Hassan Khomeini, nieto del fundador de la República Islámica y una de las figuras religiosas con mayor peso simbólico del sistema, reclamó delante del presidente Masoud Pezeshkian que si Teherán opta por negociar y hacer la paz, todas las estructuras del poder deben acompañar esa decisión y dejar de erosionar a quienes negocian. El pronunciamiento coincide con una ofensiva política de Pezeshkian y Mohammad Bagher Ghalibaf para terminar la guerra con Estados Unidos, mientras sectores de la Guardia Revolucionaria y del ultraconservador Frente Paydari presionan por mantener la confrontación. La convergencia podría convertirse en el embrión de un bloque interno capaz de desafiar el creciente predominio militar dentro del régimen iraní.
Teherán – 24 de agosto de 2026 – Total News Agency – TNA – Hassan Khomeini, nieto del ayatolá Ruhollah Khomeini, utilizó el mausoleo del fundador de la República Islámica y la presencia del presidente Masoud Pezeshkian para lanzar uno de los cuestionamientos políticos más significativos de las últimas semanas contra quienes, desde las estructuras más radicalizadas del régimen, intentan bloquear una salida negociada del conflicto con Estados Unidos.
“Si vamos a la guerra, debemos estar todos juntos, y si vamos hacia la paz y la negociación, también debemos estar todos juntos”, declaró Khomeini durante la visita realizada por miembros del gobierno al mausoleo de su abuelo. El religioso agregó que durante la guerra entre Irán e Irak la cohesión interna se mantuvo hasta la negociación final y advirtió que no puede ocurrir que una parte del sistema negocie mientras otra se dedica desde la retaguardia a desacreditar y debilitar a los negociadores.
La formulación fue especialmente significativa por el lugar, el interlocutor y el momento elegido. Hassan Khomeini no reclamó la desaparición de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) ni mencionó directamente a sus comandantes, pero cuestionó exactamente una de las conductas atribuidas durante los últimos meses a los sectores duros: aceptar formalmente decisiones del Estado para posteriormente condicionar, reinterpretar o dificultar su implementación.
El nieto del fundador recurrió incluso a antecedentes religiosos para justificar políticamente la negociación. Recordó episodios de la historia islámica en los que una conciliación produjo mayores resultados que la confrontación militar y sostuvo que, en determinadas circunstancias, “una paz correcta” puede tener consecuencias superiores a “cientos de guerras”. Su mensaje coincidió prácticamente palabra por palabra con la presión que Pezeshkian viene ejerciendo dentro del régimen para que el memorando alcanzado con Washington sea respetado por todas las instituciones iraníes.
Un día antes, el Presidente había defendido públicamente la necesidad de finalizar la guerra desde lo que definió como una “posición de fuerza y dignidad” y reclamó el cumplimiento de los acuerdos alcanzados con Estados Unidos. También sostuvo que quienes cuestionan el entendimiento desde el interior del régimen deberían respetar una decisión en cuya elaboración participaron responsables políticos y militares directamente involucrados en el conflicto.
La coincidencia entre ambos discursos puede resultar más trascendente de lo que aparenta. Hassan Khomeini no es simplemente un descendiente del fundador de la República Islámica. Durante años fue identificado con sectores reformistas y mantuvo relaciones estrechas con los ex presidentes Mohammad Khatami y Hassan Rouhani, partidarios de distintos grados de apertura hacia Occidente. Tras la muerte de Ali Khamenei en marzo, incluso fue señalado como una de las figuras que podían intervenir en la disputa sucesoria antes de la llegada de Mojtaba Khamenei a la conducción suprema.
Ese linaje proporciona a sus declaraciones una capacidad política que otros reformistas no poseen: cuestionar la línea más dura invocando al propio fundador del sistema. En términos de legitimidad revolucionaria, resulta considerablemente más difícil para la CGRI presentar a un nieto de Ruhollah Khomeini como un adversario externo de la revolución cuando éste argumenta precisamente que la unidad y la negociación forman parte de la experiencia histórica de la República Islámica.
El problema para ese eventual frente pragmático es que la distribución real del poder iraní cambió profundamente durante la guerra. Reuters informó en abril que la Guardia Revolucionaria había adquirido un peso extraordinario en las decisiones políticas, militares y de seguridad después de la muerte de Ali Khamenei, hasta desplazar parcialmente a sectores clericales y funcionarios civiles. La estructura militar posee fuerzas terrestres, navales y aeroespaciales propias, controla el programa de misiles y mantiene además una extensa presencia económica mediante conglomerados vinculados a la organización.
La designación en agosto de Mohsen Rezaei, antiguo comandante de la CGRI, al frente del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, reforzó esa arquitectura. Rezaei ha adoptado posiciones particularmente duras frente a Estados Unidos y llegó a amenazar a países vecinos con represalias si colaboran con las medidas económicas impulsadas por Washington. Su nombramiento fue interpretado por sectores ultraconservadores como una señal de que la correlación interna volvía a inclinarse contra quienes impulsan compromisos con la Casa Blanca.
Dentro de esa estructura tampoco existe, sin embargo, una posición única. Un análisis del Critical Threats Project identifica al menos tres corrientes diferentes disputando la política hacia Estados Unidos: un sector vinculado a mandos de la CGRI dispuesto a negociar pero sólo conservando amplias condiciones sobre el estrecho de Ormuz; un grupo más proclive al compromiso encabezado por Pezeshkian, el canciller Abbas Araghchi y el presidente del Parlamento Mohammad Bagher Ghalibaf; y un núcleo ultraduro contrario a concesiones sustanciales.
La posibilidad de que Hassan Khomeini se incorpore de manera visible al segundo espacio altera parcialmente esa geometría. Hasta ahora, Pezeshkian podía ser atacado por los duros como representante de una corriente reformista dispuesta a ceder frente a Occidente. El nieto del fundador introduce una legitimidad diferente: puede argumentar que negociar no constituye abandonar la revolución sino defender al Estado iraní utilizando también herramientas diplomáticas concebidas por el propio régimen desde sus orígenes.
Ghalibaf, quien también perteneció a la Guardia Revolucionaria, añadió en los últimos días otro componente a esa corriente al advertir que la fortaleza militar resulta insuficiente si el país pierde simultáneamente capacidad económica. Tanto él como Pezeshkian reclamaron terminar una guerra que multiplicó la presión sobre una economía castigada por sanciones, caída de ingresos petroleros, inflación y deterioro del poder adquisitivo.
La crisis económica puede convertirse precisamente en el punto de apoyo de una eventual coalición contra los sectores más radicales. Associated Press describió un cuadro de inflación cercana al 70%, pérdida acelerada del valor de la moneda, contracción económica y crecientes dificultades de las familias iraníes para comprar productos básicos. Mientras la CGRI pretende conservar suficiente presión militar para obtener concesiones estadounidenses, la administración presidencial considera que prolongar indefinidamente la confrontación amenaza la estabilidad interna.
Existe además una dimensión electoral que los sectores duros no pueden ignorar. En las presidenciales de 2024, Pezeshkian derrotó al ultraconservador Saeed Jalili, referente del Frente Paydari, por aproximadamente 16,3 millones contra 13,5 millones de votos. Aunque el sistema político iraní restringe severamente la competencia y las instituciones elegidas tienen menos capacidad que la conducción religiosa y militar, aquel resultado mostró que la línea maximalista no representa necesariamente a la mayoría de los ciudadanos que participan en el sistema.
Por ahora sería prematuro hablar de un “frente contra la Guardia Revolucionaria” como una organización constituida. Hassan Khomeini, Pezeshkian, Ghalibaf, Araghchi, Khatami y Rouhani provienen de corrientes diferentes y ninguno ha planteado desplazar a la CGRI del sistema. El conflicto se concentra en una cuestión más inmediata y potencialmente explosiva: quién determina finalmente la política exterior y de seguridad cuando el gobierno civil considera necesaria una negociación y el aparato militar pretende imponer sus propias condiciones.
En ese terreno, las palabras pronunciadas en el mausoleo de Ruhollah Khomeini pueden marcar un punto de inflexión. Si el nieto del fundador transforma su intervención en una campaña sostenida y logra reunir alrededor de la negociación a sectores clericales, reformistas, tecnócratas, empresarios afectados por las sanciones y conservadores pragmáticos, Irán podría ingresar en una disputa ya no solamente entre moderados y radicales, sino entre dos concepciones sobre quién debe conducir la República Islámica después de la guerra.
El obstáculo principal continúa siendo la capacidad material de la Guardia Revolucionaria. A diferencia de sus adversarios políticos, controla armas, inteligencia, fuerzas paramilitares, estructuras empresariales y buena parte de la arquitectura de seguridad nacional. El desafío lanzado por Hassan Khomeini resulta por eso particularmente sensible: no discute todavía la existencia de ese poder, pero reclama que los hombres armados acepten una decisión política si el Estado iraní resuelve finalmente cambiar la guerra por la negociación.
Fuentes consultadas: declaraciones públicas de Hassan Khomeini difundidas por medios iraníes; Reuters; Associated Press; Financial Times; The Wall Street Journal; Iran International; Al Jazeera; Critical Threats Project/Institute for the Study of War; United States Institute of Peace – Iran Primer; EFE y documentación pública sobre la estructura política y militar de Irán.




