Mientras los gobiernos europeos sostienen política, económica y militarmente a Ucrania, varios países del continente continuaron comprando gas y petróleo ruso durante más de cuatro años de guerra. El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, denunció que Europa entregó a Moscú más dinero del que destinó a Kiev, una comparación cuya magnitud exacta requiere contrastar las cifras acumuladas. Los registros oficiales confirman que Rusia todavía recibía importantes ingresos energéticos europeos en 2026.
Washington – 12 Octubre 2026 – Total News Agency – TNA – La acusación lanzada por el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, contra los gobiernos europeos puso nuevamente al descubierto una de las mayores contradicciones económicas y estratégicas de Occidente desde la invasión rusa de Ucrania: mientras la Unión Europea (UE) impuso sanciones contra Moscú, financió al gobierno de Volodímir Zelenski y respaldó el esfuerzo militar ucraniano, varios de sus integrantes continuaron adquiriendo combustibles rusos, proporcionando ingresos a la economía que sostiene el aparato bélico de Vladimir Putin.
Durante una entrevista concedida el domingo 11 de octubre, Bessent afirmó que los europeos habían entregado a Rusia más dinero desde el comienzo de la guerra que el destinado a ayudar a Ucrania. El funcionario calificó de hipócrita la posición de quienes cuestionaron el reciente entendimiento entre Donald Trump y Moscú para facilitar suministros de diésel destinados a aliviar la presión sobre los precios estadounidenses.
La afirmación del secretario del Tesoro contiene una acusación política de considerable alcance, aunque la comparación exacta entre pagos energéticos y asistencia acumulada necesita una comprobación estadística adicional. Lo que sí surge de los registros oficiales es que las compras europeas de energía rusa continuaron durante 2026 y que su eliminación definitiva todavía no se había completado.
La propia Comisión Europea reconoció que durante 2025 los países de la UE importaron aproximadamente 36.000 millones de metros cúbicos de gas ruso y 9,7 millones de toneladas de petróleo crudo. El gas ruso todavía representaba alrededor del 12% de las importaciones gasíferas del bloque, frente al 45% registrado antes de la guerra.
Pero la situación resulta todavía más significativa al examinar las cifras de 2026. Durante el segundo trimestre, Rusia proporcionó el 17,3% del gas natural licuado importado por la Unión Europea, mientras que su participación en el suministro de gas por gasoducto alcanzó el 10,2%, según los registros de Eurostat publicados en septiembre.
Es decir, más de cuatro años después del comienzo de la invasión, Rusia seguía ocupando un lugar relevante en el abastecimiento energético europeo.
Las cifras correspondientes a junio de 2026 permiten dimensionar el problema. Los cinco principales compradores europeos de combustibles fósiles rusos desembolsaron conjuntamente aproximadamente 1.700 millones de euros en un solo mes. De ese total, unos 861 millones correspondieron a gas natural licuado, 379 millones a gas transportado por gasoductos y 421 millones a petróleo crudo recibido mediante el oleoducto Druzhba.
Hungría encabezó las compras con aproximadamente 591 millones de euros. Sin embargo, la dependencia no quedó limitada a los gobiernos habitualmente señalados por mantener relaciones más cercanas con Moscú. Francia, uno de los principales respaldos políticos y militares de Ucrania, fue el segundo comprador, con alrededor de 349 millones de euros en gas natural licuado. España ocupó el tercer lugar, con aproximadamente 258 millones de euros destinados al mismo combustible.
La contradicción adquiere particular importancia porque los gobiernos de París y Madrid respaldaron reiteradamente las sanciones contra Rusia, mientras empresas de sus mercados continuaban recibiendo cargamentos energéticos procedentes de ese país.
También Bélgica, Países Bajos, Hungría, Eslovaquia y Grecia aparecen vinculados a contratos o rutas de suministro de gas ruso que continuaban vigentes durante 2026, según la evaluación del regulador energético europeo ACER.
El calendario aprobado por las instituciones comunitarias demuestra, además, que el desacople energético europeo todavía se encontraba en ejecución. Los contratos de largo plazo para importar gas natural licuado ruso tienen como límite enero de 2027, mientras que determinados contratos de suministro mediante gasoductos pueden continuar hasta el otoño europeo de ese mismo año, sujetos a las condiciones previstas en la normativa.
Respecto del petróleo, el reglamento europeo exige a los Estados que todavía reciben crudo ruso elaborar planes de diversificación para terminar con esas importaciones antes de finalizar 2027.
Esto significa que, al momento de las declaraciones de Bessent, Europa no solamente mantenía vínculos energéticos con Rusia, sino que su propio marco normativo contemplaba períodos transitorios durante los cuales podían continuar determinados suministros.
La explicación europea se encuentra en la necesidad de evitar interrupciones abruptas, aumentos descontrolados de precios y problemas de abastecimiento. Las sanciones redujeron considerablemente la dependencia energética respecto de Rusia, pero sustituir contratos, infraestructura y rutas comerciales construidas durante décadas exigió un proceso prolongado.
Desde la perspectiva estadounidense, esa transición ofrece un argumento para cuestionar a los aliados que rechazan las negociaciones energéticas de Trump con Putin. Sin embargo, el entendimiento sobre el diésel ruso también provocó objeciones dentro del propio Congreso estadounidense, donde legisladores advirtieron sobre sus posibles consecuencias legales y estratégicas.
La discusión excede así las compras de gas o petróleo y alcanza una cuestión fundamental para la seguridad occidental: la diferencia entre imponer sanciones económicas a un adversario y conseguir que esas sanciones reduzcan efectivamente sus ingresos.
La situación también revela que la dependencia energética puede convertirse en una vulnerabilidad estratégica. Rusia perdió buena parte del mercado europeo que había dominado durante décadas, pero conservó compradores suficientes para seguir obteniendo divisas del continente, mientras buscaba ampliar sus exportaciones hacia otros destinos.
Para Ucrania, el problema no es solamente económico. Cada ingreso que recibe Moscú por sus exportaciones energéticas contribuye a sostener las finanzas generales del Estado ruso, cuyo presupuesto debe afrontar los costos de una guerra prolongada.
La ofensiva verbal de Bessent llega, además, cuando los precios internacionales de los combustibles y las dificultades de abastecimiento vuelven a condicionar las decisiones de las principales potencias. En ese escenario, las necesidades de los consumidores, las exigencias industriales y los intereses estratégicos comienzan a entrar en conflicto con las políticas de aislamiento económico.
El dato que completa el panorama es particularmente significativo: la Unión Europea había logrado reducir drásticamente su dependencia del gas ruso respecto de los niveles anteriores a la invasión, pero todavía durante el segundo trimestre de 2026 Rusia conservaba una participación del 17,3% en sus importaciones de gas natural licuado. Esa persistencia comercial explica por qué la acusación de Bessent, aun cuando su comparación monetaria requiere mayor precisión, encuentra sustento en una realidad documentada por los propios organismos europeos.
Fuentes consultadas: Comisión Europea, Consejo de la Unión Europea, Eurostat, Agencia de Cooperación de los Reguladores de la Energía de la Unión Europea (ACER), Centre for Research on Energy and Clean Air (CREA), ANSA y Reuters.
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