversificar proveedores. China intentará consolidar su acceso a recursos y cadenas de suministro. Los países latinoamericanos podrían negociar mejores condiciones, exigir transferencia tecnológica, industrialización local, estándares ambientales, infraestructura útil y financiamiento más transparente.
Pero también puede ocurrir lo contrario: que cada país negocie por separado, compita contra sus vecinos y entregue recursos estratégicos sin coordinación regional. La fragmentación latinoamericana es, según el análisis de Malena, una de las principales debilidades estructurales de la región. Sin posiciones comunes, el poder de negociación se reduce y las grandes potencias imponen condiciones bilaterales.
El concepto clave es “autonomía estratégica”. No significa romper con Estados Unidos ni alinearse automáticamente con China. Significa definir prioridades nacionales y regionales, seleccionar socios en función de objetivos de desarrollo y evitar que la interdependencia se transforme en subordinación.
Algunos gobiernos intentan practicar una política de “hedging” o cobertura estratégica: mantener vínculos con ambas potencias sin alinearse plenamente con ninguna. Esa estrategia puede ser útil, pero exige instituciones fuertes, planificación, coordinación entre áreas del Estado y capacidad para resistir presiones externas. En países con alta polarización, debilidad fiscal o baja capacidad estatal, el hedging puede transformarse en improvisación.
La competencia tecnológica es otro frente sensible. Estados Unidos presiona para limitar la expansión china en infraestructura digital, 5G, inteligencia artificial, semiconductores y sistemas de vigilancia. China, por su parte, ofrece financiamiento, equipamiento y velocidad de ejecución. Para los gobiernos latinoamericanos, elegir proveedores tecnológicos ya no es sólo una decisión comercial: puede afectar seguridad, privacidad, soberanía de datos y alineamientos internacionales.
Algo similar ocurre con la infraestructura. Puertos, ferrocarriles, rutas, energía y conectividad digital son necesarios para el desarrollo, pero también pueden generar deuda, dependencia operativa, control logístico y vulnerabilidad estratégica. El financiamiento chino suele ofrecer escala y rapidez; los esquemas occidentales suelen exigir más estándares, estudios y condiciones de gobernanza. La decisión no debería ser ideológica, sino estratégica: qué se financia, bajo qué condiciones, con qué grado de control nacional y con qué beneficios productivos de largo plazo.
La CEPAL viene advirtiendo que América Latina enfrenta trampas de desarrollo asociadas al bajo crecimiento, la desigualdad persistente y las débiles capacidades institucionales. En ese marco, la inversión extranjera no alcanza por sí sola si no se orienta hacia productividad, innovación, empleo de calidad y diversificación.
La región debe evitar una falsa comodidad: creer que tener dos grandes compradores o dos fuentes de financiamiento equivale automáticamente a mayor autonomía. Puede serlo, si hay proyecto nacional y coordinación regional. Pero también puede derivar en doble dependencia: vender soja, cobre, litio o petróleo a China, importar tecnología de Asia, depender financieramente de Occidente y quedar atrapada en presiones cruzadas.
El desafío es convertir la competencia entre potencias en palanca de desarrollo. Eso implica negociar inversiones con valor agregado local, exigir participación de empresas nacionales, desarrollar proveedores, proteger infraestructura crítica, transparentar contratos, coordinar estándares ambientales y evitar que los recursos estratégicos salgan de la región sin industrialización.
Para Argentina, el debate es especialmente relevante. El país posee litio, gas, alimentos, energía nuclear, capacidad satelital, conocimiento científico y ubicación estratégica en el Atlántico Sur. Pero también arrastra inestabilidad macroeconómica, debilidad institucional, ciclos políticos pendulares y una política exterior muchas veces atada a urgencias financieras. En ese contexto, la rivalidad entre Estados Unidos y China puede ser oportunidad o trampa.
La conclusión del análisis es contundente: América Latina no es un actor plenamente autónomo ni una víctima pasiva del sistema internacional. Su posición se negocia día a día entre restricciones externas, decisiones internas y capacidad de cooperación. El resultado no está escrito. Dependerá de si los países de la región logran pensar más allá del próximo embarque de commodities, del próximo préstamo o de la próxima foto diplomática.
La disputa entre Washington y Beijing ya llegó a América Latina. La pregunta es si la región la usará para ganar poder de negociación y desarrollo, o si volverá a mirar pasar la historia desde el lugar de siempre: proveedora de recursos, importadora de tecnología y territorio de competencia ajena.
Fuentes consultadas: artículo de Jorge Eduardo Malena; Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales; CEPAL; Banco Interamericano de Desarrollo; Reuters; OCDE; Banco Mundial; G7; Departamento de Estado de Estados Unidos; publicaciones académicas sobre economía política internacional y sistema-mundo.





