Una lectura reciente publicada en el diario Perfil propone que Washington estaría construyendo una lógica estratégica capaz de conectar Groenlandia con la Antártida. Los documentos oficiales estadounidenses no sostienen esa conclusión. Sin embargo, revelan algo menos espectacular y posiblemente más importante. Estados Unidos ha devuelto al Hemisferio Occidental un lugar prioritario en su estrategia, China continúa ampliando sus capacidades polares y Argentina fortalece su infraestructura austral. El cambio no está en un corredor ya trazado entre ambos polos, sino en el nuevo valor que comienza a adquirir la geografía del Atlántico Sur.

Por Sandra Mossayebeh
El mapa del poder no cambia porque cambien las coordenadas, sino porque las potencias comienzan a mirar de otra manera territorios que siempre estuvieron allí. Algo de eso está ocurriendo en el extremo austral del continente americano. Malvinas, Tierra del Fuego y la Antártida, durante décadas abordadas como cuestiones relacionadas, pero esencialmente diferentes, empiezan a aparecer dentro de una discusión estratégica más amplia sobre puertos, infraestructura, rutas marítimas, capacidad logística y presencia de potencias extrarregionales.
El 16 de septiembre de 2026, el diario Perfil publicó “La Antártida, Malvinas y el nuevo tablero geopolítico regional”, donde se plantea que la administración de Donald Trump habría adoptado una visión vertical que se extendería desde Groenlandia hasta la Antártida, pasando por Tierra del Fuego. La interpretación permite conectar también el Canal de Panamá, Malvinas y el Pasaje de Drake dentro de una misma arquitectura estratégica.
El punto más sólido aparece precisamente cuando se deja de lado la idea de una estrategia de polo a polo y se observa lo que Washington ha definido de manera explícita. Estados Unidos no ha establecido públicamente un corredor entre Groenlandia y la Antártida, pero sí ha modificado sustancialmente el lugar que asigna al Hemisferio Occidental y a los activos estratégicos localizados dentro de él.
La National Security Strategy of the United States of America, publicada en noviembre de 2025, permite observar con claridad ese cambio. Bajo la denominación de Trump Corollary to the Monroe Doctrine, la estrategia plantea recuperar la preeminencia estadounidense en el hemisferio, preservar el acceso a geografías consideradas estratégicas e impedir que competidores extrarregionales posicionen fuerzas, desarrollen capacidades capaces de afectar la seguridad estadounidense o controlen activos relevantes dentro de las Américas. Además, establece la identificación de puntos y recursos estratégicos cuya protección y desarrollo deberán formar parte de la cooperación con los socios regionales.
La formulación confirma una reorientación significativa de las prioridades estadounidenses. Después de años en los que América Latina ocupó un lugar relativamente secundario frente a Europa, Oriente Medio y el Indo-Pacífico, Washington vuelve a observar el Hemisferio Occidental desde una perspectiva más directamente vinculada con su seguridad. Puertos, cadenas de suministro, infraestructura crítica, recursos y posiciones geográficas dejan de ser considerados únicamente por su valor económico o comercial y adquieren una dimensión estratégica cada vez más evidente.
Esa orientación se profundiza en la 2026 National Defense Strategy, publicada el 23 de enero. Allí se advierte que la influencia de los adversarios de Estados Unidos se ha extendido desde Groenlandia, en el Ártico, pasando por el Golfo y el Canal de Panamá, hasta posiciones situadas más al sur del continente. El documento vincula esa expansión con la necesidad de preservar el acceso estadounidense a espacios considerados fundamentales y establece como objetivo asegurar el acceso militar y comercial a posiciones estratégicas desde el Ártico hasta América del Sur. La referencia no alcanza a Tierra del Fuego ni a la Antártida, pero sí confirma que Washington ha comenzado a pensar la seguridad hemisférica sobre una escala geográfica mucho más amplia.
Los documentos estadounidenses permiten afirmar que Washington está ampliando su mirada estratégica sobre el Hemisferio Occidental, pero no que haya extendido formalmente esa estrategia hasta la Antártida. La National Defense Strategy llega expresamente hasta América del Sur, sin mencionar Tierra del Fuego ni el continente antártico. Esa precisión es importante porque evita convertir una tendencia real en una doctrina que todavía no existe. Al mismo tiempo, el cambio es significativo. Estados Unidos ha incorporado entre sus intereses de seguridad la preservación del acceso a posiciones estratégicas y la necesidad de limitar la capacidad de competidores extrarregionales para controlar infraestructura, recursos y otros activos sensibles dentro del hemisferio.
La geografía austral adquiere así un valor diferente. Tierra del Fuego no se volvió estratégica en 2026. Su posición entre el Atlántico y el Pacífico, su proximidad al Pasaje de Drake y su función como plataforma de acceso hacia la Antártida constituyen ventajas permanentes. Lo que ha cambiado es el contexto internacional en el que esas condiciones comienzan a ser valoradas. Ushuaia suma, además, una capacidad logística cada vez mayor. Para la temporada 2026-2027 ya están confirmadas más de 590 recaladas de buques de pasajeros, alrededor de cien más que en la temporada anterior, junto con obras destinadas a ampliar la infraestructura y la capacidad operativa del puerto.
Argentina también está reforzando su presencia y capacidad operativa en el extremo sur. La futura Base Naval Integrada, cuyo emplazamiento en la península de Ushuaia fue confirmado por el Ministerio de Defensa el 11 de septiembre de 2026, se articula con la recuperación de la Base Antártica Conjunta Petrel, destinada a fortalecer la logística argentina hacia el continente blanco. Esa conexión comenzó a adquirir una dimensión más concreta en marzo, cuando una aeronave de la Aviación Naval volvió a realizar un vuelo directo entre Ushuaia y Petrel, mientras el rompehielos Almirante Irízar y otras unidades sostenían las tareas de abastecimiento. En conjunto, estas iniciativas muestran un esfuerzo por consolidar una capacidad propia de acceso, permanencia y proyección en el espacio austral y antártico.
La creciente capacidad logística del extremo austral también ha generado especulaciones sobre un posible interés estadounidense en Ushuaia y Petrel. Perfil plantea esa hipótesis, pero hasta ahora no hay información pública que indique que Washington haya solicitado acceso operativo a esas instalaciones. Lo que sí puede afirmarse es que la cooperación bilateral se ha intensificado y que la infraestructura austral argentina adquiere un valor estratégico mayor. Asociar ambos procesos con un futuro despliegue militar estadounidense implica, por el momento, ir más allá de los hechos conocidos.
El verdadero valor de estas instalaciones aparece cuando se observa cómo se sostiene una presencia efectiva en la Antártida. Operar de manera permanente en el continente exige mucho más que proximidad geográfica: requiere puertos, aeropuertos, rompehielos, comunicaciones, abastecimiento, capacidad científica y experiencia logística acumulada. En un territorio condicionado por las distancias, el clima y las dificultades de acceso, disponer de esa infraestructura define quién puede llegar, permanecer y mantener una presencia sostenida. Por eso, en la Antártida, la infraestructura no funciona sólo como apoyo operativo, sino como una condición esencial para proyectar influencia y capacidad estratégica.
La expansión antártica de China muestra con claridad hasta qué punto infraestructura y permanencia se vuelven parte de una misma capacidad estratégica. En febrero de 2024 Beijing puso en funcionamiento Qinling, su quinta estación de investigación en el continente, consolidando una presencia científica construida durante cuatro décadas. China presenta esas instalaciones como instrumentos de investigación y cooperación internacional, y no hay fundamento suficiente para calificarlas automáticamente como bases militares. Sin embargo, una red de cinco estaciones exige también comunicaciones, transporte, apoyo aéreo y marítimo, conocimiento del territorio y una experiencia logística que se acumula con el tiempo, elementos que amplían la capacidad de un Estado para operar de manera sostenida en un espacio de creciente valor estratégico.
Desde esa perspectiva, reducir el futuro de la Antártida a una eventual carrera por los recursos minerales a partir de 2048 resulta engañoso. El Protocolo de Madrid no vence ese año ni desaparece automáticamente la prohibición de las actividades vinculadas con recursos minerales. Lo que podrá solicitarse desde entonces es una conferencia para revisar su funcionamiento, bajo condiciones jurídicas especialmente exigentes. La competencia relevante, por lo tanto, no comienza en 2048. Ya está tomando forma a través de las capacidades científicas, logísticas y operativas que los distintos Estados acumulan hoy y que condicionarán su margen de influencia en el futuro.
En ese marco, Malvinas adquiere una relevancia adicional. El 31 de agosto de 2026, Donald Trump fue consultado en el Salón Oval sobre una eventual revisión de la posición estadounidense respecto de las islas y respondió que su administración estaba revisando distintas posiciones, entre ellas esa cuestión, aunque sin anunciar modificación alguna de la política vigente. El dato, por lo tanto, no permite hablar de un respaldo estadounidense al reclamo argentino, pero sí resulta significativo porque Malvinas vuelve a aparecer públicamente en Washington al mismo tiempo que Estados Unidos redefine su política hemisférica y concede mayor importancia al acceso, la infraestructura y las posiciones estratégicas.
No se trata de afirmar que las islas hayan sido incorporadas a una nueva doctrina estadounidense, sino de advertir que una disputa que durante años fue administrada con extrema cautela comienza a ser observada dentro de un contexto regional distinto, en el que el Atlántico Sur, sus accesos y su proyección hacia la Antártida adquieren un peso creciente.
A este cuadro se suma una cooperación militar bilateral más intensa. Entre abril y junio, Daga Atlántica reunió durante seis semanas a más de 350 efectivos argentinos y estadounidenses en un ejercicio orientado a profundizar la interoperabilidad y el entrenamiento de fuerzas de operaciones especiales. El Decreto 264/2026, sin embargo, limitó las actividades a Puerto Belgrano, la Guarnición Militar Córdoba y la VII Brigada Aérea de Moreno, sin incluir Ushuaia ni instalaciones antárticas. Argentina, además, volverá a ser anfitriona de UNITAS en 2027 después de diecisiete años, confirmando un acercamiento militar creciente que, por ahora, no permite hablar de una plataforma estadounidense en el extremo austral.
El cuadro que surge de estos hechos es más sólido que la idea de un plan único que conecte todas las piezas. Estados Unidos ha recuperado el Hemisferio Occidental como prioridad estratégica y busca limitar la influencia de competidores extrarregionales sobre activos sensibles; China continúa ampliando sus capacidades polares; Argentina fortalece Ushuaia y Petrel, mientras la cooperación con Washington se profundiza y Malvinas vuelve a aparecer, aunque todavía de manera ambigua, en la agenda estadounidense. No existe prueba de que todos estos movimientos respondan a una misma estrategia, pero tampoco es necesario que así sea para advertir el cambio.
Las transformaciones geopolíticas rara vez comienzan con un mapa oficial que anuncie cómo se reorganizará el poder. Suelen hacerse visibles cuando cambian las prioridades, determinadas infraestructuras adquieren un valor diferente y territorios antes considerados secundarios comienzan a ingresar en los cálculos de distintos actores.
En definitiva, el debate no pasa por demostrar la existencia de un corredor entre Groenlandia y la Antártida, sino por reconocer que el escenario estratégico del Atlántico Sur ya está cambiando. Estados Unidos vuelve a jerarquizar el Hemisferio Occidental, China acumula capacidades polares con una perspectiva de largo plazo y Argentina refuerza su infraestructura y su proyección austral. Esa transformación no necesita una línea oficial entre los dos polos para ser real.
Para Argentina, la cuestión de fondo será cómo aprovechar esa nueva relevancia. Su posición geográfica constituye una ventaja, pero sólo tendrá verdadero valor estratégico si logra traducirse en infraestructura, presencia sostenida y capacidad de negociación. De lo contrario, la creciente relevancia del Atlántico Sur podrá terminar siendo definida menos por los intereses argentinos que por las prioridades estratégicas de las potencias cuya influencia comienza a proyectarse sobre ese espacio.
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